ÍNDICE

1.- EL HORIZONTE

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2.- EL FANTASMA DEL REY

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3.- EL PERSONAJE Y EL ACTOR

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4.- EL ACTOR Y EL PERSONAJE

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5.- EL GOLPE DE ESTADO

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5.- DESPERTARES

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7.- EL CAMINO DE VUELTA A CASA

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7. El camino de vuelta a casa

Cosme y Lucía jamás perdieron el sentido de sus orígenes por más deslumbrante que quisiera presentarse el nuevo mundo ante sus atónitos ojos. Aturdidos, confusos, gozando apenas de unos instantes de lucidez durante los que percibían que aquel no era su lugar en la existencia de los humanos, trataban de desempeñar lo mejor posible sus cometidos.

Lucía había substituido los textos de Ofelia por los cánticos del Liberation Army con igual resultado en cuanto a su comprensión, lo cual tampoco fue óbice para que se convirtiera en una diva. La capitana del distrito estaba encantada con la colecta de limosnas que conseguía todos los días en las largas jornadas de postulación por las calles de Nueva York adelantándose o yendo a la zaga de la banda de música, según su inspiración del momento.

Fue deslizándose el tiempo silenciosamente, hasta que un día la Superiora de la Orden del Liberation Army le dijo a la Sargento Lucy (como llamaron a Lucía desde el primer momento) que había sido invitada para integrar la delegación que iría a Londres a la Convención Mundial.

– Es una ocasión – añadió la Superiora – para poder visitar tu país. El dictador acaba de morir y no creo que tengas problemas en actualizar tu pasaporte, bueno, el que llevabas al llegar a Nueva York. ¿Lo conservas aún? – ¿El dictador? – repitió Lucía como si le hablaran del Emperador de China. – Sí, Franco, acaba de morir. No me digas que no sabes quién era Franco! – El generalísimo… – ¿El qué? – No sé, solo es un vago recuerdo. – Lucía se tomó unos instantes en contestar porque en su mente habían empezado a encajarse de pronto diversas luces que pulularon en desorden y tratando de no conectarse desde hacía tiempo – Ah. Ya. Qué lejos… – Sí, hija, muy lejos, ¿verdad? Pero por fin la pesadilla ha terminado.

Lucía se la quedó mirando fijamente como si de su rictus amable pudiera descubrir a qué pesadilla se estaba refiriendo la anciana vestida con el uniforme paramilitar azul oscuro, pero al no conseguirlo lo substituyó por una pregunta muy candente.

– ¿Cuándo salimos? – En unos quince días. Tú vas a hacer un discurso. No te preocupes, solo tendrás que leerlo. No hay nadie en este mundo que tenga tu voz y tu encanto. No entiendo cómo no te has casado, con la cantidad de pretendientes que has tenido incluso aquí dentro en el “Army”. Bueno, sí lo entiendo, una mujer como tú ….

Y dejó la reflexión en el aire, del que no iba a disiparse en mucho rato. Lucía no podía entenderlo porque ella hacía las cosas simplemente como las sentía, y en su corazón solo había espacio para un mozalbete desaliñado y algo torpe que solo vivía por ella y que cuando se hizo mayor se convirtió en un hombre tan irresistible como mortalmente tímido. Hay corazones de mujer u hombre demasiado grandes para albergar a más de un amor. Los pequeños albergan a cualquiera porque hacen aguas como un tonel acribillado por la metralla. La superiora de aquel curioso ejército de salvación civil inventado por los ingleses para reparar sus culpas y trasladado al nuevo mundo, tampoco se había casado nunca porque su corazón era tan grande como el de Lucía y solo podía albergar a su hombre muerto muchos años atrás en las trincheras de Verdún o al mundo, al que finalmente había entregado su vida.

Y así fue como Lucía volvió a España en plena transición a un estado democrático, irreconocible para aquella jovencita a la que un día un misterioso personaje había embaucado para salir en compañía de unos convecinos de un pequeño pueblo perdido en el páramo burgalés, al que tampoco reconoció. Su padre también había muerto, su madre vegetaba un avanzado Alzheimer en un hospital de Burgos, la lechería era ahora un bar de copas y había farolas en todo el pueblo, y las calles todas asfaltadas y edificios de pisos y un par de urbanizaciones en las que empezaba a extenderse la fiebre de los campos de golf para gente de fuera. Se hospedó en casa de sus tíos a los que costó muchísimo reconocerla y creerse que estuvo viva todos aquellos años.

Y al cabo de unas semanas estuvo a punto de volver a marcharse porque no conseguía reconocer el terreno de su niñez ni el pueblo que dejó atrás, de no ser porque el destino, que algunas religiones llaman Dios, tiene ciertos caprichos igualmente difíciles de entender.

Una mañana, al salir a por la compra se quedó de una pieza en plena calle. A un centenar de pasos un hombre con una maleta en cada mano parecía haberse quedado como ella pero desde hacía mucho más rato porque la sintió desde lejos y aún sin verla porque estaba dentro de la tienda. El contraluz le impedía ver bien su rostro, pero cuando alguien por rarísimas circunstancias logra conservar su instinto intacto, éste resulta mucho más poderoso que cualquier circunstancia. Por primera vez en muchos años, que le parecían todo un siglo reconoció algo que encajaba perfectamente en su interior. Dejó la bolsa en el suelo y fue hacia el con paso resuelto, casi marcándolo como le habían enseñado en el “Army”. Temblaba de pies a cabeza, conservaba todo su cabello pero completamente blanco. Una antigua cicatriz señalaba su cara desde el temporal a la mandíbula.

– ¿Cosme? – él no pudo articular palabra, también había descubierto su ser en aquella otra persona al otro lado de la calle, en la que había estado esperando inmóvil durante casi una hora. Y a Lucía se le ocurrió de pronto aquella frase que dice la heroína de Guerra y Paz cuando encuentra por fin a su hombre que regresa del frente del Neva después de que los ejércitos de Napoleón han sido expulsados por fin de Rusia: – “Señor: Al igual que esta ciudad, mostráis vuestras cicatrices, pero seguís en pie”.

Cosme no podría articular palabra en muchísimo rato. Se oyó el ruido de ambas maletas caer al suelo pero el ruido del inmenso e incondicional abrazo solo pudieron oírlo los amantes fundiéndose en un solo, como siempre estuvieron, aun sin decírselo.

Esta es la historia de Lucía y Cosme. La de sus compañeros de reparto y su propio viaje es otra historia.

Lucía condujo a Cosme al bar ubicado en lo que antes fue la lechería de su padre. Se sentaron en una mesa de la terraza, pidió dos cafés, y se lo quedó mirando como si quisiera retener el mundo para sí misma, ahora que lo había recobrado. Cosme seguía mirándola con aquella devoción incondicional que ella recordaba de niño y que seguía sin saber aún como corresponder. Empezó a hablarle despacio porque lo conocía mejor que a ella misma.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? – En avión. – Yo también. Ahora ya no se viaja en barco, ¿eh? – Eso parece. – ¿Cómo te hiciste eso? – En una pelea, en el Bronx. – Debieron ser muchos contra ti, ¿verdad? – Oh, no, no fue para tanto… – a ambos se les desató la risa por primera vez y los cascabeles de sus sonidos en el aire fueron flores que se enlazaron en guirnaldas alrededor de de ambos. – Cuéntame, Cosme, ¿Qué fue de ti cuando terminó la función, cuando nos dispersaron? – Espera… – Cosme apretó los párpados, los dientes, las líneas de la frente, y por fin soltó, sin terminar de abrir los ojos. – Antes he de decirte algo. – ¿El qué? – Algo que llevo dentro desde… no sé cuándo. – Vamos pues, dilo. – ¿Quiero casarme contigo? – soltó con voz queda pero firme. – Y yo también contigo. – respondió inmediatamente y con sencillez Lucía. – Lo hemos querido siempre, ¿no? – No sé cómo se hace eso… – insistió Cosme y se incorporó para mirarla con los ojos bien abiertos y su mano derecha, ya sin temblar una brizna fue a buscar la de Lucía al tiempo que se levantaba de la silla para hincar una rodilla en tierra. – ¡Oh, Cosme, no hace falta! – pero su hombre ya se había arrodillado y se disponía a recitar la fórmula tradicional que aprendiera de su padre. Lucía se levantó también y puso una rodilla también sobre el piso. – Si lo quieres así, sea, pero los dos a la vez, ¿de acuerdo? – Pero es que… – Cosme, hemos estado casados tu y yo desde que nacimos, ahora ya solo nos falta vivir juntos… dormir juntos. – Lucía sonrió tan dulcemente que Murillo hubiera dado 10 años de su vida por poder retratarla, al ver como su hombre enrojecía como una rosa roja. – Quiero casarme contigo. – Quiero casarme contigo… – respondió él.

Un vez se volvieron a sentar Cosme le contó su vida desde la última vez que se vieron, en el hotel de lujo.

– ¿Cómo decidiste volver si estaban tan bien considerado, con un empleo en la policíay un buen lugar donde vivir? – Fue un día, por la mañana al despertarme, de pronto, no sé porque me pareció que no estaba en el mismo sitio, que el apartamento había cambiado. Miré por la ventana y también me pareció que la calle había cambiado. Pero no creas: había cambiado completamente. Como si hubiera volado a otro lugar. Al llegar a la comisaría le dije al sargento que quería volver a casa. “¿A casa?” respondió, “¿Dónde está tu casa”. Y ¿sabes qué le respondí? – Lucía siguió atenta, por nada del mundo hubiera querido interrumpir aquel largo monólogo. – Pues, que ya la encontraría. ¿Te das cuenta? Eso le respondí; qué tontería. El sargento era un buen hombre a pesar de su feroz apariencia, y me dijo que cuando yo quisiera. Y ¿sabes?, pues intentó ayudarme. Me dijo que mi casa estaba en España en un lugar llamado Osario. Había investigado, claro, y llegó hasta el teatro famoso donde hicimos… aquello. Pero lo pronunciaba mal, con “a”, en lugar de Osorio. Yo le corregí y le pedí si podía ayudarme a encontrar el lugar. Y ¿sabes? Se puso ante una pantalla grande, como si fuera una tele, pero que le llaman “ordenador”, y allí apareció este pueblo claramente en un mapa. – Respiró hondo – Y eso es todo. – Te quiero con toda mi alma, Cosme; eres mi alma. – Cosme no pudo sacar ninguna frágil palabra del amasijo de emoción que bloqueaba su garganta. Lucía continuó sin pestañear. – Y ya estamos juntos. Ahora solo tenemos que decidir dónde vamos a vivir. – Pero, ¿y la iglesia? – insertó Cosme. – Ah, la ceremonia. Bueno, no creo que debamos gastarnos un céntimo en cosas superfluas, a menos que tú quieras… – No, no, lo que tú quieras, lo que tu digas. – Cosme, cuando dices tú te refieres a ti. – No entiendo. – Sí lo entiendes. No es lo que “yo” quiera, es lo que Yo/tú” queramos. Somos uno, hemos sido siempre uno. Yo no he podido ni mirar a otro hombre y mira que me lo han pedido. – Muchos desde luego, con lo bella que eres, con lo extraordinaria que eres. – Cosme… – ahora sí, el rostro de Lucía se volvió también en una brillante rosa roja de terciopelo. – Me gustaría consagrarlo ante el altar de la iglesia parroquial del pueblo. – sentenció solemnemente, añadiendo. – No he ido a misa desde que era monaguillo, ¿recuerdas? – Claro, no tenía ojos para el crucifijo, solo para ti. – Eh… – se repuso con otro suspiro. – Quiero compartir con nuestros vecinos de Osorio un poquito de lo que llevamos dentro. ¿te parece bien? – Como no me va… – Lucía se lanzó a ahogar sus sollozos al pecho de Cosme y estuvieron abrazados un buen rato hasta que oyeron una voz ronca a sus espaldas. – Vaya, vaya. Claro, sois vosotros dos. Si no fuera por este abrazo, que hoy día ya no se ve por ninguna parte, no os hubiera reconocido. – ¡Ambrosio! – exclamaron ambos. – Sí, el mismo, aunque con demasiados años encima. Sigo siendo el alcalde hasta que esos comunistas acaben poniéndome entre rejas. – ¿Por qué lo van a hacer? – rieron los amantes. – Bueno, es un decir; no he sido un angelito, pero tampoco un sicario del régimen. No, bromas aparte, yo ya hubiera tenido que retirarme, pero quien iba a estar aquí al frente de estos cambios… ¿Habéis visto como ha cambiado todo? – ¡Desde luego! Estamos en la lechería, ¿verdad? – Sí. – ¿Sabes que fue de mi fragua? – Es algo extraño… – ¿El qué? – No sé porque, cuando vino el desahucio, ¿sabes quién se la quedó? – ¿Quién? – Gallardo. – ¿El cura? – El mismo. – Pero… – La cerró y ahí está, tal como tú la dejaste. – ¿Cómo está el padre Gallardo? – preguntó Cosme cambiando a un tono de mucho respeto. – Uy, muy viejo. Casi no sale de su casa. – Me gustaría que saliera para casarnos. – Niños… – la emoción también bloqueó la garganta al viejo alcalde que los había visto crecer. Luego se repuso. – Aunque tengamos que llevarlo en camilla estará orgulloso de hacerlo. – gruesos lagrimones resbalaron con dificultad por el rostro apergaminado de aquel hombre que también lo había visto todo sin salir de su pueblo; casi todo, le faltaba por ver el abrazo entre aquellos dos seres excepcionales.

Alquilaron un piso en un edificio a las afueras de Osorio y Lucía le propuso que vivieran juntos, pero Cosme le dijo que prefería hacerlo después de la boda. Con el alcalde fueron a ver al padre Gallardo a su casa y este le dijo a Cosme que en su testamento había una sola propiedad que el obispado de Burgos le había permitido registrar, la fragua, y que la legaba a su verdadero dueño, de modo que podía ir a abrirla sin pérdida de tiempo. Por lo tanto Cosme le dijo a Lucía que prefería dormir en el jergón de la fragua hasta que se celebrara la boda.

– Muy bien. – respondió Lucía. – Sea. Pero quiero la boda inmediatamente. He esperado tantos años a estar contigo que ya nada más me lo impedirá. – Pero mujer, – protestaba en padre Gallardo, – hay que presentar los esponsales, el registro, los permisos, obtener las fes de soltería… – Padre. – ¿Dime hija mía? – ¿Usted cree que tengo edad para esperar a que aparezcan unos papeles, sabiendo quienes somos Cosme y yo? – Pero es que… – Vamos, padre. Es Cosme quien quiere casarse por la iglesia. Yo ya estoy casada con él ante Dios. Y si la Iglesia me ha de hacer esperar por cuatro puñeteros papeles le aseguro que Cosme no va a poder resistirse sin me voy a vivir con él a la fragua, ya que el no quiere venirse a vivir al piso que hemos comprado… – ¡Espera, niña, espera, no hagas una tontería! – Le aseguro que no es ninguna tontería y tiene todas las bendiciones de Dios, y directamente de él. – ¡Pero qué te han enseñado en América! – Nada, padre, solo a una cosa, a callar y a sobrevivir. Si no me fui a la cama con Cosme cuando éramos jóvenes es porque… yo qué sé. ¡Padre! – sentenció como una mujer de la categoría de la cual la Superiora del Liberation Army había intuido. – Soy suya en alma, ahora solo falta serlo de cuerpo. ¿Nos casa o…? – Vale, vale. – el buen anciano lanzó un larguísimo suspiro y se la quedó mirando con una sonrisa de santo – Ha valido la pena esperarme a morir para ver esto. Hace tantos años que había perdido la fe… Tú, hija, mía, y ese pedazo de hombre tuyo, me la habéis devuelto. Ya sé lo que voy a hacer. – Lucía permaneció atenta – Déjame a mí. Por una de las casualidades de la vida soy, o fui asistente de Obispo y aun tengo conmigo el sello. Os voy a casar mientras los papeles siguen su curso. No podrán anular el matrimonio si hay un sello obispal en las solicitudes. – Y cuando lo anulen, si es que lo anulan, – dijo Lucía muy pausadamente, – yo ya seré de mi hombre por completo. – Bendita seas, Lucía, hija mía. – dijo de pronto el anciano cura sin haber aflojado la intensa emoción que lo embargó desde el primer momento de verla. – Y a usted padre Gallardo.- respondió con un larguísimo suspiro – Y a todos nosotros, que buena falta nos hace.

A la ceremonia de los niños perdidos del Plan Marshal, como un periodista los llamó en un artículo de primera plana, asistió el pueblo en pleno, por lo menos la gente que siempre fue del lugar, los recién llegados a golpe de especulación urbanística apenas se pasaron por la pequeña capilla curiosos por el inusual gentío, ya que en los últimos tiempos más bien parecía una pieza de museo del románico tardío que un lugar de culto, porque al haberse desviado el camino de Santiago no recibía turistas y apenas iban más feligreses que las habituales beatas a rezar el rosario con el diácono que venía los jueves de un pueblo cercano.

El padre Gallardo, con un refuerzo de vitaminas por via intravenosa ofició toda una misa tradicional y en latín, como se hacía cuando Lucía y Cosme fueron sacados del pueblo. Los monaguillos estuvieron en todo momento absolutamente perdidos pero algunos vecinos del lugar se atrevieron a subir al altar a asistirles. El padre Gallardo se permitió un detalle de santo. Como no hubo tiempo de confesar la víspera, ni a los novios ni a los asistentes. Antes del momento de la comunión y antes de empezar su homilía, lanzó:

– Hermanos en Cristo. Este es un acontecimiento muy especial que ha congregado por primera vez en muchos años a tanta gente en esta humilde iglesia, y en especial porque han regresado algunos de los que perdimos hace demasiado años. Como mi salud lo me permitió confesar ayer a los novios ni a todos los que quieran tomar la eucaristía, unámonos en contrición de nuestros pecados, cada uno para sí, durante unos instantes y después pediremos colectivamente la absolución. – Se detuvo un instante para mirar a los atónitos feligreses muchos de los cuales llegaron a pensar que se había convertido al eurocomunismo de Santiago Carrillo, luego continuó: – Oremos todos: Señor, reconozco y me confieso de mis faltas y errores, y hasta pecados para con el prójimo y para conmigo, por lo tanto ofensas contra ti. Y ahora en esta tú casa, y suplicándote tengas la benevolencia de absolvernos de todo ello recemos la oración que tú nos enseñaste. Padre Nuestro…

Los feligreses uno a uno y poco a poco arrancaron a rezar la oración capital del cristianismo, que muchos tenían bastante olvidada y tuvieron que seguir la voz senil pero firme del oficiante. Después, el padre Gallardo lanzó su homilía sobre los sagrados vínculos de matrimonio tan amenazados por los nuevos tiempos que se cernían amenazadores sobre la familia.

– Como veis y conocéis, – decía – ya no son muchachos en su primera juventud, aunque para mi seguirán siendo niños, – añadió en voz baja, pero audible por las posibilidades que ofrece tener un micrófono ajustado a la baranda del púlpito, – Su amor es maduro, aunque creció durante su niñez, y si embargo la impetuosidad y la ilusión con que llegan ambos aquí es propia de la eterna juventud. Pero no creáis que son un caso único y aislado, aunque bien notable, sino que puede darse en cualquiera de vosotros y a cualquier edad. La clave solo es una y muy sencilla: – Se inclinó sobre la barandilla de madera como si fuera a arrancarla de cuajo con sus viejas pero fuertes manos – ¡Sinceridad!… – un silencio para dejar que el disparo llegase a sus destinos, y repitió con más calma y marcando las sílabas – Sinceridad. Lucía y Cosme jamás se han mentido el uno al otro. ¡Jamás! – gritó – Si hubo cosas, seguramente muchas, que no pudieron decirse simplemente no las dijeron, pero jamás inventar un substituto, un disimulo, una salida. – un nuevo mutis – Llevan muchos años queriendo estar aquí, ante este altar y solo ahora a edad madura han podido hacerlo. Imaginaos la cantidad de veces que han tenido que evitar decirse lo que salía de sus corazones. Pero no lo dijeron: antes callar que mentir. – El anciano cura permitió unos instantes de relajo a sus feligreses y él mismo se distendió haciendo aparecer su eterna sonrisa del padre bondadoso. – Bueno, no quiero que sigan estos dos colorados por más tiempo. Simplemente intentadlo – siguió hablando para el resto del mundo tomando a los contrayentes como ejemplo – aunque sea empezando por las cosas más pequeñas, deciros la verdad, deciros lo que realmente estáis pensando. Probadlo… Y ahora vamos a prepararnos para tomar la sagrada eucaristía.

El padre Gallardo había transgredido con aquel matrimonio muchos preceptos de la pétrea iglesia de Pedro, pero lo había hecho suavemente, con una sonrisa, y al amor y la sabiduría de sus últimos días en la tierra. Siempre fue muy astuto y al hacer aquella homilía, la confesión colectiva previa a la comunión, y el mismo papeleo del matrimonio, sabía que iba a ser criticado por la clase fosilizada del pueblo. No le importaba, lo había hecho adrede, siempre siguió las normas sin pasarse de la raya, pero tampoco sin exagerar el territorio de las prohibiciones, andando de puntillas sobre esa línea tan medieval como la Iglesia de Franco impuso en sus tiempos duros y en los otros, y tenía visos de perdurar su réplica del Tribunal de la Inquisición mucho más allá de la transición hacia la democracia. “Por lo menos, se decía el sacerdote, podré irme tranquilo al otro barrio”.

El banquete en la plaza y con mesas y sillas de alquiler lo pagó el ayuntamiento, a Ambrosio, el sempiterno alcalde, le cogió un arranque parecido al viejo cura, pensó que por lo que le quedaba de máxima autoridad en el pueblo bien podía transgredir el límite de sus funciones gastando del erario público, que, dicho sea de paso, iba notando los agradables nuevos vientos que traían ingresos via permisos de edificación, en un evento privado, por mucho que lo revistiera de acontecimiento social trayendo periodistas hasta de Madrid. Y cuando Lucía, en un momento del banquete, en que los novios estaban sentados en la mesa presidencial al lado del cura y del alcalde le preguntó a este si no temía las consecuencias, le contestó con su voz cascada pero siempre expresando muy claro su aire socarrón:

– Ya sabes lo que dicen los monjes – miró al padre Gallardo que sonrió porque ya sabía lo que iba a decir, lo que diría él mismo – “Por lo que me queda de convento, me cago dentro”.

Para Lucía era el día más feliz de su vida, y eso pocas novias en su banquete de bodas pueden decir, si llegan raramente a ser sinceras consigo mismas, pero para Cosme era tal vez uno de los días que más había temido, especialmente la continuación del banquete. Todos preguntaban a Lucía, porque como Cosme no decía palabra, adónde irían de viaje de novios, a lo que ella contestaba con su habitual sencillez.

– A Osorio de Nuestra Señora, provincia de Burgos. ¿No cree que ya hemos viajado demasiado, mi marido y yo?

Además de amorosa, Lucía era una mujer de rara inteligencia. Supo que debía dejar espacio a su marido y no meterle prisas por irse a su pisito, ya que normalmente es el hombre el que las tiene, pero sabía que Cosme en lugar de prisas tenía un miedo atroz a no estar a la altura de su bella y madura mujer. Ella no tenía ninguna duda, una mujer inteligente sabe notar al macho y a su poder a distancia y aunque no se pavonee de ello sino que se lamente de lo contrario. Mirando a la multitud del pueblo en la plaza mayor – no tardarían en quitar el letrero que imperaba en todas las plazas de España hasta aquella fecha “Plaza del Caudillo” – recordó cuántas veces estuvo a punto de arrastrar a Cosme a un rincón apartado de la acequia para que intentaran hacer el amor, pero el monstruo reinante por aquellas épocas le pareció demasiado poderoso y prefirió esperar a hacer las cosas según bien, según sus propias reglas. Cuántas veces quiso hablarle claro a Cosme para que se decidiera a pedirla en matrimonio, pero el dictadorcillo de su padre también ejercía un poder de disuasión en Cosme por presiones de estatus social, ya que el lechero quería para sus hijas, y por supuesto para él mismo, que se casaran con alguien de carrera de la capital, para eso eran tan bellas, aunque Alicia fuera un poco marimacho. Lucía supo siempre – una mujer inteligente las cosas que sabe las sabe desde siempre – que si ella le forzaba a pedirla en matrimonio, el chasco que iba a recibir de su padre hundiría a su hombre en el pozo más profundo que imaginarse pudiera. Por ello aprendió a rehusar lánguida y diplomáticamente cualquier propuesta de matrimonio que los amigos de su padre hicieran en sus años de niña/adolescente, entrenamiento que le valió preciosamente en Nueva York, y no solamente con el pobre millonario Van Allen, a ese predador le fue muy fácil de esquivar. Lucía sonrió a la plaza, pero para ella. Aquel era el día más feliz de su vida. Si hubiera leído a Tzun-Tzu se repetiría una de sus recomendaciones al Emperador de China, “La Victoria más definitiva es la que requiere mucha paciencia”. Por tanto no iba a meter ninguna prisa a su hombre en sus propios ardientes deseos de consumar su matrimonio.

Esperaron a que los comensales se hubieren retirado todos, ya entrado el anochecer, cuando Lucía le preguntó a Cosme:

– ¿Qué quieres hacer’ – y como viera que a Cosme volvían a trabársele las palabras en la garganta, tomó otra vez la iniciativa. – ¿Te apetece que demos un paseo? – Sí. – ¿Quieres que vayamos a ver si aún sigue ahí la vieja acequia? – ¡Sí!. – ¿Paseamos, así, yo de blanco y tú de etiqueta, o nos ponemos más cómodos? Mañana hay que devolver estos atuendos, porque los alquilamos por un día. – Claro. – ¿Me esperas a que me cambie?. No tardo nada. ¿Luego te cambias tu. – Vale, te acompaño al piso.

Cosme solo tuvo que esperar diez minutos a la puerta del edificio. Luego fueron a la fragua a que él se cambiara, y los dos se dirigieron cogidos de la mano – qué menos, para unos recién casados – hacia el final del pueblo por la carretera de Burgos a ver si aún estaba aquella antigua acequia que albergó sus juegos infantiles. Desgraciadamente había sido pasto de una de las urbanizaciones, pero siguieron andando por el vial de la carretera en silencio. Cosme intentaba evitar, en vano, que Lucía notara su intranquilidad, y una vez más fue ella al rescate de su hombre.

– Cosme. – Dime. – ¿No te parece que ya puedes besar a la novia? – Y añadió para ablandar el azoramiento de Cosme. – Es muy sencillo, no pasa nada. Solo recuerda las veces que quisimos besarnos escondidos en esa acequia. Nos la imaginamos y ya está. – se plantó delante de él, con su decisión de siempre – Cosme, no solamente eres mi marido por la iglesia, ha sido mi hombre siempre. ¿Qué hay de malo en que me beses? – No… nada. – ¿Entonces? – y con la dulzura que solo una mujer como ella sabía mostrar acercó su cara a la de él, acercó sus labios a los suyos pero sin tocarlos y cerró los ojos.

A Cosme le pareció que las puertas del paraíso se abrían de par en par dejándole sentir aquel aliento que adoraba hasta la locura, aquel perfume de la piel de su mujer que respiraba en sueños todas las noches. Se dejó llevar por el destino, es decir por Lucía, y terminó de acercar sus labios a los de ella. Se había imaginado miles de veces aquel encuentro, de muchas maneras, siempre con miedo, siempre pensando que no sería lo que sus imaginaciones presagiaban, pero el primer contacto le pareció la mejor sensación que jamás hubiera podido imaginar. Lucía abrió los labios para completar el beso. Se retiraron unos milímetros para terminar la obra.

– Cosme – murmuró Lucía – No se tu, pero a mí me ha parecido muchísimo mejor de lo que había imaginado, y te aseguro que llevo toda la vida esperando este momento. – Te quiero con toda mi alma… – supo solamente contestar Cosme. – Lo sé, lo he sabido siempre. ¿Qué tal tu? – … – una larga inspiración fue la única respuesta posible.

Lucía volvió a besarlo y así continuaron, dejando que el tiempo hiciera lo que quisiera a su alrededor. Y en un momento dado Lucía le dijo.

– Cosme, necesito que vayamos a casa; aquí pasa gente.

Volvieron lo andado despacio, cogidos suavemente del talle y las cabezas inclinadas tocándose, y sin prisas llegaron muy entrada la noche al edificio donde habían comprado un pequeño apartamento que Lucía se encargó de arreglar con sencillez. Al llegar al rellano y abrir la puerta, Cosme si decir palabra la cogió en volandas a su mujer, como había visto en las películas antiguas y entró con ella en su casa. Lucía no se lo esperaba y pudo comprobar cómo su hombre era mucho más fuerte de lo que ella se imaginaba. No era una mujer menuda sino todo lo contrario, pero a Cosme le pareció levantar una pluma. Lucía estaba tan excitada que le dijo a Cosme algo así como “directamente a la cama”, aunque por tratarse de Lucía tal vez esas no fueron exactamente sus palabras.

Se desnudaron en un instante, Cosme seguía con aquel miedo que no le abandonó desde por la mañana sobre el daño que podía hacer, según cuentan las historias menores de la tradición, al desflorar a su mujer. La dudosa vanidad que se apodera de cualquier hombre de suponer que su recién casada esposa es virgen, no tenía sentido en el caso de Cosme, porque sabía muy bien cómo era Lucía, aunque no lo sabía ni remotamente por elucubraciones intelectuales fruto de una lógica deductiva, sino por instinto, puro instinto. Cosme no necesitaba en absoluto la lógica. Por tanto ese miedo aprendido en la educación de la España medieval de que la noche de bodas se convierte en una sangría no dejaba suelto a Cosme. Y a lucía cada minuto que pasaba iban entrándole cada vez más crecientes prisas, porque Lucía era tan mujer como cualquier corista de portada de revista del corazón, y por tanto se estaba excitando por sí misma y desde lo profundo de sus emociones hacia la piel. Cosme tardaba demasiado en decidirse a penetrar, a pesar de que ella lo condujo directamente y sin vacilaciones, y en su lugar la acariciaba y besaba todo centímetro cuadrado de esa piel entrando en su paroxismo.

– ¡Vamos Cosme!, entra de una vez, no puedo más. – Pero… te hago daño. – ¿Quién te ha dicho esas cosas? Es un daño maravilloso. Vamos, no puedo hacerlo sola, te necesito… Vamos.

A Cosme se le desató una espoleta en alguna parte de su interior que conectaba directamente con su naturaleza animal. Se detuvo un instante, miró a su mujer y se dijo que jamás la había visto tan rabiosamente bella, tan seductora, la cogió por los hombros y se dejó llevar por el poderoso volcán que rugía desde el fondo de sus cavernas. Lucía exhaló un grito que encabritó aún más a su hombre, y luego otro, y luego otro, y a su hombre le pareció haber entrado en otro mundo porque vio como el rostro de su mujer se transformaba, no era ella misma, era un ser todavía más hermoso y fuera de este mundo, arrollada por primera vez en un orgasmo vaginal profundo como un abismo atlántico.

Ambos había soñado aquel momento miles de veces y viendo el rostro preciso del otro, y solo aquel, pero lo que experimentaron en aquel momento no se parecía en nada ni a sus sueños, ni la las historias que hubieren podido leer o que les contaron. Probablemente el destino tiene su carga de energía sexual contenida en alguna parte, y como casi no la suelta por más en coitos que tengan lugar por segundo en todo el planeta, cuando lo hace a los amantes les parece haberse trasladado a otra dimensión donde las humanas miserias y mediocridades habituales han desaparecido por completo, y probablemente no solo les parezca sino que se han trasladado realmente a ese lugar en el que ya no hace ninguna falta creer en Dios.

El sol salió y siguió su camino hacia la tarde antes de que los amantes se dieran cuenta. Y tanto él como otros dioses menores tuvieron esos momentos desagradables de envidia del ser humano. Luzbel sabía muy bien porqué protestó ante el creador incluso sabiendo que caería por el abismo para convertirse en Lucifer. A ningún ser de la creación le es dado experimentar un momento de culminación total como el que transforma a algún raro ser humano en algo mucho más luminoso porque tiene la facultad de decidir y el riesgo a equivocarse, y no posee ningún don que le permita ver las cosas antes de que ocurran.

Se levantaron a comer algo y quedaron mirando por la ventana que daba a la carretera de Burgos.

– Bueno, amigo mío. Ahora sí que estamos en casa. – Como ha cambiado el pueblo… – murmuró Cosme mirando a ambos lados de la carretera, a los nuevos edificios, algunos alargados y con chimeneas, y más allá urbanizaciones. – ¿Quieres que nos quedemos aquí? – Lucía se volvió sorprendida de que su hombre, al que creía anclado a sus viejas costumbres, llegara a preguntar aquello. – ¿Quieres volver a Nueva York? – No, no precisamente. No sé. – se volvió a mirarla también. – Pensaba que ahora ya nos hemos encontrado… del todo. Podemos ir a cualquier parte porque allí estará nuestra casa, ¿no?

Lucía lo abrazó con fuerza. Se dijo que aquellas salidas tan inesperadas de su hombre la ratificaban el porque lo amaba incondicionalmente.

6.- Despertares

Alicia descubrió una sexualidad volcánica de la mano de Jack y Flora. Y le complació. Varias piezas deslavazadas de su interior empezaron a encajar. Y el día que Flora, furiosa por tampoco sabía muy bien el motivo, le gritó en medio de una enloquecida discusión :

– ¡Bueno decídete, eres hombre o mujer!

Iba a contestar pero se le hizo un nudo en la garganta, y no precisamente de llanto. La imagen de su amiga, medio desnuda corriendo por la pequeña alcoba quedó paralizada en su mente. Le pareció como si de pronto hubiera salido de allí y en el aire hubiera quedado la foto fija de su amiga, como cuando miras algo deslumbrante y cierras los ojos lo sigues viendo pero sin movimiento, solo una imagen retenida de lo que viste. Fue la primera que despertó, que recordó quien era y de donde venía. La frase de su amiga resonó como un ronquido lanzado hacia un túnel sin fondo y como si fuera rebotando en las rugosidades de las paredes. Y en uno de esos rebotes le volvió una frase similar: “Esta niña es un chicote, no es nada femenina, no parece una chica”.
El acento castellano, el timbre de voz, la contundencia implacable; la voz de su padre. Esta vez sí que tuvo que cerrar los ojos para ocultarse de aquella voz, como si cerrando los párpados nadie fuera a verla. Temblaba de pies a cabeza.

– ¡Alicia, cielo, qué tienes! ¿Qué te pasa? No quería decirlo, te aseguro que no sa lo que decía… – su amiga se puso a temblar lambien porque iba a abrazarla para disculparse mejor pero al verla en aquel estado sus brazos quedaron temblando rígidos en el aire. – Alicia, dime que te ocurre – sollozó.

Alicia se derrumbó en la silla que tenía cerca como un sacó casi vacío. Ella tampoco sabía qué había ocurrido, y en sus oídos tardó mucho rato en disiparse el eco de aquella voz de trueno. Aquella voz tantas veces temida y mucho más odiada.

– No es por ti… – logró balbucear al cabo de unos minutos. – ni mucho menos. De no haber sido por ti no sé qué hubiera sido de nosotros.
– Qué dices, mujer, no es para tanto.

Alicia le dedicó una mirada tan llena de ternura y gratitud que su amiga le pareció que había vuelto a transformarse en otra persona. Encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Flora. Se sentó también y durante otros largos minutos fueron contemplando como se alejaban y esparcían por el aire de la habitación las volutas de humo, como si fueran lo único consistente en aquel momento.

– Era la voz de mi padre…
– ¿Tu padre? Nunca has hablado de él, ni de… ni de nada de tu vida.
– Sí, supongo que porque había desaparecido…
– Pero, ¿Cómo es posible?
– No lo sé. – La volvió a mirar con ternura. – Mi padre solía decir que yo no era una mujer sino un chico…
– Que se lo digan a Jack…
– Supongo; es un hombre de una pieza, un buen hombre.
– ¿Quieres quedarte con él?
– No sé lo que voy a hacer.
– ¿Cómo que no lo sabes? Pero si ya estás metida en el musical… pasaste el casting sin problemas. No estás enamorada de él, ¿verdad?
– Tampoco lo sé, pero hablo de algo mucho más… – hizo un abanico con la mano porque no encontró la palabra – De pronto todo…

Se levantó muy despacio y fue directamente a la ventana y le pareció como si mirara a la calle por primera vez. Flora se había puesto muy intranquila, no la había visto nunca sumida en tan hondas reflexiones y sobre todo hablar de su padre, de algo de su pasado. Entonces se dio cuenta que les ocurría a los siete. Jamás hablaban de su pasado, de lo que hacían en su pueblo, de su familia, de España. Era como si no existiera. Y se dio cuenta también que a ninguno de los que habían entablado alguna relación con los siete se le ocurría preguntarles nada sobre sus vidas allá. Parecía bastarles con saber que los habían reclutado de un insignificante pueblo del interior de España, los habían entrenado para hacer aquella función durante un tiempo y los habían embarcado para Nueva York, y daban por sentado que quien los trajo debió ser un gangster muy desaprensivo porque los dejó colgados sin una explicación. Tuvo que decirlo:

– Nunca hemos hablado de tu familia, de tu pueblo, de lo que hacíais… – se interrumpió por miedo al genio endiablado de Alicia, a la que en muchas ocasiones le había dicho, también enfurecida. que le iba muy bien el papel del joven impetuoso Laertes.
– Es cierto – respondió muy despacio y se volvió para quedársela mirando con las cejas en arco como su ella pudiera responder a aquello. Flora no se movió. – Nunca hemos hablado de nuestra vida anterior ni entre nosotros. – Su mirada ya era una súplica. Había empezado a asustarse. – ¿te das cuenta? Hemos estado todo el día pensando en ensayo y luego en la función. Yo he sido, con Ramón la que más ha querido explorar con vosotros esta ciudad, pero lo he hecho por seguir vuestras invitaciones y por estar con vosotros, no por la ciudad… ¡No conozco nada de la ciudad!
– Pero si te mueves muy bien, – protestó Flora – hace semanas que ya no te acompañamos, que vas tú sola y vas adonde quieres… perdona, no quise decir que no debas hacer lo que te de al gana…
– Claro, claro. Pero es algo más, no sé cómo explicarlo… De pronto me parece que si me dijeras ahora de ir yo sola a… al Carnegie, o a Harlem, donde hemos estado muchas veces, no…
– No entiendo lo que dices.
– Oh… o sé cómo explicarlo, ni siquiera a mí misma. De pronto todo parece distinto.

Había retrocedido unos pasos y terminó derrumbándose en la silla, incapaz de soportar esa sensación de estar en otro lugar y ser otra persona, que de golpe se había apoderado de ella. Flora acercó otra silla y se sentó abrazándola. No podía ni siquiera calificar de fenómeno lo que estaba ocurriendo a su amiga. Y de pronto pensó en Cosme. No había aceptado su invitación de venirse a vivir con ella. No había dicho nada, en ningún sentido. ¿Dónde estaría en aquel momento, en el hotel? Tardó en comprender que no era un hombre enigmático, sino que simplemente el enorme peso de la responsabilidad de hacer algo para lo que nunca estaría preparado lo tenía completamente absorbido, pero al ver a su amiga sumida en aquel inesperado trance pensó que a él también debía ocurrirle algo para lo que no había una explicación. E inmediatamente y por extensión los demás fueron apareciendo en su mente como seres poseídos por un extraño encantamiento, pues no había conocido a nadie que se comportara de aquel modo. Si no fuera porque compartía la mayor parte del día con ellos iba a pensar que se drogaban.

– ¿Crees que Cosme se habrá quedado en el hotel?
– No lo sé. – y giró la cara hacia ella – ¿Aún no has conseguido hacerle el amor?
– No…
– Es un solitario. No hay nada malo en él, pero simplemente… – hizo otro volante en el aire con la mano.
– Háblame de él, de cómo era en vuestro pueblo, qué oficio tenía, si os veíais…
– Aun es muy confuso, es como si los recuerdos se hubieran ido a un rincón y no consiguiera encontrarlos.
– ¡No me digas! No me había dado cuenta antes… de que jamás ninguno de vosotros contó nada de vuestra vida en España.
– Es que simplemente no… Estamos aquí y todo es tan distinto, y la representación; ah, esto sí que es distinto. Durante mucho tiempo, años hemos estado memorizando los textos en inglés, que no sabíamos una palabra…
– ¡Qué me dices!
– Es todo lo que me viene a la memoria ahora… pero sé que irá saliendo todo poco a poco.

Durmieron muy poco y mal, solo antes del alma se quedaron las dos profundamente dormidas, y cuando despertaron Alicia era la de antes, como si no hubiera sufrido aquel ataque repentino de recuerdos de infancia. Flora se dio cuenta y al ir a preguntárselo Alicia no le dio la más mínima importancia.

– ¿Recuerdas lo que pasó ayer?
– Sí, claro. ¿Qué quieres decir?
– Recordaste lo que te decía tu padre.
– Sí, sí. Lo recuerdo. Bueno, desayunamos algo antes de ir al trabajo. ¿Cuándo crees que vamos a empezar los ensayo para el musical. A mí siempre me ha gustado mucho bailar, pero jamás me enseño nadie. En el casting no sé lo que pasó que me admitieron, pero ahora que me enfrento a los ensayos estoy cagada de miedo.
– No te preocupes, lo harás muy bien. – y las dos se vistieron rápidamente, comieron lo que encontraron en la nevera y salieron a coger el metro.
A partir de aquel día Flora estuvo muy atenta a las reacciones de su amiga, y un destello de esperanza alumbró en su mente ante la posibilidad de que Cosme también estuviera presa de algún extraño estado alterado de conciencia que, una vez disipado podría mirarla como mujer que lo deseaba y unirse a él.

Lucía tampoco iba a recordar nunca cuanto rato había estado andando por las calles de Nueva York, que le parecieron dunas enormes de un inacabable desierto. Era noche cerrada cuando agotada se sentó en las escaleras de un enorme portal. Seguía con la mirada fija a donde la calle se hundía en la nada sin despejar esa expresión de asombro, de búsqueda de algún punto de referencia, aunque no sabía de qué, y sus labios entreabiertos seguían murmurando incansablemente canciones que cantara la desesperada y confusa Ofelia. Se quedó dormida hacia el amanecer y la despertó poco después el aluvión de empleados del banco; estaba en la majestuosa entrada a la sede del Chase Manhattan Bank, y luego los clientes que empezaron a llegar pasadas las ocho. Nadie la importunó; era invisible. Su pequeño bolso donde llevaba sus cosas, documentos y algo de dinero, muy poco, le había servido de almohada.

Se levantó y echó a andar de nuevo. No le dolía el cuerpo por haberse dormido sobre el mármol. Igualmente calles y plazas, edificios, el rio de gente, el de los coches y autobuses, desfilaba ante ella como un carrousel animado por aquella extraña música que no era música sino ruido estridente y monótono. Sus labios entreabiertos seguían murmurando las canciones que Ofelia le cantaba incansable y desoladamente a Hamlet. A la tercera noche se quedó dormida como una piedra sobre las escaleras de la Catedral de San Patricio. Por la mañana la despertó una mano acariciando su hombro. Una mujer entrada en años, vestida de azul oscuro y tocada con una cofia del mismo color preguntándole si se encontraba bien. Lucía balbuceó algo en inglés al tiempo que intentaba levantarse muy trabajosamente. Alrededor de la mujer otras vestidas igual de edades distintas y portando instrumentos, y una pancarta de medianas dimensiones con un escudo en rojo y letras blancas en las que leyó “The Salvation Army”. Lucía iba bien vestida y su aspecto distaba mucho de parecerse a una vagabunda o delincuente. La mujer, cuyos cabellos blancos rizados asomaban bajo la cofia, insistía en ofrecerse su ayuda. Era la primera desconocida con la que se tropezada en aquella ciudad después de tantos meses. Al no contestar, pero recibir una mirada ytan transparente y diáfana, la mujer creyó que no entendía el inglés y se dirigió a sus colegas preguntando si alguien hablaba otro idioma.

– Estoy bien, señora. Estoy bien. – Le dijo Lucía en inglés. La sargento de aquella patrulla del Ejército de Salvación se volvió de nuevo y le sonrió.
– ¿Se ha perdido, hija mía?
– Sí.
– ¿Dónde vive?
– No lo sé. – Lucía no supo nunca como se llamaba el teatro en el que había representado todos los días a Ofelia, porque no atinó en preguntar, y mucho menos el nombre del hotel. Se había dejado llevar por la corriente concentrada solo en recitar su papel a la perfección y tratar de entender a su personaje, con la esperanza de entenderse a sí misma. La mujer se acercó de nuevo y la miró con curiosidad y compasión.

– ¿Quiere que la acompañemos a uno de nuestros centros de asistencia?
– Sí.

A pesar de no haber comido ni bebido nada en tres días se sentó a la mesa que le ofrecían y tardó mucho en llevarse el vaso de agua a los labios. Bebió a sorbos. Luego cogió la cuchara y empezó también a sorbos. No le atenazaba tanto el hambre como el entender qué debía hacer a continuación, donde estaba y donde tenía que ir. Le costaba entender que se hubiera acabado la función sin más y que nadie le dijera lo que venía a continuación. Miraba a aquella mujer y a los demás con la gratitud de un animal extraviado que no sabe quién es su benefactor en ese momento. Al cabo de un rato en que Lucía ya había dado buena cuenta de la sopa y de lo demás, aunque an las pequeñas cantidades con que ella solía alimentarse, y captando la relajación que la estaba empezando a embargar, la sargento comentó:

– Es un milagro que haya usted sobrevivido por la noche en las calles de Nueva York, aunque haya sido por estos barrios. ¿Sigue sin recordar de donde venía ni donde está su casa?
– Desde el día 27 de diciembre – respondió Lucía – he estado representando Ofelia junto con otros actores españoles, pero no recuerdo el nombre del teatro, simplemente porque no me fijé, ni siquiera el nombre del hotel donde nos hospedábamos todos, porque siempre íbamkos y veníamos juntos y nos acompañaba uno de los actores americanos que hacía de Horacio, el amigo íntimo de Hamlet.

La mujer tuvo que recostarse en el respaldo de su silla.

– ¿Ofelia?
– ………………….. canción
– Oh, sí, ¡cuántos años hace que no había escuchado esa canción! Es increíble, esa entonación, ese alma que… ¡Dios mío, querida niña! Me ha impresionado. Eh… ¿recuerda su nombre?
– Si, claro: Lucía.
– ¡Lucy, en inglés! – la severa y disciplinada sargento había vuelto de golpe a ser una niña alegre y jovial – ¡Es fantástico! Oh, ¡cuánto me gustaría que se quedara con nosotros, hija! No había oído a nadie declamar a Ofelia así. ¿Quiere quedarse con nosotros?
– Claro. No tengo adónde ir. – respondió con aquella sencillez que la hacía tan diferente del resto de los mortales.
– ¿Y sus compañeros?
– Estando con ustedes me será posible encontrarlos.
– ¡Por supuesto, hija mía, por supuesto! Mañana mismo nos ponemos a buscar en todos los teatros de Broadway dónde se representó a Hamlet hasta hace pocos día. No se preocupe. Siéntase como uno de nosotros. La encontramos junto a la Casa de Dios, y nosotros somos servidores de Cristo. ¿Dónde mejor podía estar?
– Cristo… – repitió Lucía. Y sus ojos se abrieron desmesuradamente porque otro fulgor acababa de estallar en su mente, aunque aún no podía relacionar con qué de su propia vida.
– Es un milagro, es un milagro. – repetía la fornida y resuelta anciana sin cesar.
– Un milagro… – repitió Lucía porque esa palabra también azuzaba el fuego del resplandor que acababa de cegarla.

Guzmán dio por fin su golpe de estado aunque no se diera cuenta hasta que se hubiera consumado. Le pareció que había conseguido algo, pero no sabía bien qué. Lo había conseguido su personaje, pero algo en su interior se desgajó. Claudio había arrebatado el trono a su hermano, pero, ¿era eso lo que quería Guzmán?

El director del teatro le había propuesto a Guzmán vivir en un cómodo habitáculo que él mismo había usado en alguna época de su vida, y que se encontraba en la parte posterior. Se lo dijo a quien de sus compañeros encontró aquel día en el hotel, y como estos parecieron no darle importancia se marchó sin más. Hacía semanas uno de los competidores del director del teatro, a la sazón dueño de varios en la ciudad, se hizo en encontradizo para invitarle a cenar y saber sobre su historia y la de sus compañeros de viaje. Fue entonces que de pasada le reveló la falsedad de su situación, es decir que no habían firmado ningún contrato, y se le ocurrió proponer a Guzmán ayudarlo a hacerse también con ese teatro. Organizó una cena entre los tres y condujo la conversación hasta desembocar en una bien estudiada expresión de sorpresa al “enterarse” de las condiciones en las que habían estado actuando los españoles, es decir prácticamente fuera de la ley.

– Bueno, bueno, – protestaba el director del teatro, – tampoco es así, ellos han estado contratados en toda regla, tienen un contrato…
– Que no han firmado.
– Firmo su agente por ellos.
– ¿Y este agente se encuentra en…?
– Ha de volver un día de estos.
– Ah. – dijo su competidor recostándose en el butacón del regio restaurante mirándolo fijamente para que entendiera que lo tenía perfectamente acorralado.
– No es lo que tú te crees.
– Mmmm.
– Todo está en regla.
– Incluso Guzmán es mi secretario, para que veas en que relación de confianza…
– Guzmán, ¿qué?
– ¿Eh?
– Sí, ¿Cuál es su apellido?

El director del teatro se volvió hacia Guzmán, asustado. Jamás conoció los apellidos de ninguno de los españoles. Guzmán le devolvió la mirada, neutro, no tenía ni idea de qué quería decir esa mirada ni la del otro. El director del teatro esperó unos instantes, muy pocos porque el otro le indicó claramente que no tenía nada con qué negociar; ni siquiera sabía el apellido de sus artistas, luego, ¿Qué contrato era ese que se suponía habían firmado?

– Guzmán… ¿qué? – luego se inclinó hacia adelante para asestar su golpe de gracia. – Te diré lo que vamos a hacer. Soy una persona comprensiva. Solo voy a pedirte un 51%. Tu seguirás teniendo tus dividendos pero yo me encargo de poner orden a este desaguisado. Guzmán seguirá haciendo lo que hasta ahora. ¿De acuerdo Guzmán?
– Sí…

Pero la pregunta, “Guzmán, ¿Qué?” permaneció en su cerebro, y hubiera permanecido inofensiva de no haber lanzado el competidor del director del teatro a este mientras se despedían después de haber consumado la absorción:

– El rey a muerto, viva el rey, ¿no?

Ya no volvió a ver al director del teatro sino a su competidor, el nuevo dueño, en los días sucesivos. Pero aquella noche no pudo conciliar el sueño. Demasiados nombres sin apellido revoloteaban por el techo de la habitación, Claudio, Guzmán,… Solo nombres, ningún apellido. Claudio había consumado su golpe de estado, pero, ¿qué había conseguido Guzmán?

Y en los días sucesivos el nuevo dueño descubrió algo que Guzmán no atinó a descubrir, a pesar de haber sido su idea semanas atrás, cuando el director del teatro lo contrato como su asistente. Había puesto en marcha una tienda de golosinas para consumición de los espectadores. Muy pocos teatros en aquella época disponían de ese negocio adicional que Guzmán llevaba con una destreza magistral, como si lo hubiera hecho toda su vida.

Y ambos personajes se fueron entrelazando en la vida de aquel expatriado, Claudio con su destreza en hacerse con el poder y Guzmán en el comercio de golosinas. ¿Quién era quién en cada momento del día?

De tanto en tanto se veía con Ramón, que vivía en una habitación de un estudio cerca de Greenwich Village. Una vez los expulsaron del teatro cada uno fue encontrando un lugar que parecía corresponderle, pero, ¿a quién? ¿Al actor o a su personaje? Cuando Cosme le explicó cómo había cambiado de propietario el teatro hizo un comentario a propósito del personaje:

– A fin de cuentas no has sido tú quien ha dado el golpe de estado; solo has sido el instrumento.
– Así es. – Repuso Cosme, pero Ramón se sorprendió al no detectar ningún aire de tristeza o contrariedad, como si constatara un hecho, aunque no sabía cual, ya que no añadió nada más.
– Eso no corresponde al personaje, ¿verdad? – añadió Ramon sin mirarle, como si en la cueva vacía del escenario pudiera encontrar la respuesta.
– No.
– Nos hemos salido del guión…
– Sí… ¿Dónde estamos ahora? –
– ¿Te ves con los otros? – preguntó a su vez Ramón porque tampoco podía contestar a aquella pregunta trascendente.
– No. Solo a ti. No se dónde estar los demás. ¿Tú te encuentras con ellos?
– No. Me parece que nos hemos desperdigado. No sé si Cosme sigue viviendo en el hotel. Los demás…
– Nos hemos salido del guión. – repitió Cosme como si anunciara un cambio drástico en el mundo, y ambos compañeros de reparto quedaron mirándose absortos durante un buen rato.

A Cosme un buen día el director del hotel le preguntó si pensaba quedarse por más tiempo, ya que Van Allen acaba de sentenciar que aquella era la última factura de la que iba a hacerse cargo. Cosme se lo quedó mirando fijamente y le quedó la suficiente lucidez como para no ponerse a recitar algún versículo de Hamlet.

– No tiene trabajo, ¿verdad?
– No… – contestó como un autómata intentando relacionar en su mente con vaguedad lo que aquello podía significar.
– Aquí tenemos trabajo, en la cocina, hemos tenido dos bajas. ¿Le interesa?
– Sí… – respondió con el mismo estado de ánimo de con el que contestaría a una pregunta de matemáticas avanzadas o si conocía las secretas intenciones del primer ministro turco.

Proporcionaron a Cosme un cuartucho en un viejo edificio del Bronx y en ese momento fue cuando entró realmente en aquel mundo. Sin sus amigos, sin saber que hacer de los textos de Hamlet, ni del propio personaje, sin el propio teatro, o mejor dicho metido en un escenario completamente distinto donde las reglas las hacen los propios personajes según quien sea el más astuto y con intenciones más ladinas de aprovecharse de los que no lo son tanto. Al principio le pareció una réplica del teatro, el escenario, donde se atiende a los huéspedes con todo lujo y servilismo, los bastidores, la cruenta guerra que se libra en las cocinas, la lavandería, las secciones de servicio de habitaciones. Pero había esa diferencia, el guión parecía no haberlo escrito nadie y un poco entre todos siguiendo las órdenes del director del teatro, al que, en este caso, una especie de dios inaccesible, no conoció jamás.

De la vida, Cosme solo sabía lo que le había legado su padre, que enviudó demasiado pronto para que alguien pudiera ofrecer a su hijo un mundo en el que el femenino aportara algo acogedor; trabajo duro y jornadas completas, de la salida del sol a bien entrada la noche, esfuerzo físico, tenacidad, silencio. Muy pronto sus compañeros de cocinas se dieron cuenta del mal ejemplo que podría dar a la dirección un trabajador tan duro y eficiente, fuera la que fuese la tarea encomendada, y sin protestar. De modo que se lo hicieron saber, al principio con cierta amabilidad, luego recurrirían a otros métodos. Cosme era como el hierro que forjaba en su fragua de Osorio, los golpes lo templaban y hacían más resistente.

Terminó en la cárcel y magullado por devolver los golpes sin poder explicar quien ni por qué lo atacó.

– ¿Qué hacemos con él, sargento? – le preguntó el agente en la comisaría del distrito 42. – Hemos soltado a los matones del sindicato, que seguro empezaron ellos, pero, ¿Qué hacemos con él? Parece un buen hombre y tiene los papeles en regla.
– Pero no hemos conseguido saber a que se dedicaba, de qué vivía… a menos que nos suelte esas parrafadas que nadie entiende. ¿Has probado con alguien que hable hispano?
– Sí, tampoco saca nada en claro, salvo que ha sido actor de teatro, pero no puede recordar el nombre del teatro.
– ¿Actor?
– Dice que representó a Hamlet.
– ¡A Hamlet! ¡Por Dios, qué disparate! Este no sabría representar ni Caperucita Roja. – luego de un silencio mirando al detenido sin poder reprimir una mezcla de curiosidad y compasión. – Deberíamos saber qué hace en Estados Unidos, pero… Bah, dejémosle unos días aquí, por lo menos estará bien alimentado, luego mira donde lo sueltas, porque este aparece muerto en cualquier callejón. No sé porqué se ensañaron tanto aquellos matones ni por qué le tenían tanto odio, a mi me parece inofensivo, pero ya sabes, los del sindicato ven enemigos por todas partes.

De pronto se oyó un chirrido metálico en la celda contigua que dejó a todos con los dientes a punto de quebrarse. Un mecánico trataba de reparar la cerradura.

– ¡Pero quién demonios ha contratado a este inútil! – rugió el sargento levantándose de su silla y haciendo ademán de lanzar sobre él su enorme envergadura.
– Está utilizando una lima del 11, cuando debería usar una del 4 – surgió automáticamente de labios de Cosme, inmóvil, sin cambiar de expresión, irrumpiendo quedo pero demasiado contundente para que pasase desapercibida.
– ¿Qué, quién ha sido eso… tú? ¿Qué has dicho?
– Suena como el ruido de usar una lima de desbastar para lo que solo es un pulido.
– ¿Qué? – repitió el veterano luchador en todas las peleas callejeras desde que tenía uso de razón. – ¿A qué viene…? Espera… hijo, ¿sabes de mecánica?

Cosme pareció salir de un sueño profundo porque su mirada dejó de vagar por los espacios interestelares y se fijó en el policía, mirándolo por primera vez desde que llegó días atrás, medio muerto a la comisaría central del distrito 42. Hizo un gesto de indecisión con los labios, y añadió.

– Puedo probar.
– ¿Por qué no? Tu mismo, hijo. ¡Morgan, deja sitio a este a ver qué sabe hacer!

Cosme fue hasta donde estaba el mecánico. Miró la reparación que pretendía hacer en la cerradura, luego a la caja de herramientas. Buscó. Sacó in par de limas y unas diminutas alicates que encontró en el fondo y empezó a trabajar sin añadir nada más, y antes de que los policías salieran de su asombro se vio probando la cerradura una y otra vez, para mostrarles que ya no presentaba ningún problema. Había quedado perfectamente ajustada.

– Si no lo veo con mis propios ojos… – exclamó el sargento. – ¿Quieres trabajo? Vale. – se respondió a si mismo ante la mirada neutra de Cosme. – ¿Quieres trabajar en el taller de mantenimiento?
– Sí.
– ¿Has visto un arma alguna vez?
– No.
– Da igual, con esas manos que tienes en pocos días será como un reloj para ti. – Y se volvió a sus asistentes – Buscarle otro sitio donde vivir; lo necesitamos vivo. – Y volviéndose a Cosme apareció en el grueso y curtido rostro de aquel hombre, una sonrisa que no tenía nada que ver con la fiereza implacable de su semblante. Era la de un niño que acaba de descubrir donde dejó olvidado su juguete preferido. Esa sonrisa despertó a Cosme; por fin algo amistoso en aquel infierno. Dudó bastante pero también pudo sacar del baúl de los recuerdos esbozar su amplia sonrisa de niño eterno, tanto tiempo encerrada en una máscara de asombro y espanto.

El sargento quedó mirándolo y al agente encargado de incorporarle al mundo, como se alejaban con una expresión de indicar claramente: “Nunca lo has visto todo en este mundo”.

Cosme tardó sin embargo bastantes días, y tal vez alguna semana en recordar que había nacido para trabajar en hierro como si de mantequilla se tratase en sus manos grandes y diestras. En la comisaría central del distrito 42 nadie le impidió que se excediera en la jornada de trabajo varias horas más que sus colegas, entre otras razones porque el sindicato de policías estaba más ocupado en controlar las presiones de Asuntos Internos que de cualquier reivindicación en cuestión de horario laboral. Tenían mucho más interés en dejarlo tranquilo y disponer de sus armas y equipo en perfectas condiciones, y como no hablaba para criticar a nadie, como hace quien supera en mucho la destreza de cualquiera, tampoco nadie podía sentirse molesto.

En cambio a Ramón le estaba yendo muy bien derrochar su labia anti-lo-que-fuera en veladas y tertulias literarias para demás intelectuales con ansiedad de nuevas sensaciones, porque la caza de brujas de Joseph McCarthy había terminado con su derrota estrepitosa y el triunfo de la bandera que contra él erigió Arthur Miller con su obra “Las Brujas de Salem”, arropada con los ecos de las emisiones por la CBS que Edward Murrow dirigió contra el “inquisidor de los USA” por que tardarían mucho en extinguirse. Y sobre todo estaba la guerra del Vietnam, contra la que el catedrático de la universidad estatal de Michigan, Erich Fromm, empezó a lanzar sus proclamas que no tardarían en encender los incendios que cambiaron el mundo capitalista en la década de los 60. O por lo menos esa era su intención.

El despertar de Ramón fue el más rápido y diáfano de los “actores” de Osorio, porque al poder volcar en sus discursos y escritos su verdadero interior izquierdista y revolucionario, no solamente fue recordando quien era sino contemplando la posibilidad de no volver jamás a España mientras el dictador siguiera vivo. Mejor aún, devoraba la prensa local y extranjera en busca de noticias como las huelgas de la Siemens de 1961, que causaron varios muertos por la represión policial, o las de SEAT en Barcelona que inició el estallido en todo su cinturón industrial del Baix Llobregat.

Coincidió con Guzmán en este proceso de autoreconocimiento, aunque éste se resistía a admitir que alguien y algo consistente le seguían esperando en su tierra natal, deslumbrado por su éxito en los negocios. De la tienda de golosinas en el teatro, que encantó a los nuevos dueños, pasó a montar una franquicia para un bueno número de teatros de Broadway y de ahí a extenderla hacia tiendas de otros establecimientos uno solamente unos pocos pasos técnicos que su habilidad y olfato comercial salvarían sin mayores problemas.

En cuanto a Alicia, descubrió que tenía madera de actriz, lo había sido toda su vida, actuando como un marimacho para ocultar su ardiente sexualidad femenina. De la mano de sus amigos americanos, Flora, que no tenía ningún problema en utilizar la sexualidad que más le gustara, y Jack, que descubrió a una mujer excepcional en Alicia, se inició en el teatro, pagándose la carrera en la propia Arts Studio, e iniciando una vida completa en el nuevo mundo. Fue recordando quien era y de donde venía con la misma velocidad que Ramón, y coincidió con el en la absoluta falta de interés por regresar a casa. Solo de pensar en volver a encontrarse con el rostro severo y las ideas medievales de su padre, el lechero, le cogían todos los males y aparecía la ocasión de beber un buen trago de burbon, que normalmente Alicia no necesitaba.

Queda por hablar de Martin y Manuela. Simplemente habían encontrado su hogar como lo hubieran encontrado donde fuera. Martín haciendo lo que sabía hacer como nadie, tratar con animales, y Manuela cuidar a Martín. Le dieron a ella, en la Central de la Policía Montada, un puesto indefinible de “house keeping”, que podía ir desde de que se entendía en la España del interior como “hacer faenas”, recados, poner en orden lo que fuera y traer los cafés. A veces, por la noche, durante la cena, en su pequeño apartamento próximo a la comisaría Manuela le contaba a Martin historias sobre Osorio, sobre sus propias familias, sus parientes. Olvidó completamente su papel de Reina Gestrudis, porque jamás llegó a entrar en cuerpo y alma en él y porque tampoco olvidó jamás por completo quien era y a lo que había venido a aquel mundo extraño, que, como a todas las cosas en su vida, consiguió extraer su lado positivo para vivir en el según sus propias reglas, la corrección, la búsqueda de cualquier cosa que la sorprendiera y con lo cual poder cuidar a su marido, que era sinónimo de cuidarse a ambos. Martín la escuchaba como siempre, con la atención que ponía el en todo, y en aquellos momentos en escuchar a su mujer, poco importaba lo que contara, con tal de ser ella quien lo contara y entonar aquella voz de jilguero que a él tanto encandilaba. Tampoco tenía demasiados recuerdos en Osorio que lastraran su presente. Allá fueron ovejas, aquí Caballos, allá regresaba por la noche del monte con las ovejas para estar con su mujer, aquí lo mismo; es lo que llenaba su vida todos los días y sentía que la llenaba a ella; no necesitaba saber donde ocurría eso, tal vez porque en su fino instinto animal sabía que en todas partes hay de todo, llámese como se llame y se adorne con los clores que se quiera.

Tal adaptación fue posible porque los inmigrantes de Osorio dejaron de relacionarse entre sí cuando terminaron las representaciones y cada cual siguió su propio camino.

5. El Golpe de Estado

*

En su obra capital dedicada a intentar infructuosamente hacer las paces con Lorenzo de Medicci, Nicolás Maquiavello, advierte al príncipe que la mejor de las virtudes es la prudencia. Lástima que Guzmán no hubiera leído a Maquiavello, porque la prudencia hace que el príncipe nunca esté seguro de tener todos los elementos necesarios para ejecutar su plan, y solo la osadía evitará que tal comprobación exhaustiva de detalles pueda durar eternamente. Pero como para Guzmán la maquinación de un golpe de estado solo era producto de haberse creído exageradamente su personaje del rey Claudio, en base a sus febriles suposiciones sobre cómo debían valorar su honestidad sus vecinos de Osorio, y no de una genuina naturaleza de animal político, estuvo a punto de echarlo todo a perder en varias ocasiones.

Trató de establecer relaciones directas con otros empresarios teatrales de Broadway, pero tanto su defectuoso dominio del inglés como su procedencia de un mundo rural infinitamente más sencillo que aquella caja de resonancia de todas las maquinaciones sociales imaginables, lo tomaron por todo menos por eventual socio en un descabellado desalojo del propietario del teatro donde actuaban. Al no entender ni de lejos sus proposiciones, porque obviamente debía revelarlas en clave y esperar que su interlocutor entendiera el encriptado, recibió de unos el “no me haga perder el tiempo, no sé de qué me habla” y de la mayoría “no tenemos trabajo para usted”. De modo que un buen día cogió por su cuenta a Ramón, que a la sazón acababa de descubrir “Aullido” de Allen Ginsberg y no podía disipar de su pensamiento la frase capital de aquella obra del movimiento “beat”: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”, y le propuso saltarse las precauciones y pasar a la acción.

– ¿Qué dices que quieres hacer? – recibió como respuesta con la mirada atónita de Polonio, su compañero de reparto.
– Vamos a tomar el teatro. – sentenció solemnemente Guzmán.
– ¿Tomar el teatro? – Ramón revisó con velocidad prodigiosa cuantos escritos revolucionarios habían caído en sus manos hasta la fecha, que en su época de estudiante en Barcelona antes de la Guerra Civil habían sido muchos, pero no encontró nada parecido a ocupar militarmente un teatro de Broadway, aunque tampoco tenía los detalles de lo que pensaba su convecino. – Como no te expliques mejor…
– Muy sencillo: Esta noche, o mañana por la noche, antes de empezar la función nos plantamos en el despacho de director y le amenazamos con no hacer la función como no discutamos el contrato y lo firmemos todos y cada uno de nosotros. – Se quedó mirando a Ramón.
– Pero… – repuso al cabo de unos segundos de reflexión – Eso no es tomar el teatro, se llama un plante laboral. No llega ni a una declaración de huelga, pero se trata de una medida de presión de la clase obrera reclamando sus derechos.
– ¿Huelga? ¿Qué es eso?
– Déjalo. Me parece una buena idea. A fin y al cabo nuestra situación es francamente anormal desde todos los sentidos. ¿Lo comentamos a nuestros compañeros?
– Claro. Hoy mismo.
– Será mañana porque tres de ellos ya han vuelto al hotel.

Guzmán y Ramón necesitaron una semana para encontrar a sus cinco compañeros al mismo tiempo y exponerles el plan. Ramón había logrado convencer a Guzmán que eso no era un golpe de estado, y le pareció que este se intranquilizaba porque tal hipótesis no parecía corresponder con el guión. A los demás no les importaba demasiado, estuvieron de acuerdo, pero sin prestar atención a lo que les proponían, cada uno viajando en un autobús muy distinto en aquel nuevo mundo, que cada día que pasaba parecía más nuevo. Y acordaron realizar su plante al cabo de otra semana, en que a los pocos minutos de subir el telón irían al despacho del director en lugar de al escenario.

Pero ya por aquellos días la magia había perdido casi toda su fuerza. Los únicos que mantenían aquel espectáculo inexplicable que había subyugado al público neoyorquino eran Cosme y Lucía, que seguían su navegación inalterable por el mar que habían conocido por primera vez en su vida y estaban dispuestos a viajar indefinidamente. Los demás habían sido engullidos por el nuevo mundo y sus colores los estaban estimulando cada vez con mayor intensidad, relajando su atención a unos roles que nunca entendieron. Mantener aquel fenómeno solo en base a dos de sus personajes había hecho caer la taquilla ostensiblemente. Por lo tanto cuando el director escucho las reivindicaciones de Guzmán, por muy solemne y amenazadoramente que fueron planteadas, se limitó a responder con ánimo un tanto cansado.

– Ay, chicos. – suspiró el mejor actor de todos, porque actuaba a todas horas fuera del escenario – Comprendo lo que decís y no tengo inconveniente en firmar lo que queráis, pero os aseguro que llega tarde. ¿Habéis visto cuánto público tenemos hoy en la sala? Yo diría que cinco o seis filas.
– Muy bien ¿Y qué? – repuso Guzmán sin modificar la determinación en su acento.
– No sabes lo que quiere decir eso, ¿verdad?
– ¿El qué?
– Que la obra puede aguantar una semana más en cartel. Luego se acabó.
– ¿Qué?
– Pues que se acabó la representación. Ya está; zas. Se acabo esta… historia o como quiera llamarse.

La prudencia que recomienda Maquiavello hubiera aconsejado a Guzmán, simplemente no hacer nada y esperar a que se prolongara aquella, como decía el director del teatro “historia o como quiera llamarse” mientras iban pensando no en un golpe de estado sino en lo que iban a hacer de sus viudas aquel grupo de expatriados por una causa inexistente. Y en contra de lo que el director se esperaba ninguno de los siete hizo la pregunta ineludible: “¿Qué vamos a hacer ahora?”, y continuaron todos dentro de aquel sueño en el que alguien a quien llamaron “El Visitante” les había metido, como si fuera sus propias vidas. Osorio había desaparecido de sus mentes, y por tanto ninguno entendió lo que les estaba señalando el director sobre su situación real en aquellos momentos. De modo que seguían creyendo que la representación o lo que fuera debía continuar.

A ninguno se le ocurrió recordar porque estaban allí, cual fue el motivo del viaje: hacer una representación por la cual les iban a pagar muy bien y volver a casa cuando hubiera terminado. Tal fue el esfuerzo y la dedicación en meterse en unos personajes que no entendían y una situación tan ajena a ellos y además el impacto que les causó el nuevo mundo que simplemente en aquel momento en que el director les estaba diciendo que todo había terminado, siguieron creyendo que la representación era todo, es decir sus propias vidas en aquella ciudad y ésta su escenario, incluso mimetizándolas como Guzmán y la creación de su famoso golpe de estado. En cuanto al público, jamás existió para ellos, solo para el empresario teatral y en función de sus beneficios monetarios. Ellos habían venido a meterse en la piel de unos personajes y hacerlos suyos. Por eso nadie preguntó ¿qué vamos a hacer ahora? Porque ya lo estaban haciendo. A Guzmán simplemente el director del teatro le dijo que le seguiría pagando para que siguiera siendo su eficaz asistente, y cuando algo en el interior de este le recordó, pero sin explicitarlo, que no era ni mucho menos un monstruo, tuvo un destello de quien era realmente al preguntar.

– ¿Qué pasa con mis compañeros?
– Sí… tendremos que ocuparnos de “eso”.

El director del teatro no podía arriesgarse a que su aplicado asistente hubiera aprendido lo suficiente como para ponerle una denuncia por haber tenido unos actores en función sin que mediaran sus firmas en contrato alguno, ya que aquel papel que descubrieron hacía tiempo no servía para nada e incluso era motivo de delito. De modo que el día, cercano, en que el director pusiera en escena otra función tendría que seguir pagando a los castellanos la misma miseria hasta que pudiera deshacerse de ellos.

Sin embargo para los siete de Osorio la representación iba a continuar indefinidamente en alguna parte de la capital del mundo, a menos que algún día recordaran quienes eran y para qué estaban allí y por lo tanto cual era su casa, y sobre todo como podían volver a ella.

Dos semanas más tarde el director del teatro les anunció que ya no hacía falta que volvieran porque iban a montar otra representación y la compañía que la montaba debía preparar decorados y que sus actores empezaran a ensayar en el escenario.

Siguieron viviendo en el hotel de lujo por un tiempo porque el empresario Van Allen había pedido en matrimonio a Lucía, después de dinamitar su tercer divorcio, y por tanto no iba a poner en la calle a los amigos de aquella enigmática mujer que lo había desquiciado hasta aquel extremo. Lucía seguía comportándose tal como era, aunque metida en la desesperación del personaje de Ofelia al no poder unirse a quien realmente amaba, en su caso desde niña, solo que para el pragmático propietario de una cadena de supermercados imaginar tal actitud le resultaba absolutamente incomprensible. Entendía perfectamente como habían sido utilizados y engañados aquellos españoles, pero no podía vivir lejos de aquella mujer de una belleza y carácter tan distinta a cuantas había conocido en su vida, y que solo por eso ya le quitaba el sueño y enfervorizaba su deseo de conseguirla algún día. Para Lucía, Van Allen, no era más que una circunstancia más de las que no entendía, dentro de aquel cúmulo de circunstancias ilógicas que formaron su vida desde que el Visitante llegó a Osorio tres años atrás, e insignificante comparado con su dificultad cultural por provocar que el amor de su vida se decidiera a dar el paso. Era plenamente consciente de su propia contradicción, puesto que cualquier mujer sabe cómo incitar al hombre de sus deseos y mostrarse sorprendida por su atrevimiento. Pero Lucía quería las cosas de otra manera, odiaba ese aspecto de la maquinación femenina tan arraigada en las mujeres de su tiempo. Van Allen la había presentado a su familia como su prometida, y aunque Lucía terminó entendiendo lo que eso podía significar, como estaba tan lejos de sus propias motivaciones, simplemente dejaba pasar el tiempo y se limitaba a representar lo que entendía como papel adicional fuera del escenario y del guión de Hamlet. Incluso aprendió a deslizar frases de su personaje, sobre todo las canciones aquí y allá según ella creía que eran apropiadas, lo cual enloquecía aún más al empresario que se volvió aún más déspota para sus empleados, en el caso de que eso fuera posible, para sus prostitutas, para sus amigos y también para el resto de su numerosa familia. En más de una ocasión trató de propasarse con Lucía, pero todos sus intentos fracasaron ante la muralla etérea y evanescente de sus recitados shakesperianos y entonaciones cada vez más sutiles y propias de una criatura de otro planeta. Van Allen se puso a aprender español con un profesor particular y en régimen de cursos intensivos, pero su defectuosa pronunciación contribuía aún más a mantener en Lucía la atmósfera de que seguía aún en el estrado aunque los diálogos no correspondieran con los textos que se había aprendido de memoria. Se lo tomó como una variación más de lo que debía cumplir en ese momento de su vida.

Poco antes de que les dijeran que ya no debían volver más al teatro, Van Allen quiso presentar a Lucía a su madre. Fue un domingo por la mañana. El helicóptero privado de Van Allen los trasladó la lujosa villa a orillas del Hudson en Fallow Halls en menos de una hora de Times Square, en helicóptero, y por tanto podían estar de regreso por la noche. Van Allen escogió precisamente la mañana del domingo porque calculó que la resaca de su madre no se despejaría hasta casi entrada la tarde y su mente no iba a disponer de los resortes necesarios como para atinar en hacer las preguntas pertinentes. Pero se equivocaba, Melinda Cosworth, de los Cosworth de Pennsilvania, viuda de Greg Van Allen, descendiente de holandeses, que llegaron a Nueva York en un buque que no se llamó May Flower, evitó excederse, la noche anterior, en el burbon de 21 años de las destilarías de su hijo menor, para tener la mente despejada y poder hacer las preguntas que quería. Aunque jamás se podía imaginar qué respuestas iba a recibir de “La Española”, y que, como con las anteriores esposas, o que no pasaron de novias de su insaciable hijo, escenificó en la pérgola de verano que daba al majestuoso rio, evacuadas las primeras gestiones de protocolo.

– ¿Otra taza de té? – Era el preámbulo para el ataque, se dijo Robert, inquieto porque veía a su madre en plena forma y dispuesta a destrozar a la buscona de turno. En lugar de respuesta obtuvo una mirada fija e inconcreta de la recién llegada, protegida por una media sonrisa de Gioconda. Al ir a repetir la pregunta por tercera buscó la pleitesía de su hijo: – Bobby, ¿crees que nuestra querida invitada desea algo más que otra taza de té? – y sin esperar la respuesta de “Bobby” siguió con su ataque. – ¿Te apetece otra cosa, querida? A lo mejor…
– Son rododendros, ¿verdad? – dijo Lucía cuya mirada se dirigía a un espléndido bosque de generosas matas centelleantes de flores de todos los colores.
– ¿Cómo dices?
– Los he visto por primera vez en el Parque. Me dijeron que se llaman rododendros. No los había visto nunca.
– Ah, sí… – En cualquier otra pretendiente a la fortuna de su hijo habría detectado la maniobra “in extremis” de aquel salirse de la conversación, pero el semblante hierático y absolutamente distante de Lucía la desconcertó por completo. Robert se dio cuenta y se regocijó aún más, “in extremis”. – Están por todas partes. ¿No hay en tu país? – Melina Cosworth viuda de Van Allen, de los Cosworth de Pennsilvania no iba a amedrentarse por tal nimiedad; se necesitarían muchas más “nimiedades” para ello.
– No lo sé. – Contestó Lucía. – Nunca salí de mi pueblo… hasta ahora.
– ¿Nunca? – Melina no podría ejercer su acostumbrada presión a las pretendientes de su hijo mayor porque ya estaba intuyendo que no podría sobreponerse a su desconcierto. Aquella muchacha decía lo que pensaba; increíble. Tenía que preguntar algo porque su invitada no parecía tener nada más que decir, así que. – ¿Cómo se llama?
– Osorio de Nuestra Señora.
– ¿Qué señora?
– La Virgen Maria. – Lucía no se dio cuenta que continuó en castellano recitando algo que pululaba por su mente sin que tuviera ninguna relación ni con el momento ni con lo que se suponía le estaban preguntando, pero que le vino en gana relatar – En Osorio hubo una hospedería para peregrinos del Camino de Santiago, según dicen, hasta el siglo XVIII en que el Camino de desvió por Alar del Rey y Herrera de Pisuerga, según cuentan. Pero en Osorio, en la parte izquierda del ábside aún se puede ver la nave central de la hospedería, que es lo único que se conserva, aunque convertida en cobertizo para el ganado. La Virgen de Osorio fue muy venerada especialmente por los peregrinos del Camino Francés, los que entraban por Roncesvalles, según dicen. ¿Sabe, Señora?

Atónitos por aquella inesperada parrafada, Robert reaccionó como pudo intentando traducir a su madre lo que acababa de oír, pero naturalmente no tuvo demasiada destreza, aunque a su madre no le interesaba en absoluto, tanto como hacerse cargo de aquella inesperada situación. Y solo pudo ocurrírsele una vieja receta al uso, por supuesto no de aquella particular situación.

– ¿Qué interesante querida? Desde luego el viejo continente tiene mucha historia, lo cual nos pasa a los viejos. – risita nerviosa. Lucía no se inmutó y Melinda pensó que no la habían educado a sonreír; en realidad aún no le había visto la sonrisa ni cuando llego y la presentó su hijo. Se dijo que aquella muchacha, además de no encajar, aunque para Melinda no había mujer que encajara para su hijo, no tenía ni idea del porque estaba allí, ni siquiera dónde estaba. Dirigió a su hijo una mirada furiosa explicitando claramente: “¿Quién demonios es esta chica y porque la has traído?”. Y como su hijo se complacía en contradecir a su madre a la par que hacerla rabiar, se volvió a Lucía para poner un poco de lubricante a la tensión del momento.
– ¿Te apetece algo?¿Quieres que te traigan algo de “picar”, antes de que se sirva el almuerzo?
– No. – oyeron algo tan simple como contundente e inevitable. Y no añadió nada más. Solo se limitó a seguir mirándoles esperando entender lo que venía a continuación. Y a Robert van Allen por fin se le ocurrió una salida de empresario acostumbrado a tomar decisiones rápidas.
– ¿Me harías un favor, Lucía?
– Sí.
– ¿podrías cantarle una de tus canciones en la obra?
– ¿Cuál?
– No, se… La escena V del Acto IV – Robert van Allen ya se sabía Hamlet casi de memoria.
– ¿Cómo te reconocería, dueño de mi corazón? Por el sombrero de conchas, las sandalias y el bordón… Ya está muerto, señora; nos ha dejado; verde alfombra de césped lo ha sepultado, y a sus pies una rosa de mármol blanco.

Calló peguntando con la mirada si deseaban que siguiera con la otra estrofa. A Melinda le estaba ocurriendo lo que a los neoyorquinos que acertaron a comprar una entrada para la función los primeros días atraídos por la curiosidad de un espectáculo mascarada antifranquista, y se encontraron con algo que jamás podían haberse imaginado. El tono de voz, la melodía improvisada, el inglés reconocible pero que jamás habían oído en un extranjero.

– Es… suficiente, querida. – Un plato demasiado indigesto para una mujer de mundo, por lo menos del que gobierna el bullicio y… de lo esperable, de lo dinerariamente esperable.
– Entonces madre, – Robert se dispuso a dar la estocada. – Con tu permiso Lucía, amor de mi vida, permíteme que anuncie aquí y ahora que tenemos intención de contraer matrimonio en cuanto sea posible.
– Ah. – Melinda oyó por fin una música conocida, algo inteligible de toda aquella, no se atrevía a calificarla, “entrevista”, comprendiendo lo que su hijo había visto que en aquella muchacha misteriosa y enigmática, que probablemente podía ser mucho más poderoso porque no había intención escondida alguna en su comportamiento; simplemente aquella extranjera era así. Lo cual la hacía todavía más peligrosa. Y volvió a usar una vieja receta: – ¿Que os parece si pasamos al comedor y lo hablamos después de honrar a los cocineros?

Pero tampoco surtió el efecto deseado por la matriarca, porque Lucía siempre comió poco y en Osorio de Nuestra Señora la gastronomía era extremadamente reducida a los productos de la tierra y del ganado, con lo cual ni la más refinada gastronomía del chef de moda lograría el más mínimo cambio. Todo era tan distinto en Osorio de Nuestra Señora. Lucía no comprendió que nada menos la estaban pidiendo en matrimonio. Y no lo comprendió hasta poco antes de que la invitaran a subir al altar, cuando Van Allen la llevó a la mejor sastrería de Nueva York a encargar el vestido de novia.

El chofer los dejó a la puerta, y en el momento de bajar del coche y encontrarse con el enorme escaparate de vestidos de novia saltó un chispazo en su mente, y en el destello aparecieron revistas de muchos años atrás, “Hola”, “Diez Minutos”, “Lecturas”, etc., que ella leía de pasada en la peluquería, especialmente en la sección de notas de sociedad en las que una artista famosa se casaba con alguien no menos famoso. Aquel escaparate encajó a la perfección en la mente de Lucía como dos transparencias una sobre la otra contra la luz al otro lado del cristal de la ventana.

– ¿Qué te ocurre? – tuvo que preguntarle el novio porque la novia se había quedado inmóvil sobre la acera.
– ¿Qué es esto?
– Vamos a escoger el traje de novia, querida.
– ¿El traje de novia?
– Claro. Ya lo hemos hablando. ¿Qué te ocurre?

Lucía se volvió al atónito Van Allen y se lo quedó mirando como si acabara de conocerlo. Todo era muy distinto en Osorio. Las familias arreglaban las bodas entre sus hijos o los de pueblos cercanos, y a veces con alguien de la capital, para unir haciendas, arreglar viejas deudas, o nuevas, etc., y por supuesto los contrayentes eran jóvenes y solteros, ya que en la España de aquella época estaba prohibido el divorcio, por lo menos para la gran mayoría de la gente que no podía pagarse la carísima dispensa papal. Casarse para Lucía significaba otra cosa muy distinta de la que le estaban proponiendo en aquel momento y para la cual, comprendió por fin, había estado el rico empresario Robert van Allen tratando de convencerla con regalos de todo tipo durante los últimos meses. Algo había despertado con violencia en el interior de Lucía, pero no acertaba a entender el qué. Solo sabía que jamás atravesaría el umbral de aquella lujosa tienda que más le parecía a una foto del Palacio de Oriente que viera en otra revista. Revistas. De momento en la mente de Lucía habían empezado a aparecer recuerdos entrecortados de revistas para jovencitas que hojeara junto con sus amigas al entrar en la pubertad y empezar a soñar con príncipes azules, cenicientas y bodas en palacios de cuento de hadas. Siguió mirando a Van Allen con aquella expresión de haberlo descubierto por primera vez y sin decir palabra giró de talones para andar calle abajo. Él no pudo moverse y por primera vez en su vida de empresario de éxito no supo qué hacer ni jamás recordaría el tiempo que estuvo parado sobre la acera contemplando cómo aquella exquisita y distante criatura desaparecía entre la gente, los coches, los altos edificios, el ruido, engullida por ese mundo de ficción real.

Van Allen tardó varios días en personarse en el hotel, pero el conserje le informó que se había marchado con lo reducido del equipaje que se trajo consigo el primer día, dejando en la habitación la montaña de regalos, para ella inútiles y sin sentido. Tampoco la encontró en el segundo hotel, del que tan orgulloso se sentía por haberlos rescatado. Ni en el teatro porque la función había sido substituida. No llegó a entrar, porque de haberlo hecho aún habría encontrado a Guzmán trabajando de asistente del director. Pensó en contratar a un detective privado, poner una denuncia por desaparición, dar instrucciones a sus abogados, zambullirse en el whisky, y demás inutilidades.

Los compañeros fueron distanciándose unos de otros según lo que encontraban en aquel mundo que encajara con su personaje, creyendo que era el suyo y que debían hacerlo lo mejor posible, porque al terminarse la función y no tener que volver al teatro, creyeron que debían resolver una especie de enigma encerrado en alguna parte de sus textos y que les proporcionaría la razón del porque de sus existencias. Tal vez se tratara de una misión que el destino les había marcado, un propósito del alma, una orden divina, la explicación del porque estaban allí y se comportaban de aquella manera. Búsqueda de explicaciones, al fin y al cabo, tan inútiles como llenas de imaginación y encanto.

Flora intentó explicar días atrás a Cosme la nueva situación. Los actores del Arts Studio contratados por Mallone, o como se llamara, ya habían empezado a buscarse otro contrato, pero los españoles no tenían ningún representante, y además tampoco eran actores profesionales que pudieran tener éxito en un casting. Se lo intentó explicar, Flora a Cosme, también a lo largo de las últimas semanas, después de que Jack descubriera la fraudulencia del contrato. Pero no fue hasta que estuvieron en la calle, con sus bolsas y a punto para andar hacia el teatro que Cosme tuvo su chispa de lucidez. En la sexta avenida los coches y las personas iban y venían, y Cosme de dio cuenta que se movían en alguna dirección porque sin duda iban a alguna parte en concreto, incluso los viandantes que parecían solo pasear, lo hacían en una dirección en concreto. Pero para ellos, los actores venidos de ultramar, si no tenía sentido ya que fueran al teatro, ¿hacia dónde dirigir sus pasos? Guzmán y Ramón estaban a su lado, los otros hacía tiempo que otro rumbo los había poseído. Flora le había pedido a Jack que se acercara al hotel a la hora que esos tres se disponían como todos los días después del desayuno a ir al teatro, para advertirles que ya no tenían dirección a seguir. Guzmán le respondió que él ya había encontrado trabajo en el teatro, Ramón que estaba a punto de encontrar empleo en una librería como dependiente.

– Pero, entonces, – dijo Cosme con voz ronca – ¿Dónde he de…? – Jack, supo lo que quería decir.
– En ningún teatro de la ciudad, – explicó – porque para representar a un personaje has de ser contratado por una compañía. ¿Cómo no te pongas a recitar en Central Park por unas monedas…
– ¿En Central Park? Pero eso no es un teatro.
– ¿Por qué no? – repuso Ramón – Toda la ciudad es un teatro, y puedes recitar el “Ser o No ser” por unas monedas, aunque nadie sepa que “NO es”.

Por supuesto Cosme no entendió la sutileza, que Ramón había leído en alguna exégesis de Hamlet.

– ¿Quieres venir con nosotros? – le preguntó Jack.
– ¿A dónde?
– Por ahí, a buscar trabajo. No pierdes nada con probar… Flora nos espera en el la heladería del Columbus Circle; la han vuelto a readmitir.

Como un lazarillo Flora fue llevando de la mano al ciego Cosme, que creía seguir representando a alguien que finge su locura para no decirle lo que siente a la mujer que ama y que detesta que esta otra mujer, que no sabe quién es, se empeñe en desnudarse y echársele al cuello, mientras Flora hubiera querido ser su amante en lugar de Lazarillo, esperando que en algún momento su fingida locura lo hiciera despertar. Dejó otra vez la heladería al verlos llegar; la volverían a readmitir cuando ella quisiera para que sus magníficas tetas siguieran animando a la clientela. Cosme tampoco sabía qué esperaban de él en las agencias teatrales a los que Jack y Flora lo llevaron. Cuando el recepcionista le preguntaba su nombre para llenar la ficha él se ponía a recitar algún pasaje o cantar una canción de la obra.

– Eso es Hamlet, ¿verdad? – le dijo un hombre de mediana edad cuya ocupación era inscribir al final de una larga lista de nombres, el siguiente que se plantaba ante su mesa de recepción – No sé cuántas veces lo habré representado desde que tenía catorce años, y hace muchos que no consigo un papel. No está mal la entonación de voz. ¿Cuál es tu repertorio?
– ¿Eh?…
– Básicamente Shakespeare, – intervino Jack en su ayuda.
– Pues no irás a ninguna parte, amigo, todos los graduados de cualquier escuela de teatro tiene por lo menos cinco obras de Shakespeare en su repertorio. ¿Qué más sabes hacer? Lo pregunto para poner algo en esta ficha. No sirve de nada pero los nuevos dueños de la agencia, unos alemanes recién llegados, insisten en que abra una ficha a cada uno del centenar largo de aspirantes que se pasan por aquí cada día.

Por la tarde del cuarto o quinto día Flora, tratando de consolarlo, aunque no sabía muy bien de que, porque Cosme seguía tieso como un palo con la mirada perdida al final de cualquier calle respondiendo con un verso de Hamlet a cualquier sencilla pregunta, incluso acerca de su más que precaria situación.

– Puedes venirte a vivir conmigo. El gordo – refiriéndose a Van Allen – no va a aguantar mucho la ausencia de Lucía y os echaran del hotel. Vivo en un piso con otras dos chicas en el culo de Long Island… a lo mejor te gustan más que yo. – A lo cual Cosme por supuesto distó mucho de entender. – Bueno, decídelo cuando quieras.

Y el torbellino del nuevo mundo, cual monstruo multicéfalo empezó con una simple cata de sabor el día en que se vieron arribando al puerto de Nueva York, acabó tragándoselos a todos sin masticar. El monstruo extrañó el sabor, le pareció demasiados insípidos y muy poco jugosos, pero el omnívoro traga de todo sin ningún remilgo.

4.- El Actor y el Personaje.

La belleza de Lucía era como la de una Virgen de Murillo, tan delicada como acogedora, y sin mensajes subliminales como una de Da Vinci o dramáticos como las de El Greco. La mayoría de los espectadores bien entrados en la madurez quedaban prendados de aquella interpretación sencilla de Ofelia, pero envuelta en un hálito antiguo que los trasladaba a la época remota en la que Shakespeare sitúa la acción. Si cuando estaban Osorio comprendía porque Cosme no se decidía a declararle sus sentimientos y también que ella no podía ayudarlo, en escena, aquel abismo costumbrista y cultural de la España profunda se convertía en el drama de la locura de Hamlet, su amado, interpretado con tanta intensidad que la desesperaba, la confundía, aunque supiera por el mismo y expreso guión que era fingida y con un propósito. En la vida real también sabía cuál era el propósito, pero sus dimensiones eran verdaderamente gigantescas.

Ni ella hablaba con su hermana de aquella transformación ni Alicia, convertida en Laertes, le confesaba el secreto placer que sentía al rebasar con su personaje masculino las habladurías del pueblo. Se sentía atraída por Jack, y muchas veces cuando éste se acercaba con aquella precaución tan postiza como innecesaria, sentía deseos de echársele encima y romperle sus precauciones a besos, pero se retenía porque para ella la novedad del lugar al que habían ido a caer era aún más atrayente, tanto que sentía miedo de lo que ese monstruo de ruidos, luces y ríos de gente pudiera querer de ella. Y por tanto por algún mecanismo psicológico de defensa cada día que pasaba en tierras americanas iba creciendo el convencimiento que debía ser ella quien lo abordara y no al revés. En suma tenía miedo de su propia feminidad y de cuán lejos sus pasiones desatadas podían llevarla. Estando en Osorio, algún tiempo atrás, descubrió que comportarse como un chico no era otra cosa que ocultar con una careta sus vehementes apetitos sexuales por ellos, siempre prohibidos en las Españas de tierra adentro.

Y mientras ambas mujeres se enzarzaban en la dramática escena V del Acto IV, Ofelia cantando “Lleváronle en su ataúd con la cara descubierta…” y Laertes respondiendo, “¡Si estuvieras en tu juicio y me persuadieras a la venganza, no me conmoverías tanto como verte así!”, estaban ajenas a lo que Jack acababa de revelar a Ramón (“muerto” en el acto anterior).

– Este contrato no vale nada. – decía esgrimiendo las hojas de papel fotocopiadas. – Mi agente teatral me lo ha confirmado.
– ¿Qué?
– Nada. Os pueden dejar en la calle cuando quieran.
– ¡No! ¡eso no es posible!
– Me temo que sí Claudio… Ramón.
– No puede ser, – iba a añadir “otra vez no” atendiendo a su propia experiencia de exiliado en tierra propia – esto no puede estar pasando… ¿Qué podemos hacer?
– ¿Y vuestro… ¿Cómo le llamáis; “Visitante”?
– Hace días que no le vemos. Dice el director del teatro que va a volver, pero no dice cuándo.
– Ah, ya: Lo que diga ese pirata…

Aquella noche Jack tuvo mayores motivos para acompañarlos al hotel, y no se entretuvo en sentarse en el autobús al lado de Alicia sino que espero a que Ramón comunicara a Guzmán la noticia. Este no la difundió, se la guardo junto con un largo silencio. No confiaba en la sangre fría de sus compañeros, y por otra parte quedarse aquella confidencia y enlazarla con sus propias maquinaciones, le estaba gustando más de lo que hubiera esperado.

Jack volvió andando a su cuartucho. Tenía mucho en que pensar. Cada día que pasaba tenía a Alicia más metida en sus entrañas. ¿Qué iba a ser de ellos si un día, por lo que fuere, al público ya no le conmoviera aquella extraña forma de representar a Shakespeare y dejara de aplaudir? Dicen que la magia no dura siempre, sobre todo cuando nadie la está manipulando intencionadamente sino que surgió de forma espontánea, que es cuando es más poderosa. ¿De qué iban a vivir? Se preguntaba Jack ¿Qué oficio tenían allá en España? Nunca hablaban de ello. Nunca hablaban de su vida en su pueblo, donde fuera, y ni entre ellos, aun siendo vecinos. Solo hablaban de la obra, de sus personajes, vivían para ensayar constantemente. Vivían en el personaje. Todos menos, “¿cómo se llama?”, se preguntaba Jack, “el marido de “Gertrud”, no recordaba los nombres de Manuela ni Martín, a lo mejor porque no se los había oído pronunciar nunca. Por cierto que aquella mañana, mientras lo acompañaba a ver a su agente teatral, solo por hacer algo diferente, Martin le preguntó algo extraño, como extraño era aquel hombre al que jamás veía con un libro.

– ¿Dónde guardan los caballos esos hombres? – preguntó apuntando a lo lejos un par de guardias montados a caballo.
– ¿Los policías montados?
– Sí, esos.
– En sus cuadras, ¿Dónde sino?
– ¿Dónde están?
– Pues no tengo ni idea. Supongo que en la central del distrito. Yo qué sé.
– ¿Me haces un favor?
– ¿Cuál?
– ¿Puedes averiguar donde esta esa “central del distrito”.

Y es que a Martin tantas semanas sin estar en contacto con animales lo estaba intranquilizando en exceso, y cuando vio a un policía montado en su caballo se le ensanchó el alma. Al día siguiente Jack se enteró de la dirección y se lo dijo, y a los dos días por la tarde apareció Martin en la puerta del teatro escoltado por dos policías. Tuvieron que interrumpir el ensayo de Manuela para que les diera a los agentes el pasaporte de su marido; él nunca lo llevaba porque no sabía lo que era ni para qué servía. Aclarada su situación legal uno de los agentes le dijo al director del teatro que Martín había entrado en la comisaria diciendo que quería cuidar de los caballos.

– Bueno, – replicó el director del teatro, – no sé si este hombre entiende de caballos.
– Sí, de eso no hay duda. – le interrumpió el agente. – Solo por curiosidad lo llevamos a los establos y los animales se comportaron como si lo conocieran de toda la vida. Este hombre sin duda entiende de caballos. Dice que quiere trabajar en los establos.
– Bueno, ¿Por qué no? El no tiene ningún papel en la obra, solo ha hecho el viaje para acompañar a su esposa.

Y así fue como el primero de los de Ovejero consiguió trabajo en Nueva York. En realidad, en toda su vida, solo había visto un caballo de lejos, cuando se dejó caer por el pueblo uno de los terratenientes de Urbel, que había servido con Sanjurjo en el frente del Ebro y gozaba de más privilegios por ese motivo de los que hubiera podido imaginar. Pero a Martin no le hacía falta tener experiencia con los caballos, se acercó a ellos como si fuera un caballo más, y como solo un ser como él podía hacerlo y enseguida los comprendió.

Al principio Manuela se mostró inquieta de no sentir su presencia mirándola desde un rincón del escenario, pero se fue habituando al pensar que él debía ser feliz. Fue al primero que tuvo un contrato en toda regla en América. Los demás iban a tardar bastante en tener el suyo, tanto o mucho más como encontrarse a sí mismos fuera de su máscara de teatro.

Jack insistía a Guzmán y a Ramón que debían contar a los demás la realidad de su precaria situación, pero estos dudaban en hacerlo porque no estaban seguros de qué reacción pudieran tener sus compañeros, y porque a ambos, por motivos distintos, ese tipo de ocultación encajaba con algo sólido que habitaba ya en sus conciencias desde antes de la aparición del Visitante. Guzmán creyendo que se hacía eco del concepto de manipulador y oportunista que sus vecinos tenían de él, aunque probablemente tampoco fuera cierto, y para Ramon correspondiendo a su propia situación de exilio y clandestinidad ideológica, que una sencilla lógica elemental desmontaría inmediatamente. Ni Guzmán era un manipulador por el mero hecho de tener un espíritu comercial ni Ramon tenía porque ir pregonando sus ideas íntimas para que lo fusilaran. En las conciencias de los seres humanos anidan intrusos que exageran y distorsionan realidades muy sencillas hasta hacerlas aparecer como monstruosidades.

Ambos decidieron seguirle el juego al director del teatro y esperar el momento más propicio para ver cómo podían encontrar una salida a la desazón de sus conciencias y de paso a la situación real en la que se encontraban. Guzmán se dijo que si los echaban del teatro no tendrían dinero para volver a España. Empezaba a admitir en su pensamiento la posibilidad de que, por alguna razón que se le escapaba, su iniciador en el mundo americano hubiera desparecido definitivamente. Y ante esa eventualidad era necesario ver de qué modo podrían ganarse la vida en aquel lugar hasta reunir el dinero del pasaje. Curiosamente y contradiciendo esas voces interiores que lo acusaban de conspirador y muchísimas cosas más, cuando se hacía esas reflexiones sobre el modo de ganar dinero en Nueva York, pensaba en el pasaje de todos sus compañeros, no solamente de él mismo. Y curiosamente no oía ninguna voz que le dijera que en realidad era un tipo generoso. La mente humana oye lo que le han acostumbrado a oír.

Hasta tal punto Guzmán se aproximó al director del teatro que este vio la posibilidad de ahorrarse el sueldo de su asistente y despedirlo. Uno de sus actores, cobrando la misma miseria parecía sentirse atraído por su personalidad hasta el punto de ofrecerse a ayudarlo en las gestiones cotidianas. Tampoco le sorprendió a un huérfano criado en un hospicio, que desde los ocho años tuvo que ganarse el pan como repartidor de periódicos, que por primera vez en su vida alguien se “sentía atraído por su personalidad”. Y de este modo Guzmán se adentró en los vericuetos del comercio en Estados Unidos. En el más formativo de ellos: el comercio de ilusiones para entretener las infinitas formas de aburrimiento. Al cabo de poco le parecería verídica la frase: “Si sabes vender caramelos a la puerta de una tienda de caramelos, puedes vender lo que quieras”.

A Ramón le costaría más encontrar su lugar, y aunque la sensación de estar en un lugar distinto al que a uno le corresponde está mucho más extendida de lo que la gente supone, es cuestión de intensidad; hay gente, como Ramón, que jamás podían sentirse en casa. Son los eternos desplazados, que antes de salir de casa han de ponerse una máscara invisible para los demás, pero muy pesada para sí mismos. Su refugio en los libros y en la enseñanza escolar en Ovejero se trasladó a Nueva York; otros libros, otra enseñanza. Con los años de posguerra acabó olvidando la estructura inicial de su ideología de izquierdas, pero nunca su sensibilidad. Marx y Engels tuvieron que dejar paso a los libros de texto de bachillerato, y a sus propias endorfinas para completar la evasión de su conciencia, pero en Nueva York era fácil toparse, de vuelta a casa, con el aparador de una librería exhibiendo en primera fila “Los Secuestrados de Altona”, de Sartre, por cuya puesta en escena se peleaban tres salas del Off-New York, o la vieja “Huis Clos” (“A puerta Cerrada”), representada repetidas veces veces en teatros “underground” neoyorquinos. Como es lógico Ramon no tenía ni idea de la existencia del Existencialismo (que en el caso de Ramón es muy oportuna la redundancia). Podía encontrar libros en castellano, pero prefirió perfeccionar el inglés, porque era quien menos intenciones tenía de volver a la España de Franco. Tampoco le era tan difícil, además de latín y griego, en la carrera había hecho francés, con lo cual tenía facilidad para entender la estructura gramatical de un idioma extranjero, aunque en el caso del inglés no dejó de sorprenderle su pragmatismo a la hora de funcionar con las menos reglas posibles y tantas frases hechas o sustantivos verbalizados o, viceversa, verbos sustantivados, que hiciera falta. Fue el primero en reducir las horas de ensayo para poder explorar mejor las posibilidades que le ofrecía aquel “nuevo mundo”.

Sin embargo no lograría hasta mucho más tarde moderar el hábito de disfrazar sus sentimientos, ideas sociales, pensamiento, opiniones y todo lo que tratase de transmitir de sí mismo a otra persona. En Nueva York no tenía por qué hacerlo, a fin de cuentas el propio Erich Fromm, a pesar de lo demoledor de su abundante literatura contra el sistema capitalista y en pro de la libertad del individuo, desarrollaba una cátedra en Michigan y sus libros como el “Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea” podían encontrarse en cualquier biblioteca.

La que nunca disfrazaba nada de sí misma, simplemente evitaba comunicarlo con una dulce sonrisa, era Lucía que recibió por primera vez la tarjeta de visita del empresario Robert van Allen en el camerino de actrices en forma de un inmenso ramo de flores, y naturalmente no supo qué hacer. El tramoyista que chapurreaba hispano llamó a la puerta y le dio el recado a Alicia:

– Un admirador de “Ofelia”.
– ¿Qué?
– Me ha encargado que le dé este ramo de flores.
– Ah, vale. Ya se lo doy.

Cuando terminaron de vestirse y fueron saliendo por la puerta Lucía no se dio cuenta que un hombre vestido con un carísimo abrigo con solapa de armiño la buscó con una mirada entre sorprendida y contrariada por ver que no llevaba el carísimo ramo en los brazos. Le costó reconocerla, pero lo consiguió casi cuando llegaba a la puerta del teatro. Había dejado el ramo de flores sobre una mesilla. Van Allen no se movió, y solo cuando estuvieron en la calle Flora intentó explicarle lo sucedido.

– Es un hombre muy importante y riquísimo.
– ¿Quién?
– Pues el que te ha regalado las flores.
– Ah, ¿y para que ha hecho eso?

Flora se la quedó mirando con la boca abierta, no podía creer que Lucía desconociera hasta eso.

– Es un admirador…
– ¿Un qué?
– Un hombre que se ha vuelto loco por ti.
– Vamos, hija, qué cosas dices, quita, quita.

Pero al día siguiente Van Allen volvió a la carga con un ramo mayor y aún más caro, con idéntico resultado, entre otras razones porque Lucía no había visto jamás la mayoría de aquellas flores exóticas. Tal vez si le hubiera regalado unas siemprevivas, margaritas, amapolas y un poco de brezo habría despertado algo en “Ofelia”, pero como nadie le había regalado nunca flores, especialmente de quien las hubiera querido como una bendición del Señor, su amado en secreto, simplemente se limitó a dejarlas de nuevo en la mesilla y arreglarse para salir. Pero Robert van Allen, cuyo padre, que llegó a la ciudad cincuenta años atrás con las manos en los bolsillos y que al morir lego a su hijo una cadena de centros comerciales que se extendía hasta la Costa Oeste, era también un hombre de empresa acostumbrado a no cejar en cualquiera de sus empeños, por raro y difícil que fuera, y un día abordó a Lucía en la calle, a la salida de la función.

– Buenas noche, señorita.
– ¿Cómo dice?
– Hoy ha creado una “Ofelia” que jamás podrá superar actriz alguna. Es increíble como borda usted un papel que pocas actrices han logrado dar esa entereza…
– Flora – se volvió en castellano pidiendo ayuda a su compañera de reparto – No entiendo nada de lo que dice este señor. – Flora se lo tradujo, murmurando por lo bajo:
– Te está felicitando por tu actuación, se supone que debes darle las gracias… por lo menos.
– Ah. – y volviéndose hacia el empresario – Pues muchas gracias, señor, es usted muy amable. Sin duda no merezco sus elogios. Disculpe que no pueda hablar inglés con corrección.
– Muy bien – siguió por lo bajo Flora – pero te entenderá si se lo dices en inglés. ¿Quieres que te traduzca?
– Me harías un favor.

Flora lo tradujo y Van Allen se quedó de una pieza. Se dio cuenta que aquella mujer estaba representando a Ofelia de Hamlet en inglés de memoria.

– Espere. – dijo extasiado – No es posible. Seguro que puede hablar inglés. – Y dirigiéndose a Flora – ¿Es que no puede hablar en inglés una conversación normal?
– Pues, no sabría decirle, yo nunca la he oído; siempre hablamos castellano entre nosotras. Desde luego les han enseñado inglés a todos – siguió explicando espontáneamente – pero ella nunca ha practicado nada que no fuera su texto de Ofelia. Sí, es rigurosamente cierto – añadió ante la atónica expresión de pasmo del hombre. – Es… – no encontraba las palabras – un fenómeno. Todos ellos lo son, aunque los demás, bueno, no todos, ya se han lanzado a hablar con gente de aquí, con nosotros, que somos del Art Studio contratados para acompañarles en los papeles secundarios.

A Van Allen le pareció que había hecho el descubrimiento de su vida, y tal vez no se equivocara.

– Señorita…
– Flora. Mis padres son españoles, emigraron cuando yo era muy pequeña pero aún recuerdo hablar español.
– Necesito poder hablar con…
– Lucía, se llama Lucía.
– ¡Dios, hasta su nombre es bellísimo! E… ¿podría ayudarme a comunicarme con ella, en inglés, claro, no sé nada de español?
– Se lo pregunto. Lucía, este señor esta atontado por ti y me pide que te ayude a comunicarte con el en inglés.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué…? Bueno, pues… Este hombre está loco por ti y está cargado de dinero.
– Ah, vaya. Pero yo no le correspondo.
– ¿Y qué? Te digo que es millonario.
– Pues, eso será bueno para él, pero no para mí.
– Uf, chica… no sé qué decirte. Está bien, te propongo una cosa. A mí me apetece muchísimo ir a los restaurantes que este tipo puede pagar, y aunque los regalos sean para ti…
– ¿Qué regalos?
– Es igual, deja lo de los regalos. Una buena comida… ¿a quién no le gusta?
– ¿Quieres ir a comer con este señor?
– Uf… pues claro; quiero decir que este señor nos puede invitar a restaurantes a los que ni siquiera puedes imaginar, y te puede poner en el mejor hotel de la ciudad…
– ¿Para qué he de cambiar de hotel, yo estoy con los míos…?
– Porque el director del teatro os ha metido en un cuchitril… Espera – le vino de pronto una idea luminosa – ¿No quisieras que tú y tus compañeros estuvieras en un hotel como el de los primeros días o mejor?
– ¿Por qué? ¿Que tiene de malo dónde estamos? Es limpio, tiene baño en cada habitación, se come bien…
– ¿No te gustaba más el primero?
– Sí, ahora que lo dices. Sí, era más bonito.
– ¿Y no te gustaría que tus amigos estuvieran en un lugar así?
– Ah, bueno, claro. ¿Por qué no?
– Está bien, déjamelo a mí.
– Señor…
– Robert van Allen.
– Señor van Allen. Debe saber que las costumbres en España, y especialmente en la parte de donde vienen todos ellos son muy estrictas y bastante anticuadas. Lucía no aceptará nunca ir sola con usted a ninguna parte.
– Bueno, eso no es problema, incluso mejor porque así irá usted traduciendo hasta que Lucía aprenda a comunicarse en inglés conmigo. ¿Puede preguntarle si aceptaría que fuéramos mañana a cenar después de la función,… los tres?

Lo de trasladarles de hotel ya vendría, fue una estratagema de Flora para que Lucía aceptara el que aquel millonario hiciera la vida mejor a sus compañeros de viaje. De momento y para impresionarlas las llevó a la noche siguiente a cenar a la terraza oriental del Waldorf, que daba a la Avenida Lexington. Flora pensó que realmente quería impresionarla, porque un tipo como él llevaba a las coristas, sopranos y/o actrices a restaurantes de menos lujosamente insultantes, como la Brasserie de Luc, etc. Y se metió de lleno en aquel baño de refinamiento en el templo del dólar, sin darse cuenta que a Lucía lo único que le preocupada aquel día era porque le ofrece ruda al rey Claudio, diciendo que es la “yerba de la gracia de los domingos”, cuando en Osorio se la corta como mala yerba que crece en los márgenes del camino a la Fuente del Milagro. Y cuando Van Allen le preguntó, para sacarla del apuro, según él, de tener que vérselas con un menú tan largo como la Biblia:

– ¿Le parece que escoja por usted?
– Sí, claro. – dijo antes de que Flora se apretara a traducir. – y siguió con el hilo místico de sus pensamientos al murmurar. – Por eso debe llamársele la Fuente del Milagro.
– ¿Qué dices?
– ¿Eh? Ah, no, nada, nada.

Flora pensó que podía molestarse en dar una excusa a aquella frase enigmática para calmar al menos un poco la ansiedad de su anfitrión que insistía en preguntarle qué había dicho la diva. Se zafó como pudo de aquella situación con algo que el millonario esperaba oír.

– Dice que esto es un milagro.
– Ah, pues si supiera los milagros que la esperan…

Un hombre como él no podía responder otra cosa, porque en su vida los únicos milagros los había conseguido el dinero. Y jamás podría entender que el pensamiento de Lucía seguía meciéndose a las cadencias enigmáticas de aquella música remota que acompañaba a alguno de sus cánticos: “¿Cómo te reconocería, dueño de mi corazón? Por el sombrero de conchas, las sandalias y el bordón”. Naturalmente ni Flora ni Van Allen pudieran imaginar, ni en brazos de un ataque de embriaguez etílica, que el pensamiento de Lucía iba ocupado por la imagen de un peregrino de Santiago, cantado por Shakespeare, nada menos que en la Oriental Terrasse de la Lexington Avenue de Nueva York, uno de los floreros más lujosos del planeta. Afortunadamente el pensamiento de Lucía seguía ocupado en encontrar el acento para recitar el “Y yo la más desventurada e infeliz de las damas, que gusté la miel de sus dulces promesas, tener que contemplar ahora aquel noble y soberano entendimiento como armoniosas campanadas hendidas, de discordia y estridor…”, para responder con aquella gracia ensoñadora que volvía cada vez más loco al empresario de los supermercados:

– ¿Os han complacido los “Filiers du Grand Duc”, señora?
– Sí… – respondió sin esperar la traducción de Flora, volviéndose hacia la ventana, gesto que interpretó Van Allen como de disfrute extasiado por el placer de aquellos fideos de arroz chinos convertidos al protestantismo y rebautizados por algún obispo de Ruán para ornamentar la carta.

Un millonario es como una mujer caprichosa en su búsqueda del placer de pago; cree que su físico, su apariencia, su dinero ya es causa suficiente para que la gente caiga rendida a sus pies.

Flora conseguiría sus propósitos. A las dos semanas de cenas en restaurantes de lujo, music halls, fiestas, etc., y a pesar de que Lucía seguía viajando por los mundos sutiles de su amor de infancia, inexpresado, por Cosme, viviendo permanentemente en el papel de Ofelia, la “troupe” se trasladó al primer hotel donde iniciaron su mal dormir en la ciudad, cosa que no tenía nada que ver con que años antes Frank Sinatra hubiera cantado que Nueva York es la ciudad que nunca duerme.

Y al igual que Lucía cada día era más Ofelia, Cosme también había dejado de ser Cosme, el herrero de Osorio, para envolverse cada minuto que pasaba aún más en las brumas de Elsinor, arrastrado por las sombras del fantasma del rey Hamlet a los mundos paralelos de su fabricada locura, que cada día más sólidas razones le aportaba, como piedras al torreón de salvaguarda en su indecisión por Lucía. Si los demás castellanos secuestrados de buen grado permitían a sus sentidos curiosear entre las luces multicolores de aquel mundo, que les parecía más propio de novelas de ciencia ficción que describían ciudades de otros planetas, y no rehusaron mezclarse con la gente, los frustrados amantes de aquella Dinamarca shakesperiana, en la que el “olor a podrido” que recitaría el príncipe Hamlet, parecía salir de cualquier rincón, seguían fieles a sus respectivos papeles, cada uno desde su propia torre de marfil rehusando mirar al otro a menos que por el rabillo del ojos percibiera que éste hubiera girado la cara hacia otro lado. Cada uno debería acometer su propio final según el papel que le había tocado representar, Ofelia ahogada en el rio de oro de Broadway y Hamlet herido por cualquier espada fortuitamente envenenada.

Y el hecho de que Flora no pudiera conseguir a Cosme, a pesar de haber logrado que se desnudasen en varias ocasiones y también provocarle envidiables erecciones, la exacerbaba cada día más. Una vez ella misma consiguió penetrárselo y creyó que ya lo había hecho suyo, pero al mirarle a los ojos vio la sombra de otra mujer reflejada en sus pupilas. Jamás supo que se trataba de Lucía; ni se lo imaginaba. Flora, como toda mujer, sabía bien que conseguir la penetración de un hombre es relativamente fácil, porque su físico le traiciona con excesiva facilidad, pero ella quería más, quería lo que no se logra de nadie sin el concurso de su voluntad. Quería lo que quiere una mujer enamorada, el alma de su amante, pero eso no lo iba a conseguir jamás, probablemente porque no imaginaba lo lejos e inaccesible que podía estar. Para aquellas gentes alegres y confiadas de la capital del mundo, donde todo es fácil o imposible, y las cosas eran de un multicolor color bien definido, el mundo de la España de tierra adentro, cual aislado monasterio de clausura por los censores de la bota de hierro franquista, seguiría siendo un imago mundi, “mundo desconocido”, que bautizaran a las Américas en latín los eruditos españoles de la Edad Media, pero vuelto al revés para los nietos de aquellos extremeños cuyas aventuras fueron más allá de lo razonable, al aplicar ese apelativo a su propia tierra de origen; era la propia España su mundo desconocido. ¿Quién era capaz de entender lo que había ocurrido antes, durante y después de la Guerra Civil?

Flora se propuso viajar a España algún día y buscar el pueblo de Cosme. Se lo había ofrecido absolutamente todo, y no hay nada que haga más generosa a una mujer que la desgana de su objeto de desvelos, de su amante, que no parecía querer serlo. Alicia, más preocupada en olvidar Ovejero que descubrir su propia sexualidad, desconocía por completo las angustias de su hermana mayor por Cosme y se esforzaba por ayudar a su amiga americana de origen hispano que parecía mostrar interés por ellos, los recién llegados de la oscuridad, pero no sabía cómo. Le decía:

– No te preocupes por Lucía, siempre ha sido muy rara, siempre en las nubes, siempre en otra parte… ¿Qué tal tu con Cosme?
– Tampoco sé donde está. Mira que me empleo a fondo, ¿eh? Estoy segura que soy su primera experiencia amorosa. ¿me equivoco?
– No lo sé, Cosme siempre fue un solitario; no me extrañaría. Solo salía de su fragua para las fiestas de la patrona, que se celebran en Agosto, y por Navidad. El resto del año la vida pasaba a su alrededor sin que él se diera cuenta. Ni de niño se le conocieron novietas, quiero decir ni alguna niña con la que intimara.

Las dos mujeres seguían conversando en aquel mullido sillón de la habitación de Alicia, demasiados años más joven que su hermana para saber que ésta pasó su infancia pegada al pequeño Cosme que al ser mayor que ella acabó mucho antes la escuela para encerrarse en la fragua de su padre. Pero no a todas horas, a la puesta del sol paseaba con su amiga del alma por la carretera de Burgos hasta que el miedo aprendido les decía a ambos que ya se habían alejado lo suficiente y que debían volver, sin soltarse de la mano. La adolescencia y sus hervores brutales y vertiginosos terminaron de golpe con aquellos paseos y con toda aquella sagrada complicidad que nadie del pueblo logró detectar, por lo menos que ellos se dieran cuenta.

– ¿Y a ti con Jack?
– Bien.
– ¿Solo bien?
– No: muy bien, muy bien…
– ¿pero?
– Bah, yo también he sido un poco rara de pequeña, o sigo siéndolo.
– ¿Tú? ¿por qué dices que eres rara? Eres la más “normal” del grupo. ¿Por qué dices eso? – repitió.
– Bueno, yo que sé, en el pueblo decían que era como un chicote porque jugaba a la pelota con los chicos y me peleaba a puñetazos; nunca fui lo que se dice femenina.
– Pues, estás muy… bueno, ya me entiendes, eres bellísima.
– ¿Sí, tú crees?
– Pues claro, si yo fuera un tío ya te estaría tirando los tejos.
– No…
– Sí, claro, tienes un…
– Bueno, bueno, cálmate, que me vas a poner nerviosa. – soltó una carcajada, aunque un tanto crispada, y las dos mujeres rieron para afuera mientras sus nalgas rebuscaban otra posición sobre el mullido sofá.

Alicia, a tanto escucharlo desde pequeña, hubo permitido a su conciencia admitir la posibilidad de que sus orientaciones sexuales no fueran las aceptadas generalmente por su gente. No es que alguno de sus compañeros de fútbol dejara de atraerle como hombre, nada de eso, había uno con el que había soñado alguna noche, pero curiosamente olvidó hasta su nombre. Pero como ninguno de ellos se acercó lo suficiente con intenciones de hacerla despertar a esa sexualidad latente, porque le tenían miedo, simplemente pensó que no existía. Y en aquel momento de exaltación festiva con Flora, aderezada con alguna dosis de bebida alcohólica en el cuerpo y entrecruzándose su propia confusión con la de su amiga, empezó la situación por algún palmeo de las manos para expresar simple coincidencia en los temas de conversación, pero que fue acompañando paulatinamente con una sensación que iba más allá, hacia la exploratoria de lo que podría ocultar lo inexpresado. Y esas manos rozaron las piernas inadvertidamente y la propia excitación de lo prohibido y de lo desconocido fue abriendo el camino al resto.

A la mañana siguiente Alicia creyó haber traspasado inexorablemente hacia una orilla de no retorno, entre la sensación reconfortante de haber aclarado sus dudas y la inquietud de que eras no fueran más que eso, dudas. Y cuando Jack las vino a buscar, agradecido al benefactor de Lucía el haberlos vuelto al hotel del principio, muy cerca del teatro, y su mirada hambrienta de sexo encontró la suya, que volvió a flotar de nuevo en la tierra de nadie de todas las dudas y todos los riesgos, por tanto todos los gozos.

En el otro extremo de la búsqueda de la sexualidad, Manuela, que nació para adaptarse a todas las adversidades reduciéndolas inmediatamente en lo más sencillo y solo importante si se trataba de pura supervivencia, cada día que pasaba en su nueva situación iba haciéndosele más llevadero acarrear con su innata compasión la compleja psicología de un personaje como el de Gertrudis, y ya no necesitaba acudir al teatro después de desayunar para repetir indefinidamente el ensayo. De modo que empezó a acompañar a su marido a su trabajo en los establos de la policía montada. Al principio le dijeron que debía esperar en la sala de recepción a que su marido terminara la jornada, pues no estaba permitido pasar a la zona de establos a nadie que no fuera empleado. Pero no estuvo mucho tiempo esperando sin hacer nada. Aprovecho la primera ocasión que se le presentó para entablar conversación con el policía que atendía a la gente desde un bufete encaramado a un alto estrado. Llegaron tres agentes asiendo a duras penas un forzudo detenido que gruñía solo español con fuerte acento mexicano. Manuela inmediatamente se levantó del asiento y fue hacia el policía, viendo que no se entendían con el detenido.

– ¿Puedo ayudar?
– ¿Cómo dice?
– ¿De dónde eres, compadre? – preguntó sin más al detenido.
– De Aguascalientes, ¡pero tengo los papeles! – añadió a voz en grito
– Pero te los olvidaste en casa, ¿no es cierto? No te preocupes, – añadió sin esperar respuesta, – esta gente no te quiere mal, nomás no te entienden. – Y volviéndose al policía en su rudimentario inglés: – Dice que le acompañen a su casa a buscar los papeles.
– ¿Qué papeles? No importa eso ahora. Ustedes los mexicanos siempre pensando que los vamos a echar. Pregúntele qué hacía en el callejón. Solo queremos saber eso y no hay manera que nos diga nada.
– Compadre, – se volvió hacia el mexicano – ¿lo lastimaron en el callejón?
– No, ¿quién? ¿por qué?
– Entonces, ¿Qué le pasó?
– Vivo allí, iba a mi casa, trabajo de noche como vigilante, pero me dejé los papeles…
– Vale, vale. – y volviéndose al agente – este señor vive allí, capitán.
– Sargento. ¿Cómo que vive allí? – disparó una mirada furiosa a los agentes – ¿Por qué lo han detenido?
– Estaba merodeando una calle de mierda sin papeles.
– Señora.
– Mande.
– Dígale que queremos ver sus papeles.
– ¿Van a acompañarle?
– ¿Eh?
– Ya le digo que tiene los papeles en su casa, y que está en ese callejón. ¿Sabe sargento? – se le acercó para compartir una confidencia – Este hombre trabaja de vigilante por la noche, seguramente se tomó una copita antes de irse a dormir y por eso a sus hombres les pareció que había algo raro. Seguramente debe vivir en un cuartucho de uno de esos bloques de apartamentos de mala muerte. El dice que le acompañen a su casa para que no piensen que se quiere escapar y allí les mostrara sus papeles.

Manuela quedó mirando al sargento con esa mirada tan suya y exclusiva, con sus ojos bien abiertos, esperando una respuesta, y dejando a entender que no se iría sin ella, contemplando a su interlocutor como si acabara de decir algo así como “¿ves como Dios existe? Solo tienes que esperar unos segundos y lo verás aparecer”. El sargento ordenó a voz en grito que soltaran a aquel desgraciado y se ocuparan de algo más sustancial. Y a partir de ese día Manuela ya pudo empezar a pedirle al sargento que le dejara ir a estar con su marido. Lo consiguió el día en que le dijo:

– ¿Sabe usted, sargento? Martin es un buen hombre y muy trabajador, pero si yo estoy con él se siente mejor, y por eso trabaja mejor.

Había aprendido la combinación de autobuses para llegar al teatro media hora antes de la función, lo justo para maquillarse y vestirse. Y en resto fue como si los dos volvieran a estar en Ovejero pero con animales mucho más grandes que las ovejas y hablando inglés rudimentario, pero moderno. Por lo menos ella, porque Martin se hacía entender perfectamente por signos con los humanos, ya que no los caballos no le hacía ninguna falta; seguía hablando el lenguaje de la naturaleza, que es común a todas las especies y a los vientos y a las aguas, y se basa en percibir íntimamente la sencillez y claridad de sus leyes y sentir la vida conforme a ellas. Y la pareja pasaba el día con Martin atendiendo los caballos y aprendiendo de ellos y Manuela sentada en un banco de los establos mirándolo y aprendiendo también a mirarlo, cosa que nunca se acaba de aprender bien.

Al cabo de las semanas, solo Lucía y Cosme pasaban la mañana ensayando. Guzmán se iba haciendo diestro en las necesidades que tiene el funcionamiento de un teatro para ser un experto en ellas y poder ir tejiendo y destejiendo la tela de araña de su golpe de estado, según había absorbido de su personaje. Es decir, viviendo en el alma del usurpador Claudio, no solamente creía ser un golpista y un maquinador sino que se sentía en la obligación de demostrarlo dando él mismo su propio golpe de estado, aunque no tenía claro contra qué ni contra quien. Por eso el único escenario que conocía en el mundo donde habían ido a caer, el propio teatro, se había convertido en campo de experimentación de sus pretendidas habilidades.

Ramón por su parte empleaba la mañana y las primeras horas de la tarde deambulando por las librerías, acudiendo a conferencias y dejándose llevar por el océano de contradicciones que, mimetizando las suyas, había asignado a los personajes de aquella gran obra teatral que se representaba en el inmenso teatro que era la propia ciudad de los rascacielos.

3.- El personaje y el actor

A la mañana siguiente del día del estreno, “Horacio”, Jack Lang, fue con el tramoyista que chapurreaba hispano al hotel y los encontró en el comedor del desayuno frugalmente, en silencio y los textos sobre la mesa gesticulando pero sin emitir las palabras. Al ver a Jack Lang parecieron sorprendidos, pero Guzmán y Ramón reaccionaron enseguida recordando que habían quedado así la víspera, se saludaron escuetamente, los demás seguían absortos en su personaje. Poco a poco, al ir terminando los desayunos repitieron el ritual seguido en el barco, es decir, cada uno se levantó para empezar a pasear ensayando una y por enésima vez sus versos, cuando de pronto se dieron cuenta que el decorado había cambiado, al salir de comedor no se encontraron con la cubierta del barco ni con el mar. Reaccionaron. Aquel cambio significaba algo y se volvieron hacia Jack Lang, que estaba siendo su referecia en aquel momento. Y éste les repitió, en boca del tramoyista que chapurreaba hispano, la invitación de la noche anterior de llevarles a algún lado, a dar una vuelta por ahí. Se lo quedaron mirando, inmóviles, ninguno supo qué responder porque no entendían qué quería decir eso de “ir a algún lado” “dar una vuelta por ahí”.

– Pues el señor Jack les propone ir a dar una vueltita, no más. A callejear… – repitió el tramoyista que chapurreaba hispano con la intención de hacerles salir de aquel estado de perplejidad.

– Déjalo. – intervino Jack Lang – ¿Os parece que vayamos al teatro?

Los rostros se iluminaron y los cuerpos dejaron de parecer estatuas de sal. De todos modos Jack los condujo dando un paseo hasta el teatro en lugar de acelerar la llegada tomando el autobús, estaba empeñado en que se familiarizaran con la ciudad a la que habían ido a caer, sobre todo para que él pudiera familiarizarse con Alicia. En cuanto a ella, no le resultaba nada extraño el que aquel hombre se le acercara y tratara de entablar conversación con más frecuencia que con los demás. Conocía la sensación, solo que en aquellos momentos había un componente nuevo: le gustaba ese tipo de “acoso” amable y solícito, que no conocía. Poco a poco se fue fijando bien en el hombre y descubrió que también le agradaba el físico, sus ojos azules, su cabello castaño revuelto, sus grandes manos desplegadas y francas en todo momento, su sonrisa ancha, sus enormes ganas de hacerse comprender. Y por primera vez en mucho tiempo aquella muchacha díscola y solitaria, viviendo en una doble vida de aventuras y riesgos para sus adentros, tosca para los demás, sonrió. Y al hacerlo encadenó por completo el corazón de Jack. El joven no había visto jamás una sonrisa tan franca y directa. Una sonrisa que solo se abrió para saludar sus intentos de comunicación, de atención, mostrando agradecimiento y complacencia. Una sonrisa que no escondía nada más. Jack no estaba acostumbrado a algo así y volvió a preguntarse de qué planeta habían salido aquellos especímenes que evidentemente no eran actores profesionales, pero tardaría mucho en entender lo que eran realmente.

– Mi nombre es Jack, ¿y el tuyo?

– Alicia… ¿No te llamas Horacio? – improvisó un inglés coloquial con pedazos del texto de Shakespeare

Tantas cosas iban a subyugar de Alicia al neoyorquino, que nació sin embargo en algún remoto pueblecito de Iowa cuyo nombre ni él mismo recordaba, y que se tomó aquella pregunta como un código más de aquella desconcertante pero magnética conducta de la muchacha.

– Horacio es el nombre del personaje de la obra – respondió con la ayuda del tramoyista que chapurreaba hispano – yo me llamo Jack, o por lo menos eso dicen mis papeles que me pusieron los que dicen que fueron mis padres.

Aquello fue demasiado largo y complejo para Alicia que lo siguió mirando a los ojos prescindiendo de lo que acababa de oír, para mirar dentro del hombre, despojado felizmente de sus circunstancias. Por supuesto Jack no supo que añadir y continuó el paseo hasta que llegaron al teatro. Allí los estaba esperando el director del teatro, que ya había entendido de la noche anterior que sus inesperados pupilos iban a dirigirse allí y a ningún otro lugar.

El Visitante no acudió al ensayo, pero si a la función de la noche. Quería comprobar si la euforia colectiva del estreno no fue más que un fugaz espejismo, pero se equivocaba.

Martin se colocaba al lado del escenario para ver tanto los ensayos como la función. También se sabía de memoria el papel de Manuela por habérselo oído recitar cientos de veces. Y también gran parte los del resto. Naturalmente no entendía nada. El director del teatro fue conociendo poco a poco a cada unos de los recién llegados de la pobre Europa de posguerras, y Martín fue el que le costó más clasificar y entender. Jamás había conocido a nadie capaz de memorizar un texto teatral en una lengua extranjera que no entendía en absoluto, y que además no podía leer, porque no sabía leer ni la suya propia. Empezó a recordar las palabras de uno de sus psicoanalistas, discípulo de Adler, discípulo de Freud, que le dijo una vez que el cerebro es como una taza, si no vas vaciando su contenido no puedes ponerle más. Se dijo que el cerebro de Martin era una taza vacía o tenía un gran agujero en la base. Manuela había tratado desde el principio de explicarle el personaje, y la misma obra, yendo juntos a la biblioteca de la escuela, pero Martín se limitaba a sonreírle amorosamente indicando como siempre que aquello no le interesaba en absoluto; solo le preocupaba percibir si su mujer estaba bien y si necesitaba algo de él. Todo lo demás representaba una complejidad absolutamente inútil, la naturaleza para él podía tener tantos misterios como para cualquier ser humano, pero él estaba en permanente contacto con sus leyes fundamentales, que son tan sencillas como las que gobiernan el fluir de un rio, el movimiento de las nubes, la evolución de la vida, el crecimiento de una semilla. Manuela le devolvía la sonrisa y seguía con lo suyo.

Pero aquella tarde del segundo ensayo Martín supo que debía prestar atención a aquellas complejidades inútiles en los que se había metido su mujer. Había aprendido a conocer sus falsos estados de ánimo cuando representaba su personaje, lo cual le costó lo indecible, y en lo que desde el principio puso toda su aplicación. Pero aquella tarde detectó una novedad inquietante y necesitó toda su intuición animal para percibir un ligerísimo cambio en la emoción con la que Manuela, en el escenario, interpretaba su papel. Durante la travesía, mientras declamaba y sus miradas se cruzaban, aunque la secuencia fuera muy dramática, la mirada de Manuela sonreía a su marido. En aquella tarde no hubo tal complicidad. Sus miradas se cruzaron pero la de ella siguió extraviada en alguna parte del escenario. En pleno dialogo con Hamlet, el personaje de su hijo en la obra, Manuel sintió un sonido extraño en el aire, como detectaba en Osorio un viento que no debía soplar aquella hora en la calle o un olor a hinojo demasiado fuerte para la época del año, y en ese momento vislumbraba un color distinto al que era esperado bajo la luz de las lámparas y en aquel rincón del escenario. No supo entender ni si debía hacer algo o no, pero oyó claramente un acento desconocido en la voz de Manuela cuando le decía a Cosme, sobre un gran lecho mientras éste le apuntaba con su daga:

– “¿Pero qué he hecho yo para que así te atrevas a soltar la lengua y me insultes?”

– “Una acción que empaña el gracias y el sonrojo del pudor… “– le contestaba Cosme, mientras Martín continuaba él mismo el texto en un susurro, “tacha de hipócrita la virtud; arrebata la rosa a la tersa frente del amor puro… “, pero había puesto de pronto todos los resortes de su atención, como cuando olía al lobo, allá en los cerros conduciendo las ovejas a sus pastos, y le silbaba muy quedo a los perros para ponerse en guardia; él detectaba antes al lobo que su perro más entrenado, porque él vigilaba día y noche al posible enemigo, mientras que el perro reaccionaba al olerlo.

En aquel momento esperando junto a las cuerdas de las tramoyas, sumido en un mundo imposible, sintió que durante mucho tiempo no iba a saber qué tenía que hacer o qué se esperaba de él. La noche había seguido inmediatamente al alba y el mediodía al ocaso. Los sentidos de la naturaleza se habían detenido en algún punto del páramo e intuyó que debía esperar mucho tiempo a que ésta despertase y le volviera a hablar como antes

Martín había detectado claramente que en su mujer algo se le había roto o desprendido. Percibió un ruido en algún rincón del interior de Manuela, tal vez un intruso; la posibilidad que lo que estaba haciendo no fuera solo por encargo del Visitante, sino algo más y que podía ser real. Y cuando repitió por enésima vez: “¡Ay de mí! ¿Qué acción es esa, cuyo solo anuncio retumba con tan fuertes rugidos?”, dio unos pasos hacia el borde del escenario esperando la larga respuesta de Hamlet mientras miraba ese mundo en sombras que es el patio de butacas visto desde el escenario y en el que el actor distingue la presencia del público pero que las luces de las candilejas y los focos transforman en una visión espectral. Y cuando le tocó contestar de nuevo lo hizo dirigiéndose directamente a la gente sentada en sus cómodos sillones como preguntándoles si el desgarro que estaba sintiendo la reina Gertrudis era real o solo producto de su imaginación:

– “¡Oh Hamlet, no digas más! ¡me haces volver los ojos alma adentro, y allí distingo tan negras y profundas manchas, que nunca podrán borrarse!”

Esa honda transformación interna en los actores recién llegados del otro lado del Atlántico era lo que atenazaba las emociones del público para transportarlas a un lugar desconocido y hasta tal punto turbador que las grandes ovaciones, que el fenómeno inesperado estaba arrancando, eran solo una respuesta directa a la propia transformación en el espectador. O también aplaudían para dar por terminado aquel fenómeno y liberarse de aquel desasosiego y volver a refugiarse en sus anodinas y acomodaticias vidas. Vidas que necesitaban emociones provocadas desde el exterior, para quedarse a salvo de lo que pudiera surgir de su propio interior.

Aquella segunda función fue la última a la que asistió el Visitante, desairado y contrariado porque sus palurdos pupilos no iban a servir para sus propósitos de presentar una mascarada grotesca sobre la rebelión de Franco. No iba a despedirse, ni del director del teatro, pero a veces parece que entre las intenciones de las personas y lo que llegan a hacer surge una especia de guardián que concede en el último momento una oportunidad para las víctimas. Eso solo ocurre a veces, como por ejemplo en aquel momento en que el director del teatro acertó a pasar por la puerta de entrada justo en el momento en que el Visitante salía, y darse cuenta de que aunque sus miradas se cruzaron éste iba a seguir su camino sin más para perderse en la gran avenida.

– ¿Te marchas John?

– Sí.

– ¿Y eso? Ha sido un éxito rotundo…

– Eso parece. Me alegro por ti.

– ¿Y no por ti?

El Visitante iba a responder con contundencia pero en ese momento una sombra de profunda melancolía se apoderó de su rostro, miró hacia el final de la calle y nadeó con la cabeza, como hacemos todos cuando de pronto nos decimos que el Destino es tan caprichoso como imprevisible y que nos lleva adonde quiere como marionetas de madera. Se volvió a mirar de nuevo al director del teatro y musitó un agrio “Buenas noches”, volviéndose de nuevo para dejarse engullir por las fauces de la enorme avenida llena de luces, llena de gente, llena de automóviles, llena de teatros, llena de espectáculos, llena de gente alegra y confiada andando una vez más, como cada día, como todos los días, como siempre.

El director de teatro comprendió que ya no volvería a verle y que por lo tanto debía pensar en quién iba a ocuparse de los actores que se trajo consigo de España, sobre todo – y para él exclusivamente – por el hecho de que eran un buen negocio.

Hombre práctico y dado a tomar decisiones en las cosas que no salen como uno espera, que son la mayoría, dejó que los actores se marcharan al hotel a descansar, reflexionando en cómo les iba a enfocar la situación al día siguiente. Necesitaba detectar quién podía ser su interlocutor; uno que pudiera entender los aspectos prácticos de la situación en la que se encontraban. No sabía nada de aquella gente, pero de una cosa sí estaba seguro, no eran actores y además era la primera vez que pisaban un escenario. Tampoco tenía la menor idea del porque el que se dijo llamar John Marlowe los había elegido y qué quería demostrar realmente con aquel espectáculo; una burla sobre la rebelión de Franco, sí, eso ya se lo había dicho él mismo, pero, ¿porqué con ciudadanos sin la más mínima cultura teatral?, ¿Cuál era el mensaje que quería dar al público americano, que los españoles eran unos imbéciles que no sabían ni hablar y por tanto no podrían protestar por las atrocidades de la dictadura? ¿Para eso todo aquel montaje? No tenía mucho sentido, se dijo el director del teatro, muy avezado en espectáculos de protesta y denuncia, a 20 años de la rebelión de Franco ya casi nadie en América dudaba de que fue una usurpación violenta y sanguinaria de la legalidad vigente, como quiere desenmascarar el príncipe Hamlet, y por otra parte el acercamiento del Régimen de Franco a las democracias occidentales después de la caída del Eje estaba diluyendo para el gran público incluso el verdadero carácter de la insurrección. Tantearía pues a los castellanos, uno por uno hasta detectar quien podía ser su, dijéramos, “representante”. Y no debía esperar mucho, porque el fenómeno podía deshincharse en cualquier momento, y entonces él iba a encontrarse con una gente que le habían proporcionado un sustancioso negocio a la cual repatriar con todas las garantías legales porque se habrían hecho famosos, y no podría tirarlos como anónimos inmigrantes sin papeles. Y esa repatriación solo podía hacerse si no se trataba de perseguidos políticos o que su mera actuación en aquel espectáculo los hubiera clasificado como tales por la policía de Franco. En fin no sabía a qué se enfrentaba, pero un hombre de negocios antepone sus beneficios a cualquier otra circunstancia, por dudosa o arriesgada que sea.

Su perspicacia le señaló enseguida que su hombre era el actor que encarnada a Polonio, al que los demás llamaban Guzmán, porque de todos se le antojó más parecido a sí mismo. Sus ojillos vivarachos de ladino en permanente búsqueda por los rincones y su manera de resolver los tropiezos de la forma más práctica y rápida posible, le sugería que podría tratarse de un comerciante pragmático y dispuesto a tomar decisiones para hacer que las cosas encajen aunque no tengan el mismo color. Y se apresuró a hablar con él. Sin embargo, al ir a abordarle directamente se dio cuenta que no podía explicarle de golpe la gravedad de la situación y tratar todos sus aspectos, y no por una cuestión de lenguaje sino porque detectó que también estaba tan imbuido por esa misma magia extraña del personaje y la obra, de la que los demás estaban poseídos, y no podía perturbar esa magia porque peligraría el negocio. Pensó que de momento solo podía empezar por un pequeño detalle, como por ejemplo era colocarlos en un hotel más modesto, para reducir gastos; pensó que aquella gente de un país pobre como España no lo iba a notar. De modo que a la mañana del quinto día, cuando los españoles acudieron al ensayo, rechazando una vez más las invitaciones de Horacio de “ir a dar una vuelta”, llevó a Guzmán aparte, asistido por el tramoyista que hablaba hispano, aunque viera que cada vez iba haciendo menos falta:

– Tengo el encargo de transmitirles de parte del Sr. John Marlowe… el hombre que les trajo a América…

– ¿El Visitante?

– ¿Eh…? Ah, sí, claro, “el Visitante”. Bien, pues me ha dicho que les desea que el éxito que están ustedes teniendo hasta ahora siga por mucho tiempo y lleguen a ser famosos en la vida de Broadway. – se paró a percibir la reacción de Guzmán, pero probablemente aquello no era suficiente información y continuó: – Me ha dicho que él debe dedicarse a otros cometidos y que volverá en cuanto le sea posible, y que mientras tanto me deja a mí al cargo de todo para ocuparme de ustedes y de sus necesidades.

– ¿Ahora es usted el jefe? – emitió como toda pregunta Guzmán.

– Exacto.

– Vale.

El director del teatro esperaba algo más en la reacción de un hombre pragmático, pero pensó que a lo mejor para un hombre pragmático eso ya era suficiente. Y como resulta frecuente en los hombres capaces de tomar decisiones pragmáticas, tomó el camino del medio: él iba a ser el representante de los españoles, solo de ellos, porque los americanos ya tenían el suyo, y además iba a encargarse de gestionar su permiso de residencia y asegurarse de que toda la documentación estaba en regla. Como el Visitante desapareció sin más tendría que encargar a sus abogados averiguar en qué situación estaban, es decir, con qué tipo de visado habían entrado en América sus nuevos pupilos. Con lo cual solo quedaba limar los asuntos domésticos, por ejemplo, y no menos importante: ¿Qué paga recibían esos actores? John Marlowe no dijo nada de las promesas que les hizo en España ni tampoco si recibían un sueldo mientras estuvieran en América ni en qué condiciones.

– Me ha encargado de decirles que se equivocó al escoger el hotel donde se hospedan ustedes y que debemos trasladarlos a un hotel más conveniente. – No necesitó explicar en qué se equivocó, ni el por qué ese hotel no era “conveniente” ni en razón de que “conveniencia” los trasladaban a otro bastante más barato. Y resolvió la cuestión contractual asignándoles un sueldo de miseria pero que supuso acertadamente que para gente de aldea de tierra adentro ya resultaría deslumbrante. – Y me ha dicho también el… “Visitante” que deben disponer ustedes de dinero para sus gastos corrientes, por si van por ahí a dar una vuelta y necesitan comprarse algo.

– Vale. – volvió a repetir Guzmán para quien toda aquella explicación no aportaba suficientes detalles como para expresar agrado o descontento y por tanto actuar según uno u otro. Aunque el verbo “ir a dar una vuelta” empezaba a sonarle como algo consustancial con aquel mundo y que por lo tanto no debían rechazar.

Guzmán reunió a los demás para relatarles textualmente la conversación con el director del teatro y la reacción de todos fue similar al “ah, bueno” de él mismo. Todo era tan nuevo e intenso, y se habían metido de tal modo en el personaje que tanto el viaje como sus motivos, e incluso su vida en Osorio iba desdibujándose poco a poco hasta alejarse en el espacio de los recuerdos que creyeron haber vivido. Y, según estaba contando Guzmán una de las cosas que aún no habían hecho, como parte de sus cometidos era eso de “ir a dar una vuelta”.

– Es lo que me propone Horacio, digo Jack, – respondió Alicia – no sé en qué consiste, pero si dices, Guzmán, que lo ha dicho el director, pues… pues habrá que hacerlo. ¿No creéis?

– Parece un buen chico, – observó su hermana Lucía – pero no conocemos a esta gente; hay que tener cuidado.

– ¡Lo he tenido siempre! – respondió con su acritud característica.

– Se lo diré yo, si os parece – intervino Ramon, en su calidad de maestro de escuela, metido también a una especie de “pastor de almas”.

– Vale. – volvió a sentenciar Alicia.

Se volvieron hacia en el escenario, donde Jack esperaba sentado en el borde balanceando las piernas. Era el único de los actores profesionales que acudía diariamente al hotel a buscarlos. Ramón de adelantó y no esperó la ayuda del tramoyista que chapurreaba hispano:

– Horacio… digo Jack. – este se levantó de golpe – hemos decidido que mañana iremos a ese sitio que tú dices. – Jack arqueó las cejas. – Sí a ese: “Ir a dar una vuelta”.

– ¿Eh? ¡Ah: Estupendo! Pues, ¿por qué no ahora? Tenemos casi tres horas antes de que comience la función.

– Hemos de ensayar.

– Ah, bueno, vale, pues mañana. ¿Os vengo a buscar más temprano?

– Es que mañana estamos en otro hotel.

– Ah. ¿Cuál?

– No sé su nombre.

– ¿Será pasado mañana? Porque ya habrán pagado la estancia de esta noche, son casi las cuatro de la tarde… bueno, no os preocupéis ya me enteraré.

Fue a los dos días, después del cambio de hotel, que los españoles aceptaron la sugerencia de Jack de llevarles a ver la ciudad, el famoso “ir a dar una vuelta” del americano “go for a walk”. Era un hotel de tercera categoría, pero limpio y correcto, aunque estaba bastante lejos del teatro que el primero. Jack pensó con muy buen juicio que el primer día de su paseo por la ciudad no iba a llevarles en metro porque intuía que sus amigos jamás habrían visto algo semejante. De modo que primero les llevaría a pasear y luego tomarían un autobús. Imaginaba que allá de donde veían los visitantes habría por lo menos un autobús de línea. No se equivocaba, en Osorio de Nuestra Señora tenía parada dos veces por semana el autobús regular de Burgos a Aguilar de Campoó que se desviaba por Santa Cruz del Tozo para retomar la carretera en Pedrosa de Valdelucio. Y quién más quién menos había tomado ese autobús para ir a Burgos alguna vez en su vida.

Ramon los hizo formar el fina de a dos para que no se perdiera nadie, yendo él delante con Jack, que se iría volviendo de tanto en tanto mirar a Alicia. Echaron a andar por la Avenida Nassau, torcieron por Mc Guinnes hasta llegar a la parada del autobús que les llevaría por la autopista Brooklin Queens y luego por el puente Williamsburg hasta el centro de Manhattan donde se encontraba el teatro.

Aquel fue su primer paseo por Nueva York a los cinco días de haber llegado, y pusieron mucha atención a cuanto iban viendo porque pensaron que de alguna manera formaba parte del guión. Hasta aquel día habían sido trasladados de la puerta del hotel a la puerta del taxi y de ella a la puerta del teatro, y sin soltar jamás el libro ni dejar de recitar. Aquella mañana sin embargo llevaban cerrado el libro bajo el brazo para poner todos sus sentidos en lo que pudieran ver y que pensaban que era esencial, ya que les habían dicho que debían ir a ese sitio: “ir a dar una vuelta”. Y se encontraron con un extraño decorado; completamente distinto al del escenario. Multitud de colores cambiantes, interminables modulaciones de ruido, silbidos, claxon, aullidos, ronquidos, voces, gritos, movimientos constantes de gente, muchísima gente yendo y viniendo como ríos que se cruzaban, entremezclaban, y de cosas y vehículos, y objetos extraños, y más ruido que también se movía. Y las casas no eran casas sino altísimos muros con una enorme rejilla cuadricular que los cubría por completo y que visto con un poco de atención parecían ventanas. Las calles eran una multitud de larguísimos desfiladeros perfectamente rectos que se cruzaban la mayoría en ángulo recto, y no tenían principio ni final, sino de tanto en tanto una torre aún más alta y también cuadrangular. Aquello no era una ciudad sino otra cosa que no podían explicarse. Burgos sí era una ciudad, por lo menos para los que la habían visto alguna vez. No tenían ni idea de lo que tenían hacer ni cómo comportarse. Habían obedecido la orden de “ir a dar una vuelta” y marchaban en fila hacia la parada del autobús, que les resultó de un lujo extremo, comparado con el “regular” de Burgos a Aguilar.

Habían andado en silencio y siguieron así en el autobús, esperando la hora de refugiarse en el teatro, que iba empezando a ser su mundo en aquel mundo. Jack y Ramon, Cosme y Guzmán, Martin y Manuela, Lucía y Alicia se sentaron en el mismo orden, se bajaron en una parada que daba al extremo sur de Central Park, en Columbus Circle, para echar a andar la inmensa Broadway hacia el teatro, pero antes Jack les propuso visitar el parque. Y allí conocieron a Flora. En realidad ya la conocían porque formaba parte del elenco de actores que representaban la pantomima de la escena Segunda del Acto Tercero y llegaban al teatro justo unos minutos antes de actuar, pero la noche anterior la actriz que hacía de Reina Bautista, en la imitación que el Príncipe Hamlet hace de las revelaciones de su padre para poder comprobarlas en la reacción que podría tener Claudio, llegó antes, incluso que hubiera empezado la representación. Quería ver a Cosme en su inaudita encarnación de Hamlet.

Flora era de origen español criada en México cuando sus padres emigraron huyendo de la Guerra Civil, y luego a Estados Unidos, huyendo de las miserias económicas del lugar en el que fueron a caer y que no era nada propicio para dejar los ahorros de toda una vida y labrarse un futuro. La casaron a los 18 años, pero en aquel momento, dos años más tarde ya quería divorciarse. Y desde sus 12 años en que llegaron a Nueva York, sus padres le pagaron sus estudios de teatro porque desde niña vieron que era para lo que había nacido. Se había colado en cuantos teatros pudo y había visto ya muchas representaciones de Hamlet, y también la película de Lawrence Oliver, y jamás vio a un Príncipe de Dinamarca que subyugara tanto en sus frecuentes momentos en los que le temblaba la voz como a ningún otro actor, ni que tan logradamente conseguía que el público no se creyera su propia farsa de enloquecido a propósito para descubrir si Claudio era el asesino de su padre, tal como le dijo el fantasma, y que además pasaba por el monólogo del Acto Tercero con aquella naturalidad y sin parecer importarle “Ser o no ser”.

Flora trabajaba en una heladería muy cerca de Columbus Circle, y cuando divisó el circunspecto desfile descender el autobús, terminó de servir el pedido a unos clientes y salió en aquella dirección si quitarse el delantal y sin importarse que la despidieran; dejar plantados a empleadores se había convertido en su deporte del año. Los alcanzó entrando en el parque, casi literalmente, de la mano de Jack. Éste la reconoció enseguida por su vivacidad y también por su belleza. Hola, ¿qué hacéis aquí? ¿Y tú? Nosotros íbamos dando una vuelta. Yo acabo de dejar mi empleo numero 6 en lo que va de mes? Caramba… Etc”.

Los españoles tampoco habían visto nunca un parque, ni tanta vegetación junta y tan bien cuidada como un tiesto de geranios en el balcón de casa de Manuela.

– ¿No me reconoces? – le preguntó a Cosme en ese punto de la entrada al parque en el que el grupo relajó su formación movidos por la gran curiosidad que les estaba provocando estar por primera vez en un lugar como ese. – Soy… “la reina Bautista” – Era persona de sonrisa abundante y siguió ostentándola, espontánea y directa, lo contrario de Lucía, siempre distante y embelesada por algún color imprevisto del día – Me llamo Flora y jamás he visto a nadie interpretar a Shakespeare como ustedes, y sobre todo a ti, a Hamlet. Jamás he visto a nadie interpretar con tanto corazón a la hora de crear un personaje propio.

Demasiadas palabras para Cosme, incluso aunque lo fueron en castellano. La miraba con una expresión de profunda sorpresa como si de pronto se hubiera encontrado con una escena nueva, o una parte del dialogo que surgía de inesperadamente del guión, y que debía tener vida propia porque en aquellos tres años no había estado ahí. Flora se encontró con otro comportamiento insólito que la agarró aún más a aquel fenómeno; Cosme, en lugar de contestarle cogió el libro y lo abrió directamente por la escena de los cómicos y empezó a leer con la atención de la llama de un soplete sobre la chapa de metal que quiere cortar.

Guzmán estaba a su lado y también cogió el libro para ayudar a su compañero, pero se detuvo sin abrirlo y en su lugar levantó la vista al lago y al césped, a los árboles, a las matas de flores, a los bancos, a la gente que andaba más despacio que por la calle, y su mente le permitió una reflexión por primera vez desde que desembarcaron en aquel mundo. Se dijo que el comportamiento de los 7 de Osorio estaba siendo muy distinto que el que mostraron durante la travesía y por supuesto en el pueblo. En el mar se permitieron distanciarse del texto y comentar sus propias impresiones acerca de lo lejos que el destino les estaba llevando, de lo absurdo que les parecían los personajes que les habían tocado en suerte, de lo insólito que era el haberlos elegido precisamente a ellos, que jamás pensaron en ser actores etc. Es decir expresaron un criterio propio sobre su situación y lo que les habían pedido hacer. Pero una vez desembarcados y engullidos en aquel torbellino de luces de deslumbrantes y multicolores, variedad de ruidos estruendosos, ríos de gente, vehículos y objetos irreconocibles, sus conciencias parecieron ser absorbidas también por aquel mundo extraño y tan ajeno a sus vidas y olvidaron de dónde venían y quienes eran. Guzmán estaba sintiendo, pero de lejos, aquella reflexión, como si se la estuviera susurrando el apuntador metido en su concha el la parte delantera del escenario. En algunos momentos del día, especialmente al despertarse por la mañana todos siguieron teniendo destellos de lucidez y acudían en su ayuda escenas de su vida en Osorio, pero inmediatamente la presión de tener que representar su papel que seguían sin comprender, de una obra que para la inmensa mayoría de la gente resulta tan difícil, que tales recuerdos de su vida anterior se desvanecían sin dejar traza.

Flora se dijo que “Hamlet” aún no se había repuesto de su entrada en la capital del mundo, y que además debía ser muy tímido, y que por lo tanto debía dejarle tiempo. Algo poderoso la atraía a aquel hombre alto y fuerte, de mirada noble y transparente, y que había surgido de un lugar que ni siquiera ella que había nacido en Madrid podía imaginar.

Tanto Flora como Jack se dieron cuenta en seguida que a los recién llegados les importaba muy poco un paseo por el parque, más bien detectaron que les estaba afectando en algo que ambos jóvenes no podían comprender, y por tanto les sugirieron volver al teatro sin entretenerse más. Los de Osorio se alegraron de haber cumplido con la misión de “ir a dar una vuelta”, porque al parecer ya les descargaban de ella y podían regresar a esa caja grande con algo que los demás llamaban decorado, y en la que se sentían como en un refugio a salvo de las atrocidades de la guerra y a resguardo del pertinaz bombardeo de la calle.

Durante mucho tiempo aquellos actores venidos de una Europa que trataba de salir de las ruinas de sus Grandes Guerras, subyugaron a los neoyorquinos, siempre ávidos e insatisfechos de “nuevas emociones” – motor de su economía – por aquella actitud tan radicalmente distinta a la que estaban acostumbrados. Como actores no supieron distinguir que eran puros aficionados tratando de hacerlo lo mejor posible, pero captaron la sinceridad en todo lo que hacían, sobre todo, y esencial, en representar un papel que no comprendían y en el que se habían metido hasta el alma. Los de Osorio trataban de ser actores en un tumulto humano en el que actuar, pensar lo contrario de lo que se dice y hacer otra cosa completamente distinta, era el hábito de todos los días. Ellos no podían hacerlo, si representaban un personaje, el que fuera y de la obra que fuera, su alma estaba dedicada a eso, aún sin entenderlo y tener una remotísima idea del porque lo hacían. Algunas veces preguntaron por el Visitante, a lo cual el director del teatro, buscando no perder el negocio, les contestaba que estaba a punto de volver, sabiendo por supuesto que no lo haría.

El primero de los 7 de Osorio que recibió la intromisión más decidida del nuevo mundo fue Cosme, cuyos instintos animales reaccionaron a pesar suyo (como les ocurre a la mayoría de los hombres honestos) a las invitaciones de Flora, que utilizó sus mejores instintos femeninos para sorprenderlo en los momentos en que raramente lo encontró separado del grupo. Pensó que le gustaría su castellano, aunque mexicanizado, para sentirse como en casa – la inmensa mayoría de los hombres siguen siendo niños, y las mujeres que consiguen sus objetivos lo hacen utilizando muy bien su innato instinto maternal – pero no logró que aflorara ningún recuerdo de su vida real en Osorio. Flora no se dio cuenta de que Cosme se había metido tanto en su personaje que vivía en él. El fenómeno que produjeron los de Osorio en el público se debió a eso y a que nadie se dio cuenta que no estaban actuando, sino que vivían en su personaje. Obligados a creérselo para poder representarlo, ya que no conocían ningún truco o recurso de los profesionales, tuvieron que ser ese mismo personaje para poder salir a escena cada vez. Y por lo tanto su vida en Nueva York, esperando el regreso del Visitante, fue vivir, también fuera de la escena y después de caer el telón, el personaje que les había tocado representar. Y en el caso de Cosme por una de esas raras coincidencias del destino, a Lucía le había tocado el papel de Ofelia, y tanto a Cosme como a Hamlet las circunstancias, el mundo y sus aberraciones, prohibían hablar de amor a su amada, que en ningún momento dejó de serlo, en secreto, incluso para ella misma, en el caso de Cosme, ya que el príncipe Hamlet sí habló de amor a Ofelia antes de que ocurriera la tragedia. Por lo tanto la pobre y bella Flora en su papel de una de los cómicos que contrata Hamlet para montar su pantomima provocadora, no logró asociar nada de su personaje con los sentimientos internos del verdadero Cosme. Y cuando a una mujer hermosa, como Flora, y que desde siempre le han dicho que es hermosa y a la que muchos hombres tratan de acercarse, se fija en uno que se distingue de todo lo que ha conocido hasta la fecha y se prenda de él, pero éste permanece distante y evasivo, el deseo en ella va rayando en la obsesiva desesperación, y por lo tanto continuaría intentándolo por todos los medios.

Pero por su parte, Cosme y Lucía, seguían interpretando su mismo papel, habiendo encontrado en Hamlet y Ofelia un reflejo de la sinrazón de su vida anterior. Lo que Lucía recibía de Cosme en Osorio lo bautizó como timidez y retraimiento provocado por una educación espartana que moldeó a su gusto un carácter necesitado de autodefensas, pero como le resultaba difícil de creer que eso se pueda mantener durante toda una vida de adulto, encontró en la pretendida locura de Hamlet la explicación perfecta. El problema de la mayoría de los seres humanos corrientes es que se conforman cuando han encontrado una explicación sorprendente y brillante (es el origen de las religiones, corrientes filosóficas y hasta científicas, etc.), y no van más allá, aunque Lucía, aun siendo Ofelia, podía preguntarse por qué en algún momento, en privado, lejos del oído y la mirada de los demás, no le susurrara Cosme alguna palabra que la tranquilizara, revelándola que solo estaba haciendo de Hamlet, es decir arriesgarse a que la hija de Polonio, al que acababa de matar, pudiera seguir albergando sus anteriores sentimientos y entender el mensaje para convertirse en cómplice de Hamlet, esperando a ver como se desarrollaban los acontecimientos y evitar el suicidio. Pero la obra, va por sus fijos e inalterables derroteros, como la vida de quienes no aceptan arriesgarse, y Ofelia no piensa que puede ser cómplice en lugar de mero amor convencional, y saltar las barreras del guión establecido por el creador. Hubiera podido hacerlo, como el resto de los mortales, de no ser porque no dejó de creer en un Dios implacable y sanguinario al que se le llama Destino, y al que parece que nadie puede escapar a su guión.

Sea como fuere la aparición de Flora fue un inesperado intruso en el guión, un texto apócrifo que, como ocurriría mas tarde o más temprano al resto de los españoles, amenazó con quebrar aquella magia con la que cautivaron al público. Los actores habían olvidado quienes eran y de donde venían, pero el mundo en el que habían ido a caer tenía sus leyes, y una de las más poderosas era su habilidad de convertir en propios a extraños. Como un gigantesco organismo vivo que se protegiera de la llegada a su sistema circulatorio de todo agente del exterior emitiendo anticuerpos, aquel mundo no los destruía, los devoraba para clonarlos en uno más circulando por sus arterias. Y tal clonación consistía en convertir a personas de las más diversas culturas y costumbres en un consumidor más, un ciudadano poseído por la permanente insatisfacción por desear lo que aún no tiene, soñar en hacer otra cosa y ser otra persona. Y cada uno de los de Osorio iba a experimentar distintos asaltos, adaptados a su propia personalidad, del sistema inmunológico de Nueva York.

A Guzmán siempre le molestó que la gente del pueblo dijera de él que era “demasiado” listo y que por eso se había hecho con el tenderete de ultramarinos que le legó su padre y convertirlo en una verdadera y próspera tienda que, después de algunos viajes a Burgos, para enterarse de “qué eran eso de los Supermercados”, pensaba adueñarse del comercio detallista del pueblo. Su padre vegetaba sentado en una silla a la puerta de su humilde casa viendo pasar el polvo de la calle y en su fuero interno estaba muy orgulloso de que su hijo se hubiera arriesgado a vender unos pastos y un cobertizo para engrandecer el portal de su casa de casado y convertirlo, con o sin la aquiescencia de su esposa – su mujer durante escasos primeros meses de matrimonio – en la tienda de ultramarinos y además el bar más acogedor que pudiera haber soñado el pueblo. Todo lo hizo por decisión propia y sin escuchar, dado su sentido eminentemente práctico, los temores de su padre, los remilgos de su mujer y las opiniones de sus convecinos. Por toda esa serie de presunciones y suposiciones, se había instalado en su conciencia un Caballo de Troya llamado técnicamente “complejo de culpabilidad”, y al que deslumbró el resplandor de su propia verdad al conocer el personaje del rey Claudio, el usurpador, y, aunque desde luego no podía identificarse con el asesino, sí que el conjunto de necesidades carnales absolutamente insatisfechas, y por tanto convertidas en deseos, vieron en la imaginería del personaje que seduce a la reina Gertrudis, un motivo de secreto regocijo.

Guzmán, viviendo en Claudio, y tratando de llevar a la práctica cotidiana algún primer esbozo del personaje, se instauró como representante implícito y explícito de los actores de ultramar para negociar sin tregua con el director del teatro mejoras salariales y de condiciones para sus “representados”. Le dijo que mientras el Visitante no volviera él había sido escogido para representarles, lo cual eran implícitamente cierto, y en una de las cuestiones en las que disfrutó meterse fue en la legal, en el momento en que el director del teatro le deslizó que se había encargado personalmente de los permisos de residencia.

– Ah, sí, ya nos dijo… John Marlowe – incluso se permitió, perfeccionando su jerga inglesa, la pirueta de llamar al Visitante por su nombre, aunque percibió que el director del teatro tampoco creía que ese fuera su nombre – que se había ocupado de este trámite. Él mismo se ocupó en España de obtener nuestros pasaportes, que por cierto… – Los comerciantes de todos los tiempos saben muy bien cuando dejar una frase al aire para provocar a su interlocutor.

– Sí, claro, los tengo yo… están a su disposición.

– Ah, vaya. Tengo curiosidad por ver como es el permiso de residencia. ¿Sabe usted? Nunca he visto uno y realmente…

– Claro, claro, sí, aguarde un minuto voy a la caja fuerte de mi despacho y se lo traigo.

– Oh, estoy seguro que a mis compañeros de reparto también les gustaría verlos.

– Sí, sí, claro, claro, por supuesto, faltaría más.

Y así fue como a la semana de haber llegado, los españoles tuvieron sus pasaportes, en los que figuraba el sello de entrada a Estados Unidos, y con ello un grado más de dominio de su propia situación, lo cual quería decir muchas cosas, aunque no las aprovecharan, como por ejemplo que podían pasearse por las calles sin miedo a ser detenidos por no tener papeles, identificarse ante una oficina estatal, etc.

Y como el director del teatro consideró erróneamente que ya estaba satisfecha la curiosidad de Guzmán, sin pensar que un buen comerciante pone mucha atención a los detalles y en especial a las palabras pronunciadas durante una negociación, no pensó que Guzmán buscaría en vano la frase “permiso de residencia” en algún lugar del sello estampado en los pasaportes.

Lo siguiente que hizo Claudio fue averiguar la manera de que alguna autoridad le confirmara la naturaleza de ese sello, y por ende, el tal “permiso de residencia”, empezando a sospechar que no existía, fuera lo que fuese. No podía ir directamente a la policía a preguntarlo, condicionado por el reflejo de que en aquellos tiempos en España eso no lo hacía nadie; a la policía solamente iba uno detenido y arrastrado, y con un miedo atroz en el cuerpo. Sobre todo en los medios rurales en que la policía no era otra que la temida Guardia Civil, fundada por el aún más temido legionario llamado Millán Astray. ¿Ir a la oficina de inmigración? ¿Y si hubiera algo irregular en sus permisos y los repatriaran sin que el Visitante hubiera regresado? Esperó su oportunidad, que apareció más pronto de lo esperado en el primer logro que Flora consiguió en su acoso a Cosme.

– No sé qué me pasa, lo siento. – oyó Guzmán a Cosme del otro lado de unos viejos decorados.

– Tranquilo, es normal, no te asustes. – Era la voz de Flora en un español irreconocible de no ser por el fuerte acento mexicano.

– Oh, disculpen. – dijo Guzmán después de haber tirado contra la pared unos ruidosos aparejos. – No sabía que…

Cosme salió en estampida subiéndose los pantalones y Guzmán se encontró con Flora medio desnuda apoyada en aquel maltrecho decorado, sonriendo entre divertida y contrariada.

– Oh, lo siento, Flora, no sabía que estabais…

– No estábamos, eso es lo malo. – Y entonces la muchacha se encaró con Guzmán mirándolo fijamente, para añadir. – Que extraños son ustedes. ¿De dónde han salido? Bueno, ya sé que son españoles, pero… no sé, yo también naci en España, en Madrid y… desde luego que …

– Tenemos miedo. – le interrumpió Guzmán

– ¿Miedo? ¿De qué? ¿No les han hecho contrato?

– ¿Contrato? – preguntó Guzmán al aire, diciéndose que ya tenía otra palabra que debía averiguar más tarde para utilizarla en su momento. Y contestó de prisa, zanjando la cuestión. – Eso no es lo que más nos preocupa ahora.

– ¿Entonces?

– Nuestra situación en América. – Y le mostró el pasaporte pidiéndole explícitamente que mirara en la página correspondiente a los visados.

– ¿El qué? Ah… – Flora leyó con atención. – Pues, yo no entiendo mucho de esto, pero solo veo el visado de entrada a Estados Unidos y el sello de la aduana. ¿Quieres que se lo pregunte a un amigo mío que está metido en esos asuntos de inmigración?

– Sí… Te lo agradecería. ¿Sabes? Cosme está en la misma situación y le iría muy bien saber a qué atenerse. – Un buen negociante hace entrar con rapidez en la negociación el elemento que interesa a su interlocutor.

– ¡Oh, claro, desde luego! Déjamelo y mañana te digo.

Por supuesto el director de teatro hizo bien las cosas al reemplazar al Visitante cuando éste desapareció y averiguó cómo estaba la situación administrativa de sus recién traspasados pupilos, no le interesaba tener problemas de inmigración con la materia prima de un buen negocio. Al día siguiente Flora le dijo que todo estaba en orden.

– Tu amigo… ¿Entiende de contratos?

– Sí, claro, ¿quieres saber qué clase de contrato os ha hecho ese tiburón?

– Exacto.- Con lo cual el siguiente paso era pedir al director del teatro que le mostrara el contrato. La mente de Guzmán se puso a trabajar febrilmente para encontrar una manera de pedírselo. Y en cuestiones contractuales, como en toda situación comercial siempre hay una manera, la clásica: amenazar con pasarse a la competencia.

Terminada la función iban desfilando todos hacia la calle, cuando Guzmán le gritó a Ramón al pasar frente a la puerta del despacho del director.

– ¡Se llama Row, Row theatre! No está lejos de aquí. – y siguieron hacia la puerta, donde Guzmán tuvo la precaución de mirar hacia atrás mientras ayudaba galantemente a Lucía a bajar las escaleras, y por el rabillo del ojo vio la silueta del director pegado a la puerta tratando de no ser visto. Se le había quedado el nombre de aquel teatro de la vecindad leído en el periódico del día anterior, aunque no supo entender el contenido del artículo, pero se arriesgó.

Por supuesto Ramón ni escuchó aquello y si lo hizo simplemente lo tomó como un estornudo o alguna expresión que no tenía la más mínima importancia. A Ramón debía hablársele claro, de frente y mirándole a los ojos. No es que fuera sordo pero tenía una especial obsesión en que todo diálogo se hiciera intercambiando también y con claridad el lenguaje postural; Manías de un maestro de escuela rural bien entrado en la madurez y soltero, y muy puntilloso, especialmente con la palabra.

Y Guzmán siguió utilizando a Flora sin que se diera cuenta. Le pidió que le trajera un prospecto de la función que hacían en el Row, un musical sin demasiado éxito en aquel momento, lo cual era un golpe de suerte porque el director del teatro pensaría que su competidor no tardaría en reaccionar para contratarlos, y lo llevó en las manos durante un par de días, los suficientes para que el director del teatro se pusiera razonablemente nervioso y tratara de averiguar qué estaba pasando por la mente de Guzmán. Se hizo el encontradizo y Guzmán fingió que lo había sorprendido con el folleto del Row, ejecutando un ostensible ademán para esconderlo. Ambos fingieron muy bien, pero el resultado fue que al día siguiente el director del teatro se vio en la obligación de invocar, eso sí de pasada, sus obligaciones contractuales por si abrigaba la tentación de insinuarse a la competencia. Redactó un contrato con las cláusulas más draconianas que se le pudieron ocurrir para cada actor y se dispuso a utilizarlos.

– Por cierto, Guzmán, – dijo asomando por la puerta de su despacho mientras Guzmán se dirigía al camerino – quise decírselo el otro día, pero con tanto que hacer se me pasó. John Marlowe me entregó en custodia sus contratos.

– ¿En qué…?

– Que me dio sus contratos para que los guardara.

– Ah.

– Pase, ¿quiere verlos?

– Claro.

Le enseñó el documento que llevaba su nombre y que había garabateado una firma bajo el de John Marlowe. Guzmán no entendió nada y pensó que iba a necesitar a alguien que se lo explicase. Vivir el rey Claudio había estimulado sus instintos más oscuros e inmediatamente supo qué piezas utilizar a continuación. Jack parecía ser un veterano en el teatro, pero necesitaba también alguien próximo, uno de los suyos: Ramón, un hombre de letras, culto, con una carrera universitaria, que iba varias veces a al año a Burgos. Los abordó en los camerinos mientras tenía lugar el Acto IV.

– Por cierto, Jack, ¿vosotros tenéis contrato?

– ¿Cómo si tenemos contrato? Pues claro, solo en pequeños teatros u otras salas de mala nota se hacen las cosas a la ligera. Vosotros… también lo tenéis, ¿verdad?

– Bueno…

– ¿Qué ocurre?

– En realidad he “visto” algo que me ha dicho el director que es mi contrato, por lo menos vi que llevaba mi nombre, pero no lo tengo… no los tenemos.

– ¿No habéis firmado una copia…? Ah, claro, lo debió firmar Marlowe y no os dio nada…

– Toma, pues es verdad, – intervino Ramon, que, muerto Polonio en la Escena IV del Acto III, disponía de mucho tiempo libre durante la función, – vamos ahora mismo y se lo decimos…

– Espera Ramón, si lo hacemos así de sopetón nos preguntará para qué lo queremos y sospechará.

– ¿De qué va a sospechar? Se lo decimos y ya está.

– ¿Decir qué? ¿Qué desconfiamos de él y queremos tener nosotros los contratos para llevarlos a examinar por alguien que entienda?

– Bueno, pues sí… ¿no?

– Tiene que haber una manera mejor. – Chasqueó la lengua – Es conveniente que siga pensado que somos unos palurdos venidos de un país subdesarrollado, a los que se puede dar fácilmente gato por liebre. Hay que encontrar un medio…

– La Autoridad. – saltó pronto Ramon sin escuchar a Guzmán.

– ¿Qué autoridad? – repuso éste con las cejas arqueadas como arcos góticos.

– Seguro que en este país hay una autoridad que controla que las cosas no se salgan de su cauce. – sentenció como si explicara la conquiste de Las Galias por César a sus embelesados alumnos de la escuela. – En España – se volvió hacia Jack – no se mueve una hoja sin que haya una autoridad que lo permita. Todo ha de ir visado y sellado, normalmente por una póliza de tres pesetas y uno o dos sellos móviles de 10 céntimos.

– ¿Qué es eso? – preguntó Jack.

– En Burgos le llaman burocracia.

– Será “burgocracia”. – terció Guzmán con una chanza con la intención de hacer callar a Ramón.

– No, hombre, no – repuso Ramon muy serio y digno. – Se trata de la ley y el orden, y la hay en todos los rincones de España.

– Vamos, Ramon; que no estamos en España, pues vaya que…

– Quieres decir – intervino Jack – que debe haber alguna autoridad que haya registrado el contrato, ¿sí? Claro que la hay… Aunque ¿estáis seguros que vuestro contrato ha sido registrado…? – Y Jack tuvo que contestarse a sí mismo ante la mirada absolutamente inexpresiva de los demás – Vaya, vaya, ya entiendo. Pues si no está registrado no existe en el Gremio ni en ninguna otra parte. Así de sencillo- – terminó con un largo suspiro.

– La pregunta es – murmuró Guzmán en su línea de razonamiento, reforzada por aquel suspiro terminal del americano – ¿Cómo podemos hacernos con los contratos?

– Yo lo haré. – dijo Ramón al cabo de un instante de mirar al suelo. – Déjamelo a mí.

– Pero tendrás que…

– Haré lo que sea. Ya me conoces.

Pues no, Guzmán no podía intuir porque un impecable profesor de escuela de pueblo, más recto que un poste de telégrafos, como el que habían dejado, después de la reurbanización en 1931, de casi en mitad de la pequeña Plaza Mayor de Osorio, deseaba meterse a ladrón, embustero, manipulador y “lo que hiciera falta” con tal de solventar aquel problema que le planteaba su compañero de reparto, y que desde luego no entendía muy bien. Pero es que Guzmán no conocía bien la historia de Ramón, un intelectual de izquierdas que tras pasar su juventud en Barcelona, volvió a Osorio precisamente el 15 de Julio de 1936, tres días antes del golpe de estado de Franco y que tomó la decisión de ocultar su filiación política en lugar de abandonar su pueblo otra vez. Y continuó escondiendo sus ideales mientras impartía en sus clases asignaturas atiborradas de Nacionalsindicalismo y asistiendo horrorizado para sus adentros al condicionamiento psicológico de los niños del pueblo, como los de toda España. No pensó en casarse porque para él el matrimonio debía basarse en la confianza mutua y en la sinceridad, cosa que no podía prometer a ninguna de las posibles candidatas que crecieron con él en aquel pueblecito aislado en el páramo castellano. Por eso el personaje de Polonio, el intrigante chambelán del Rey Claudio, ejecutor material del golpe de estado, escenificaba la traición a su propia conciencia. De no haber sido tan rígida tal vez hubiera podido sobrevivir como muchos de sus compatriotas, como si nada hubiere ocurrido y tal vez, en ese caso, no se hubiera identificado con el personaje de Polonio. Es posible que el Visitante eligiera los actores al azar, o por algún tipo de intuición animal, pero no parece probable que adivinara el drama interno que tenía lugar en conciencia del maestro de la escuela de Osorio de Nuestra Señora.

Como a partir de la Escena IV del Acto III, muerto Polonio por Hamlet equivocadamente, ya no tenía nada que hacer se dedicó a ir visitando al director del teatro a su despacho so pretexto de comentar lo que él había aprendido de las lecturas de Hamlet desde sus años mozos en la Universidad de Barcelona y provocar con ese pretexto una animada charla, sabiendo que a su interlocutor no le importaban en absoluto los entresijos psicológicos de la obra sino la recaudación, y que prematuramente vencido por el aburrimiento terminaría por salir por cualquier excusa, dejando a Ramón sentado en el mullido sofá con un café y un cigarrillo. Que es precisamente lo que Ramon pretendía para averiguar dónde tenía guardados los documentos confidenciales y por tanto los contratos. Y lo consiguió mucho más pronto de lo que esperaba gracias a una llamada de teléfono que el director del teatro recibió de alguien que le obligó a buscar en un archivador mientras Ramon seguía relatando cansinamente sus experiencias de joven. El resto era esperar a que un buen día el director del teatro saliera de su despacho olvidándose de cerrar ese archivador.

Jack Lang le informó que una compañía llamada Rank-Xerox había inventado una máquina capaz de hacer copias de documentos en pocos minutos. Solo necesitaba, pues buscar los documentos en esos momentos de distracción, sustraerlos y pasarlos a Jack para que hiciera las copias a la mañana siguiente y luego devolverlos cuando pudiera. Creyó con buen acierto que el director del teatro no iba a leerse todos los documentos cada día y por lo tanto no lo notaria en falta, aunque ese era su riesgo. Lo siguiente fue que Jack mostrara esas copias a un agente teatral amigo suyo, para que Guzmán empezara a disponer de las piezas para su golpe de estado a lo Rey Claudio.

Siempre queda un vigía en el interior. Por más que las circunstancias y por lo que deba atravesar un ser humano le lleven a suplantar su propia personalidad por una máscara protectora que él mismo se ha fabricado para atravesar el valle de las sombras; en el fondo de la conciencia siempre permanece un apuntador. Y Guzmán en ese momento estaba oyendo un susurro detrás de la oreja que le preguntaba sorprendido; “¿Golpe de Estado? ¿A qué viene todo eso? ¿A qué estás jugando?” Pero se sacudía esa molesta intromisión como un gato el agua de lluvia.

2. El fantasma del Rey

Al oír la puerta de de los camarotes, el viejo marino, apostado en la borda como cada amanecer, esperó a que Cosme pasara por su lado, murmurando con la palma de la mano derecha arriba como si realmente sustentara la calavera del bufón Yorick: “… ¿Qué se hicieron de tus chanzas, tus piruetas, tus canciones, tus rasgos de buen humor…?”

– ¿Señor?
– ¿Eh?
– Ahí la tiene: Tierra. – dijo en puro castellano del interior.

A Cosme casi se le cayó el libro, la calavera no porque solo estaba en su imaginación. Se le antojó una voz melodiosa por tratarse de un curtido hombre de mar. Era la primera vez que la oía, y al volverse hacia el marino le pareció vislumbrar como sus labios esbozaban una sonrisa, pero no se entretuvo; fue hacia la borda, entornó los párpados y efectivamente la línea del horizonte ya no era tan sutil, casi evanescente, sino que se veía bien destacada como si alguien la hubiera remarcado en la pintura con algún carboncillo, incluso con un cierto temblor porque al irse fijando mejor divisó sus ondulaciones.

– Llegaremos al atardecer.- sentenció el marino.

Cosme giró de talones sin pararse a pensar porqué un danés hablaba un castellano de Valladolid, y corrió de nuevo a los camarotes a despertar a sus compañeros: ¡Tierra!¡ Tierra!…

En pocos minutos estaba todos apoyados en la borda extasiados, con la mirada fija en aquella ondulación oscura montada sobre el horizonte. Alguien dio la voz de alarma.

– ¡Dios mío, no me acuerdo de nada y vamos a tener que hacerlo esta noche!

La desbandada. Se desataron las prisas sobre cubierta. Los actores se dieron cuenta que no estaban preparados para lo que iba a venir, aunque no tuvieran la más ligera idea de lo que pudiera ser. Hamlet buscando a su madre Gertrudis para ensayar una vez más la escena de alcoba del difícil acto III, Polonio tratando a arrastrar a Hamlet a repetir el diálogo en el que hablan de su hija Ofelia, cuando a Hamlet le desespera comprender cómo un hijo puede decir tales cosas a su madre, y sobre todo viceversa, cuando es lo contrario de lo que quieren decir, y teniendo en cuenta que el actor casi no conoció a su madre, mientras que el actor que encarnaba a Polonio trataba de rescatar de sus lecturas lo que puede sentir un padre por su hija, cuando él no tuvo hijos, y por tanto necesitaba entonar otra vez aquel diálogo, aunque, como en toda la obra, nadie dice lo que siente y todos ocultan lo que en realidad necesitan decir, lo cual para el improvisado actor rayaba en la auténtica esquizofrenia. Ofelia también buscaba a Hamlet para todo lo contrario, cerciorarse mirando a los ojos del actor que sus palabras vejatorias e insalubres solo formaban parte de la máscara, y que Cosme seguía suspirando por ella, que era lo que en realidad le ocurría al propio personaje de Hamlet, aunque ya no podía revelarlo. En fin, aquellos sencillos aldeanos, viendo que de pronto el objetivo, que permaneció durante toda la travesía como una entelequia, se acercaba más rápida e inexorablemente de lo que hubieran podido imaginar, y sea lo que fuera que les esperaba allí abría sus enormes fauces para tragárselos sin remedio.

El Visitante los observaba desde la barandilla del puente superior sin intervenir; todo parecía salir según sus planes. El público de Broadway vería precisamente eso: un puñado de aldeanos palurdos que apenas podían hablar inglés corriente tratando de recitar un texto escrito cinco siglos atrás en cultísima prosa poética, incapaces de entender la psicología de unos personajes tan ajenos a sus sencillas y vidas sin altibajos ni dramas freudianos, desenvolverse en una eclosión paranoica que jamás hubieran podido imaginar. El teatro Kelly’s de Broadway exhibía claramente la naturaleza del espectáculo: “Hamlet, representado por aldeanos analfabetos de la España de postguerra”. Una parodia tanto de la España de Franco como de la profesionalidad de sus verdaderos actores en la vida real; los nuevos poderes políticos que estaban transformando el país. El empresario del teatro había insistido en hacer alguna alusión a los beneficios del Plan Marshall, pero eso para el Visitante ni para quien le había ordenado aquella misión era importante.

El escenario ya estaba preparado, aunque probablemente la dirección del teatro prefiriese esperar unos días hasta que los “actores” se hubieran aclimatado, pero el Visitante iba a dar las instrucciones precisas para que empezara la función al mismo día siguiente al de llegada, suponiendo que el viento de proa permitiese llegar al atardecer.

En realidad llegaron de madrugada, pero a aquellos españoles de postguerra podía costarles años aclimatarse al mundo al que iban a entrar, con lo cual daba lo mismo estrenar a la tarde siguiente de la llegada como semanas después.

Ensayaron tan febril como improductivamente hasta que las luces del puerto de Nueva York los deslumbraron. Se habían saltado la cena. Como si se les terminara la cuerda a un grupo de relojes, quedaron paralizados con los ojos desorbitados mirando el entremés del mayor espectáculo que jamás pudieran imaginar. No distinguían si aquellas luces eran las farolas del malecón, o las de los barcos que iban pasando, quietos en sus atraques, a su lado como fantasmas de otro mundo, mucho mayores que su pequeño vapor “Tierra” que acababa de entrar por la bocana del Holland Harbour. Ramón, escarbó en sus rescoldos culturales al ver la placa de uno de los “Queens”. El efecto de la noche aumentó muchísimo más el desconcierto de aquella sencilla gente de tierra adentro. Osorio apenas contaba con un par de farolas en la salida de la carretera de Burgos, y solo habían empezado a funcionar al poder conectarse al pueblo la línea de alta tensión, pasados los duros años de las restricciones de electricidad en que las casas apenas podían encender alguna luz al anochecer.

Apostados en la borda, poseídos por los personajes imposibles que se habían tenido que aprender de memoria durante tres años, al no poder de aprender bien el idioma, incapaces de reconocer alguna referencia en el paisaje en el que estaban entrando, sintieron como si sus sentidos hubieran quedado secuestrados en otra parte, incapaces de agarrarse a una ínfima referencia que les indicara siquiera un sonido familiar de sus vidas, incapaces de relacionar nada en su mente que les diera una pista sobre las sensaciones que estaban experimentando. Y todo ello, incapaces de mitigar sus diversas obsesiones por representar aceptablemente el personaje shakesperiano que les había tocado en suerte. Los apremiaron para que fueran a la escalerilla del primer puente, de cuya existencia no habían reparado en toda la travesía. Tuvieron que volver sobre sus pasos para recoger precipitadamente sus enseres, maletas, bolsas, ropa colgada en la taquilla del camarote, algún objeto personal que al ir a salir por la puerta advirtieron sobre la cama, en la mesilla de noche en el baño. Por fin reconocieron la misma escalerilla por la que subieron en Avilés, como a un viejo conocido que ha estado todo el rato ahí, pero que no nos hemos fijado. Fue la primera vez que pisaron tierra desde despegarse de ella en el puerto de Avilés, pero aquella inmensidad iluminada y bulliciosa en máquinas, enseres y hombres no se le parecía en nada, tampoco había ningún detalle con el que relacionar un puerto puramente minero con aquel espació enorme destinado principalmente a pasajeros. Los sombríos escenarios tiznados y con poca luz del pasado parecían abrirse en un carrusel multicolor y ruidoso absolutamente nuevo para unos recién desembarcados atónitos, deslumbrados, extasiados. En lugar de tierra parecía que hubieran pisado una enorme alfombra mágica que los estaba transportando a un mundo alucinante fuera de este mundo, por lo menos el que ellos conocían hasta ese momento y que no iba a desprenderse de sus sentidos hasta mucho más tarde. Ellos iban a seguir por el momento en Osorio, pero en la sala de actos del Ayuntamiento donde algunas veces al año proyectaban películas como Dumbo o Blancanieves, solo que encima de aquella alfombra voladora la sesión se iba a prolongar por espacio de muchos días.

Los trasladaron en autobús al hotel, próximo al teatro, antes del amanecer, de modo que las luces de las calles les parecieron solo prolongación de las del puerto y el viaje alucinante no tuvo fin. Nadie durmió aquella noche. Los colocaron en habitaciones individuales, excepto a Manuela y Martin, que por primera vez en sus años de matrimonio no durmieron en la misma cama, estando bajo el mismo techo ya que Martin no se atrevió a subirse a la regia cama estilo Siglo XIX, sino que durmió en el suelo, aprovechando lo mullido de una no menos regia alfombra, aunque, acostumbrado como estaba a dormir en el monte le hubiera dado igual alargarse sobre baldosas.

No llevaban mucho equipaje y la mayoría no de puso el pijama, atraídos por lo que veían al otro lado del cristal de las ventanas y también sin saber cómo incorporarse al lujo extremo de las habitaciones de aquel hotel para hacer uso de él. Nadie había visto antes un bidé ni tantas toallas para una sola persona, ni tantas sillas, ni supieron ninguno porqué había una cesta de frutas en la mesa del salón. Solo Guzmán descubrió el mueble bar pero hasta pasados varios días no se atrevería a tocar nada de su interior. Solo habían visto tamaños cortinajes en el salón de plenos, pero de Burgos, el que hubiera tenido a increíble fortuna de viajar a la capital para una citación en el Ayuntamiento.

Sobre las 10 de la mañana llamaría un camarero del servicio de habitaciones para traerles el desayuno, obviando preguntar primero qué deseaban los huéspedes porque intuían que la respuesta, si de alguno de ellos la hubiere obtenido, iba a resultar ininteligible. Tenían hambre. Despacharon cuanto les habían traído, sin fijarse en lo que era, aunque los huevos fritos, las tostadas y el café fueran perfectamente reconocibles. Y sobre las 11 un “botones” fue pasando por las habitaciones para anunciarles que el Visitante les esperaba en el “Salón Azul” y que en unos minutos pasarían a buscarlos a cada uno, obviamente dando por supuesto que ninguno hubiera sabido qué hacer.

– Ha llegado el gran día, amigos, – empezó en inglés el Visitante. – En un par de horas van a entrar en el teatro y familiarizarse con él, porque a las 8 de la tarde empieza la función del estreno, y hay que hacer el ensayo general. Ah, y a partir de ahora hemos de hablar solo en inglés. ¿De acuerdo?

Todos asintieron con la cabeza con semblante grave, pero sin articular palabra. Lo aceptaron como aspecto necesario para aclimatarse a aquel “planeta”. Por supuesto que tampoco sabían lo que era el “ensayo general”. Les tranquilizó, aunque muy ligeramente, el que el Visitante les dijera que el teatro disponía de apuntador, explicando a continuación, porque estaba seguro que no se imaginaban qué era, que se trataba de alguien colocado en la parte baja del escenario, dentro de una especia de concha y que iba recitando en voz baja a cada personaje lo que debía decir a continuación por si, seguro, que no se acordaban.

No entraron en el escenario hasta la hora de hacer el ensayo general y tampoco les extrañó el vestuario que les hicieron poner, porque ninguno de ellos había ido jamás al teatro y menos a ver una función de aquel calibre. Guzmán, en su papel de Claudio, el rey usurpador, iba vestido con uniforme militar de infantería profusamente condecorado y gorra de plato con seis estrellas, es decir, una más que la máxima graduación posible en el ejército Español que es la de Coronel-General. Lo cual reconoció por haberlo visto en alguna parada militar en Burgos, aunque nunca con tantas estrellas, por más que hubiera visto imágenes de Franco tanto en el NO-DO como en propaganda por el periódico. Manuela vestía una Gertrudis un tanto especial, pensaría un genuino director de escena shakesperiano, pues iba a la usanza de la reina Victoria Eugenia de Batenberg, esposa de Alfonso XIII, vestido blanco con corpiño y amplísima falda, mangas de encaje muy anchas y foulard de marta felino, sombrero de ala ancha con flores. En cuanto al vestuario de Polonio, Ramón, el maestro de la escuela y único ilustrado del grupo, tampoco supo cómo interpretarlo, porque vestía a la usanza de los comerciantes venecianos del Siglo XVIII, aunque su sagacidad le llevo a intuir veladamente que, encarnando a un personaje intrigante solo dedicado a sus propios lucros en base a su inclinación servil para con el poder, podía representar cualquier época, aunque la obra de Shakespeare lo situada como Chambelán del Rey Hamlet de Dinamarca e inmediatamente de su hermano usurpador. En fin Ofelia vestía a la usanza propia de su papel en la obra del Siglo XVI, aunque también pudiera haberse vestido como una chica de Nueva York de aquel 1959 o incluso de España de ese mismo año, porque la belleza y la inocencia no tienen época. Y aunque tampoco la tienen la villanía o el entreguismo, el Visitante quiso vestirlos de ese modo esperpéntico para cumplir sus propios propósitos. Hamlet, sin embargo vestía de una forma un tanto rara, a medio camino entre un bandolero andaluz y un profesor universitario de izquierdas, desposeído del linaje principesco que le atribuye la obra, aunque por cierto ningún disfraz definiría bien a ese personaje tan complejo

Al entrar en el escenario, todos a la vez, para familiarizarse con él y empezar el ensayo general ninguno de ellos se dio cuenta que a su espalda como decorado de fondo, cubriéndolo de parte a parte, un enorme lienzo con una reproducción fidedigna del Guernica de Picasso. Tampoco lo hubieran reconocido porque en aquella época estaba prohibido por el régimen franquista, y ninguno sabía de su existencia ni lo había visto jamás en fotografía. Ni tampoco sabían quién era Picasso. Tampoco se dieron cuenta que el personaje que encarnaba el fantasma del Rey Hamlet era precisamente ese lienzo, ni cuando en la escena V del acto primero, la voz cavernosa salió de pronto de su interior para declamar con esa voz procedente del mundo de los otros mundos: “Escúchame… Está próxima la hora en que debo restituirme a las sulfúreas y torturantes llamas”. ¿Cómo podían adivinar los benditos de Osorio las intenciones del aquel montaje?

En ensayo general siguió conducido estrechamente por el Visitante, el apuntador y los demás actores profesionales contratados en la propia Arts Studio, precisamente para completar el reparto, pero que espontáneamente trataron de imitar en lo posible el incierto oficio de los recién llegados para que no se les notara demasiado, aunque eso era precisamente lo que esperaba en Visitante. Para los de Osorio de Nuestra Señora todo con lo que se encontraban, veían o escuchaban de su alrededor era completamente desconocido e incomprensible, mucho más que sus propios papeles de la obra que habían estado ensayando por espacio de tres años y que por solo por eso ya no les era tan desconocido aunque siguiera siendo incomprensible. Sin embargo, comparado con lo que les rodeaba empezaron a tomar a esos personajes como su único punto de referencia, incluso como algo familiar. Y tampoco pudieron darse cuenta que en la lógica curiosidad que acompañaba a la amabilidad de la gente del teatro neoyorquino, para con ellos, tanto actores como tramoyistas como empleados en general, iba acompañada por un matiz no tan lógico y esperable; sino la clara expresión de estar contemplando un fenómeno más bien circense que un espectáculo típico de las llamadas “Luces de Broadway”. Jamás supieron que aquello era un espectáculo de propaganda política contra la dictadura de Franco, parafraseando para ese propósito una de las frases más conocidas del texto shakesperiano pronunciadas en las primeras escenas por el joven Hamlet “algo huele a podrido en… España”. Y el momento histórico era muy adecuado, pues los funcionarios del general George Marshall estaban lanzando a bombo y platillo las migajas de lo que podía sobrar en la reconstrucción de Europa después de la Segunda Gran Guerra, ensañándose placer con el pertinaz subdesarrollo ibérico, encarnado por unos pseudo-actores extraídos de lo más profundo de la España profunda de tierra adentro, y cuyo esfuerzo en representar aquellos textos todo el mundo preveía que iba a sobrepasar lo exageradamente grotesco, que esa era precisamente la intención de quien ideó el espectáculo. Nadie contó con que aquellos “actores” iban a sacar de su temperamento primitivo, una pasión por la vida desconocida en aquellas latitudes en las que lo frívolo es ley, y la representación que iban a ofrecer al espectador ávido del teatro-denuncia no dejaría espacio para la risa o la burla. Aquellos castellanos iban a derrochar el alma en su representación y el espectador se vería reflejado en su propio cotidiano papel de héroe, recorriendo su propio “Largo Viaje a la Noche”, con todas las agallas que la naturaleza le había dotado. Por cierto, la obra de Eugene O’Neill se representaba también en aquellos días un teatro cercano de la misma avenida Broadway pero con actores profesionales como Frederich March, Jason Robards Jr. y Florence Eldridge.

En efecto, ya el mismo estreno fue una sorpresa para propios y extraños. Acabado el ensayo general, aunque no para los castellanos porque seguían obsesionados por el predecible fracaso estruendoso que iba a ocurrir en el estreno un par de horas después, insistían en repetirlo un y otra vez, y para cada actor según qué escena. El Visitante, para quien ese fracaso formaba parte de sus planes, y sobre todo si provocaba un general coro de burlas y escarnio general, insistió que lo habían hecho muy bien y que estaban sobradamente preparados para el estreno.

Para sorpresa de los americanos, nacionalizados o inmigrantes, los recién impuestos actores sin manifestar nada en contra pero tampoco aceptando perder el tiempo en descansar o cenar, siguieron por su cuenta sus ensayos y según su propia iniciativa. Hamlet necesitaba repasar innumerables veces su diálogo con Ofelia, con Gertrudis, Polonio necesitaba profundizar más en las sensaciones de sus escenas con Claudio, y también con Ofelia, etc.

– No hacen caso, señor. – decía “Horacio”, encarnado por un conocido actor del Arts Studio, – Parece que no entienden que es hora de relajarse y comer algo. – El Visitante se volvió extrañado – No dicen que sí ni que no, simplemente van a lo suyo; siguen ensayando y parece que lo seguirán haciendo hasta que suba el telón.

El Visitante no le dio importancia, y por otra parte tampoco podía impedir aquella actitud en los aldeanos, hubiera sido peor.

Se fue llenando la sala media hora antes, y cuando debía subir el telón tuvieron que hacer salir a los “actores” del estrado. Los espectadores, que ya empezaban a encajar la época del nuevo teatro alternativo de Nueva York, además del Off-Theatre o el todavía más alejado del centro Off-Off-Theatre, al subir el telón y encontrarse con el decorado compuesto por algunos muros y arcos de ojiva derruidos, presididos por el impresionante Guernica de Picasso, se prepararon para ver lo que ya esperaban: una sátira contra la sublevación de Franco. Y todo encajó bien mientras evolucionaba la Escena Primera con los actores profesionales encarnando los soldados, Marcelo, Francisco y Bernardo a quienes se aparece por primera el fantasma del padre muerto rehusando hablar. Pero cuando se retiraron para dar paso a la Escena III en el salón de palacio entre Claudio y Vortiman, entrando ambos en el escenario, para sorpresa de todos Guzmán vestido a la guisa del general Franco encarnando al rey usurpador, se paró en el centro y se quedó mirando quieto unos instantes al público. Se produjo el fenómeno.

– “Aunque la muerte de mi querido hermano Hamlet está todavía tan reciente en nuestra memoria, que obliga a mantener en tristeza los corazones y a que en todo el Reino sólo se observe la imagen del dolor; con todo eso, tanto ha combatido en mí la razón a la naturaleza, que he conservado un prudente sentimiento de su pérdida, junto con la memoria de lo que a nosotros nos debemos.”

Lo soltó de corrido pero despacio, lo había ensayado miles de veces, sin despegar la mirada del patio de butacas y adelantándose al apuntador. Al principio el público no entendió bien las palabras porque fueron pronunciadas en un inglés ininteligible, especialmente el Visitante quiso que no se “modernizara” el texto, porque pensó que resultaría aún más gracioso. Pero ocurrió el efecto contrario. Casi nunca las cosas salen como se han planeado. El público quedó impresionado por la contenida pasión, y sobre todo convencimiento, con la que el actor empezó su declamación. Hizo una pausa y soltó el resto.

Dicen que ser actor es muy fácil o imposible, solo depende de si el actor se cree el personaje y toma el escenario y al público por su casa y sus amigos.

Y el público siguió preso de la sorpresa cuando entraron el resto de los personajes en la Escena IV, todos volcando un alma y autenticidad absolutamente desconocidas para aquellos ciudadanos habituados y consumidores de la ficción bien cocinada y aliñada según los usos y costumbres de los espectáculos de Broadway. Estaban ante algo desconocido y reaccionaron contrariamente a lo que el Visitante había previsto y hubiera deseado. Para una sociedad habituada a que la vida cotidiana sea una infinita variedad de representaciones teatrales, incluso en las cosas más sencillas, como dar los buenos días por la calle, y que el espectáculo, la creación literaria o el cine solo sean prolongación colorista de sus propias existencias, la fe y entusiasmo con que aquellos especímenes venidos de algún país subdesarrollado a base de golpes de estado se habían metido en aquellos personajes imposibles los cautivó desde el primer momento. No importó si declamaban bien, si se les entendía apenas el texto en un inglés irreconocible, si no se acordaba de esta o de aquella parte del texto, o si alteraban la escena. Habían hecho de sus personajes un ejercicio vital de tales dimensiones que los neoyorquinos no supieron hacer otra cosa que aclamar con una inmensa ovación el final de la obra.

A veces, cuando el alma de la persona se lanza en su propia búsqueda utilizando lo que el momento le brinda, en tantas ocasiones por casualidad y de forma imprevista, surge la magia, algo que la ciencia jamás podrá entender, definir o estudiar, y que sin embargo para el ser profundo de la persona es lo que le ayuda a seguir creyendo en la vida y creer que está vivo y que por lo tanto gratifica su corazón como ninguna otra cosa en el mundo.

Y con aquella ovación el dueño del teatro substituyó al Visitante en la dirección de los acontecimientos, porque el segundo quería cancelar inmediatamente las representaciones porque provocaron el efecto contrario del que esperaba; nadie se fijó en el Guernica ni en los atuendos claramente sugestivos de los personajes, ni en la intencionalidad del espectáculo. El dueño del teatro vio con aquella ovación y aplausos un buen negocio y lo que hizo la mañana siguiente fue cancelar otros espectáculos que debían ir a continuación de aquel Hamlet y mantenerlo en cartel el tiempo que siguiera llenando la sala hasta las lámparas.

El estreno, naturalmente concluyó con la última frase de la obra que pronunció el actor americano que encarnaba Fortimbrás:

“Cuatro de mis capitanes lleven al túmulo el cuerpo de Hamlet con las insignias correspondientes a un guerrero. ¡Ah! Si él hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un excelente Monarca… Resuene la música militar por donde pase la pompa fúnebre, y hágansele todos los honores de la guerra… Quitad, quitad de ahí esos cadáveres. Espectáculo tan sangriento, más es propio de un campo de batalla que de este sitio… Y vosotros, haced que salude con descargas todo el ejército”.

Se hizo un denso silencio por unos instantes. El tiempo universal pareció detenerse. Nadie había dado instrucciones a la “clacke” sobre cuándo o si debían aplaudir, y por lo tanto el primer repique de palmas que surgió del patio de butacas fue espontáneo, y arrancó inmediatamente la catarata de aplausos que hizo vibrar el teatro como en las mejores representaciones. En realidad la gente no sabía por qué aplaudía, aunque eso ocurre con mucha frecuencia, casi siempre, pero en aquella ocasión el público se había conmovido por algo que no sabría definir jamás, y al primer batir de palmas siguió ciegamente. Luego los críticos y la prensa tendrían doble trabajo en explicar lo ocurrido, pero ya se sabe que las cuestiones de protocolo, conveniencias, costumbre, normas sociales, etc., vibran a un nivel incomparablemente más bajo que el alma desatando la magia que les es propia.

El telón cayó y se levantó hasta cinco veces una vez todos los actores españoles puestos en escena para saludar, cosa que no hicieron porque nadie les había dado instrucciones precisas; no lo habían ensayado y se limitaron a quedarse quietos mirando la euforia desatada del publico aplaudiendo y aullando puesto en pie. Lo cual destacaba suficientemente del hacer de los actores profesionales que se deshacían, como es lo suyo, en sonrisas y reverencias y miradas de reojo a los españoles que no se movían. Y esto redobló el efecto de shock en el público porque jamás habían visto actores que no saludaran a la avalancha de aplausos y ni siquiera sonriesen. Luego llegaron los ramos de flores para las actrices. Alicia, que se había cortado el largo cabello antes de embarcar, no se inmutó pensando simplemente que todos creían que era un hombre ya que encarnaba el papel de un hombre, hasta que el propio director de teatro se dirigió a ella para darle un enorme ramo de flores con una reverencia. Era la primera vez que alguien le regalaba flores, ni siquiera una flor, ni siquiera un regalo. Tomo el ramo de flores entre las manos, lo miró, luego, sin sonreír, al director del teatro como preguntándole qué debía hacer, y como este le dijera en “moderno” inglés que aquella maravilla era para ella, por lo magnífico de su interpretación, no le entendió. El Visitante les había enseñado inglés suficiente para recitar los textos y se habían estado entrenando durante aquellos años específicamente a recitarlos, pero cuando alguien le habló en lenguaje coloquial obviamente “saliéndose del texto” simplemente no supo qué hacer. Siguió inmóvil mirando al director del teatro con gran curiosidad, lo cual interpretó éste como un sobrecogimiento de emoción y se dio por satisfecho, no insistió en recibir respuesta y por lo tanto Alicia siguió sin saber qué tenía que hacer con las flores, pero tampoco se atrevió a dejarlas en el suelo.

Los actores americanos no pararon de felicitar allí mismo sobre el estrado a los atónitos españoles, a los que costaba mucho reponerse; Esperaban que llegara el Visitante y les dijera lo que debían hacer, pero pasaba el rato y los americanos iban desfilando para marcharse sin que ellos supieran si debían hacerlo también o seguir esperando en el escenario. El actor que encarnaba a Horacio, el amigo de Hamlet, Jack Lang, que desde el primer momento se sintió atraído por Alicia se paró en la puerta al darse cuenta que los españoles no se movían, y volvió sobre sus pasos al escenario tratando de adivinar qué les estaba ocurriendo y se lo preguntó directamente. Cosme respondió que esperaban al Visitante, pero Horacio no supo qué quería decir eso, cruzó infructuosamente algunas preguntas más hasta por fin fue a buscar un tramoyista que chapurreaba el hispano, que estaba terminando de fijar el paramento, para que hiciera de intérprete y averiguar lo que querían los españoles.

– Dicen que esperan al “visitante”. – repitió esta palabra en español, una vez intercambiadas algunas preguntas con Guzmán, Ramón y Cosme.
– ¿Qué? ¿Qué es “visitante”?
– Bueno, – intentó explicar el tramoyista que chapurreaba español – literalmente, “visitante” es alguien que va a ver a alguien o algo a algún lugar, que va de visita, la palabra es la misma en inglés. No tengo ni idea de lo que quieren decir.
– Pregúntales quién es ese “visitante”
– Ya se lo he preguntado y dicen que es el tipo que los trajo aquí, bueno, más que eso, dicen que es el que los contrató a incluso que les enseñó inglés.
– Vaya… Qué extraño; el día de un estreno co pn tan apabullante éxito y el promotor no se queda al final de la función para felicitarlos… y tampoco saben que han de volver al hotel.

Fue a buscar al director del teatro, que aún estaba en su despacho.

– ¿Qué no saben qué hacer?… – repuso este – Pues han de irse al hotel.
– Es que el… el tipo que los trajo, el promotor…
– ¿John, John Marlowe? Bueno, no sé si ese es su verdadero nombre. ¿No está con ellos ni va a llevarles al hotel? Ese tipo es muy especial. Bueno, todo esto es muy especial. ¿Te habías encontrado con algo así, Jack, en tu vida?
– No.
– Un tal derroche de inocencia y pasión… – el director se permitió unos instantes de ensueño, tal vez los únicos en aquel año, conmovido también por lo que acababa de presenciar. Luego reaccionó: – Llévalos al hotel, Jack, ¿quieres?
– Claro.
– Jack. – llamó el director del teatro, cuando el actor estaba ya cruzando la puerta del despacho. – ¿Puedes pasar a recogerles mañana?
– Por supuesto, no te preocupes.
– Antes de dejarlos, – añadió – pregúntales a qué hora has de pasar a buscarles. No se esta gente… No se parecen en nada a lo que me he encontrado en m i vida, y mira que he visto de todo.
– Ni, yo. Hasta mañana… – se volvió de nuevo – Esto ha sido tremendo, ¿eh? No te esperabas este éxito, y mañana se van a agotar las entradas, y los días siguientes…
– Bueno, bueno, hay que ver cómo va saliendo todo, no nos precipitemos… – añadió para sí, y luego: – El teatro tiene esas cosas.

Jack Lang le pidió al tramoyista que chapurreaba español que viniera también hasta el hotel por si acaso, y que al despedirse les preguntara si querían que les a buscar a media mañana para llevarles al teatro a ensayar o a ver la ciudad o donde quisieran. Todos respondieron que después de desayunar preferían volver al teatro sin entretenerse.

Horacio, Jack Lang, ya no pudo despegarse de sus nuevos amigos subyugado por la fascinación que le producían, especialmente Alicia.

Algo extraño y mágico (llamamos magia a lo extraño, a lo que no entendemos) había sucedido aquel otoño de 1959 en Broadway, y que, aunque comenzó con las intrigas políticas de una manipulación que se llamó Plan Marshall en España, y otras de distinta naturaleza y calado, se desprendió grácilmente de ellas y siguió su propio curso haciéndose un lugar en la historia de las escasos momentos verdaderamente interesantes que puede sucederle al ser humano.

Los castellanos no se darían cuenta que fueron elegidos como carne de cañón para un montaje propagandístico de elementos subversivos afines al exiliado Juan de Borbón, aunque, si más adelante alguno llegó a relacionarlo, sería lo de menos, a penas un aditamento más al decorado alucinante en el que se habían metido sus vidas. Lo realmente importante fue que conforme iban sucediéndose las representaciones, cada vez con más público entregado, ellos dejaron de sentirse inanimadas marionetas de feria para ir dando vida a sus propios caracteres de la obra universal de Shakespeare. Y a cada representación el objetivo inicial de la obra fue convirtiéndose en un evento teatral en sí mismo, y aquellos pobres sujetos propiciatorios fueron construyendo cada uno su propio personaje.